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Asintió. Sonreía un poco mirando el plato, y le había subido un rubor bajo la piel que quizá fuera del pikliz. Fuera, la radio se calló, el radiador chasqueó una vez y la niña se removió dentro de ella con tanta fuerza que vi moverse el cárdigan. Renee se llevó la mano al sitio e hizo una mueca.
—¿Está protestando? —pregunté.
—Quiere más plátanos.
—Quedan dos.
—Pues que se coma los dos.
Empujé mi plato hacia ella por encima de la mesa. Los cogió sin decir nada.
Lo que sentí, sentado allí, era esperanza, y era más grande de lo que yo quería que fuese, y no era nada silenciosa.
Me subió por dentro como sube el calor a unas manos frías.
La sentí en el pecho y en la nuca y en esa parte antigua y deliberada de mí que recordaba a qué sabía su boca y lo que hacía su voz cuando decía mi nombre en la oscuridad.
Me permití sentirla. Después la dejé a un lado, con cuidado, junto al plato vacío.
Era mía; lo que ella hiciera con eso, no.
Se había reído de un bol. Me había robado el aguacate.
Ninguna de esas dos cosas era una promesa, y yo no iba a convertirlas en una promesa alargando la mano hacia ella por encima de una mesa, en su propia cocina, en un momento que ella no me había pedido convertir en nada.
Llevé los platos al fregadero sin que me lo pidiera y me quedé allí con las manos metidas en el agua, porque no sabía qué otra cosa hacer con ellas. Detrás de mí, Renee dijo:
—Déjalos.
—No me importa.
—Sé que no te importa. Déjalos. —Lo dijo con una sonrisa en la voz—. Ya me has lavado los huevos.
Cerré el grifo y me secué las manos con el paño de cocina, el que no era una espátula.
Terminamos la cuna. Nos llevó otra hora.
Anclé la cómoda a la pared, encontré el montante a la segunda pasada, cinco centímetros a la izquierda de donde esperaba, y ella sujetó la correa contra la madera mientras yo metía los tornillos; después tiró de la cómoda con todo su peso para probarla y no se movió nada.
Tenía la misma expresión que ponía en la URPA cuando un monitor por fin se estabilizaba en una línea limpia.
Metimos el colchón en la cuna entre los dos.
Nivelé la base una última vez, apoyé la palma en la barandilla y empujé, y aguantó, silenciosa y a escuadra.
—Ha quedado bien —dijo Renee.
Dio una vuelta despacio alrededor de la estructura, con una mano deslizándose por la barandilla superior. Se detuvo a la cabecera y miró hacia el espacio vacío, y durante un largo momento se le puso la cara dulce y desarmada. Yo me quedé junto a la puerta y la dejé tener ese momento.
—De verdad que ha quedado bien.
—Es una cuna.
—Es su cuna. —Levantó la vista—. Gracias, Victor.
—Lo hago con gusto.
—Lo sé. Lo digo igualmente.
Guardé la caja de herramientas. Enrollé el cable del cargador del taladro, cerré el maletín con un chasquido y apilé los cartones planos contra la pared para que ella se ocupara de ellos, cosa que me dijo que haría con Nadege y un par de cúteres.
En la puerta se quedó con una mano en el pomo y la otra en la curva del vientre, el pañuelo torcido, el pelo escapándosele por los lados.
El piso olía a cebolleta y a aceite caliente y al dulzor tenue de lo que se hubiera echado en la muñeca antes de que yo llegara.
Podría haberme quedado. Puede que incluso me lo hubiera permitido.
Pero la cuna estaba terminada detrás de nosotros y el motivo práctico se había acabado, y yo había dicho que me iría cuando se acabara.
—Escríbeme cuando llegues a casa —dijo, algo que me había dicho durante años, en otro piso, y ninguno de los dos lo mencionó.
—Lo haré.
—Y Victor. —Abrió la puerta—. Lo de los huevos ha tenido gracia.
—Eso creía yo.
—No me reía así desde… —Se detuvo, negó con la cabeza y lo dejó pasar—. En fin. Conduce con cuidado.
Bajé tres tramos de escaleras con la caja de herramientas golpeándome suavemente la rodilla y salí al mediodía de octubre, donde el arce había dejado caer otra capa de hojas sobre la escalinata y la calle olía a aire frío y al humo de leña de alguien. Me quedé un momento junto al coche sin abrirlo.
No había dicho que estuviéramos bien. No había dicho que me perdonara, ni que estuviera lista, ni que algo entre nosotros hubiera cambiado más allá de la forma de un sábado por la mañana.
Había dicho que lo de los huevos había tenido gracia.
Pero la risa le había salido sin que nadie se la pidiera, con la misma libertad con la que el agua encuentra una grieta en la piedra, y yo había estado allí cuando ocurrió.
Le di una vuelta a aquello y descubrí que no quería pedirle nada más.
Era suya, y ella la había dado, y por hoy eso ya era algo entero.
Abrí el coche, conduje hasta casa y le escribí al llegar.
El asiento infantil era del color de la pizarra mojada, costó más que la primera mensualidad que pagué por mi coche y Victor se había pasado nueve días investigándolo.
Sabía que habían sido nueve porque me lo había contado: un mensaje un martes para decirme que lo había reducido a dos, otro el jueves que solo decía Tres, si cuentas el que estoy descalificando, y luego, el viernes por la noche,
una llamada de veintidós minutos que abarcó las pruebas de impacto lateral, la diferencia entre el recorrido del cinturón europeo y el americano y si quería la base que se queda fija en el coche o la que se pone y se quita.
Yo me había tumbado en el sofá con un cojín encajado bajo la barriga y un bol de anacardos salados sobre el pecho y lo había dejado hablar, y en el minuto catorce ya le sonreía al techo.
Cuando por fin me preguntó qué opinaba, le dije:
—Creo que ya lo has pedido.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego dijo:
—Llega el sábado. Las devoluciones son gratis durante treinta días.
Me reí tanto que los anacardos salieron volando por todas partes.
El sábado por la tarde, unos días pasada ya la semana veinticinco, allí estaba él, de pie en la acera, delante de mi edificio, con un abrigo oscuro de lana, la caja bajo un brazo y una linterna entre los dientes.
Ya era de noche. El primer frío de verdad del año había llegado esa tarde y la calle olía a eso, a hierro, a humo de chimenea y a los bordes húmedos de las hojas.
Bajé con mi parka, que ya no me cerraba por delante y colgaba abierta como una capa, y él se sacó la linterna de la boca y dijo:
—Quiero que quede constancia de que no he comprado el que lleva portavasos.
—Queda constancia.
—No hay ninguna prueba de que vaya a necesitar un portavasos.
—Tampoco de que no lo vaya a necesitar.
Lo sopesó con verdadera seriedad.
—Es un buen argumento en mi contra.
Mi coche era un utilitario pequeño y abollado que tenía desde hacía seis años y al que quería con ese cariño sin complicaciones que se le tiene a algo que no te ha pedido nada nunca.
Victor abrió la puerta de atrás, dejó la caja en el asiento y empezó a desembalarla con los mismos rituales que le había visto con la cuna: colocar las piezas en fila, contar las correas, leerse el manual de principio a fin mientras yo seguía en el bordillo con las manos en los bolsillos.
Cuando se tumbó atravesado en el asiento trasero con la linterna para buscar los puntos de anclaje, con una pierna asomando por la puerta, le dije:
—¿Quieres que te sujete la linterna?
—Ya tengo linterna.
—Tienes una linterna en una mano y un problema en la otra.
—Me las arreglo.
—Te las arreglas como un hombre metido en un hueco minúsculo.
Le quité la linterna. No se resistió. Durante unos minutos trabajamos así, muy juntos y en silencio, con mi brazo apoyado en el techo del coche y el haz de luz fijo en el pliegue del asiento, mientras su voz salía del hueco oscuro de los pies en instrucciones breves.
Más arriba. Un poco a la izquierda. Ahí.
Pasó el cinturón por el recorrido, apoyó la rodilla en la base, tiró hasta que la correa cantó y luego volvió a tirar.
Cuando se incorporó tenía una raya de mugre en la frente y las gafas se le habían resbalado por la nariz, y noté que algo se movía dentro de mí, algo que decidí atribuir a la niña.
—¿Quieres comprobar el ángulo? —dijo él—. He traído un nivel.
—Creo que trae un indicador.
—Lo trae.
Lo dijo con un tono casi melancólico.
—Pero he traído un nivel.
—Compruébalo con el nivel.
Lo comprobó con el nivel. La burbuja quedó justo en el centro. La miró un momento con una expresión de íntima satisfacción y luego, al ver que lo observaba, se guardó el nivel en el bolsillo del abrigo y dijo:
—El indicador también era exacto.
—Me alegra que tengamos redundancia.
—La redundancia es lo que te mantiene con vida.
Después nos quedamos en la acera admirando un asiento infantil vacío en la parte de atrás de un utilitario, dos adultos hechos y derechos muertos de frío, y un hombre que paseaba a un perro pequeño se cruzó a la otra acera para dejarnos espacio, probablemente porque los dos le sonreíamos a un coche.
Eran las seis y pocos minutos. Victor cerró la puerta con suavidad, como se cierra una puerta cuando alguien duerme al otro lado, y vi que se daba cuenta y no decía nada.
—Sube —le dije—. No has comido.
—¿Cómo lo sabes?
—Nunca comes. Son las seis. Estás a punto de cenarte una barrita de cereales en el coche.
Me volví hacia el edificio.
—Mi madre me mandó a casa con sopa el miércoles. No me la voy a acabar yo sola.
Subió las escaleras detrás de mí, con la linterna y el manual en una mano y la otra siguiendo la barandilla sin llegar a tocarla. Lo oía subir con ese ritmo tan concreto de un hombre que ha decidido aceptar la invitación exactamente como se la han hecho y ni un centímetro más.
En mi piso hacía calor. Había dejado una lámpara encendida y el sofá conservaba el hundimiento del cojín donde había estado leyendo antes de que llegara.
Puse la sopa al fuego, pollo y verduras y mucho ajo, con las hierbas que mi madre fingía no usar, y Victor se quedó de pie en medio de mi cocina con el abrigo todavía puesto hasta que le dije:
—Puedes quitarte eso.
Entonces pareció un poco avergonzado y lo colgó en el gancho de al lado de la puerta, en el sitio donde colgaba mi propia bufanda, como si hubiera comprobado de antemano que estaba libre.