35
Mi madre asintió despacio, como si aquella fuera la respuesta más razonable que había oído en su vida. Mi padre, enfrente de ella, me lanzó una mirada que no supe interpretar y luego bajó la vista al plato.
Bernadette, me di cuenta, no estaba comiendo.
Los platos fueron una negociación. Mi madre no quería ayuda, lo que significaba que todo el mundo estaba obligado a prestarla.
Mi padre lavaba. Yo secaba. Bernadette colocaba las cosas en los armarios según un sistema que se negaba a explicar, y mi madre, de pie en el centro de la cocina, supervisaba con los brazos cruzados y las gafas otra vez sobre la nariz.
En algún momento la reclamó el teléfono, una prima de Manila, y la conversación se trasladó a la otra habitación junto con el sonido de su voz, luminosa y rápida, que cambiaba a media frase del inglés al tagalo.
Mi padre fue a buscar un recipiente para las sobras y tardó lo suficiente para que la intimidad resultara claramente deliberada.
Entonces nos quedamos los dos solos, de pie en la cocina con el agua corriendo.
Bernadette guardó un montón de platos. Se secó las manos con un paño de cocina y lo dejó en la encimera.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Normalmente lo haces.
—Esta va en serio.
Se apoyó en la encimera. Tenía treinta y cinco años, los pómulos de nuestra madre y esa negativa de nuestro padre a que lo apresuraran, y miraba a la gente como si la estuviera archivando en una estantería.
—Dijiste algo en el cumpleaños de papá. La primavera pasada. Estábamos sentados en el patio y alguien preguntó por los hijos, creo que una de nuestras tías, y tú hiciste una broma.
—No me acuerdo.
—Dijiste: «Ni en esta vida. El médico lo dejó bastante claro».
Lo dijo con neutralidad, sin imitarme.
—Y todos se rieron, porque era una broma. Pero yo estaba sentada a tu lado y recuerdo que pensé: eso no es lo que dijo él.
Cerré el grifo.
—¿Qué no es lo que dijo?
—El médico.
Me sostuvo la mirada.
—El hombre al que fuiste a ver cuando tenías treinta y dos.
Me lo contaste ese fin de semana, en mi cocina.
Me acuerdo porque habías traído vino y luego no lo bebiste.
Dijiste que los resultados eran malos. Dijiste que el especialista te había dicho que era muy poco probable y que, si alguna vez querías tener hijos, probablemente necesitarías ayuda.
FIV, eso del ICSI. Pero dijiste muy poco probable.
Me acuerdo porque te pregunté: «¿Poco probable o imposible?»
, y dijiste poco probable, y yo dije vale.
—Esa es una distinción académica.
Me oí decirlo, oí cómo sonaba y no habría podido evitarlo. Era la frase que me había estado repitiendo a mí mismo durante seis años en distintas versiones, y salió fluida, ensayada, casi razonable.
Bernadette no se movió. No levantó la voz ni las cejas. Dijo:
—Dejó de ser académica hace unos tres meses.
El frigorífico zumbaba. A través de la pared oía a mi madre reírse de algo en tagalo.
—Eso no es justo —dije.
—No lo digo para ser justa. Lo digo porque es verdad, y porque nadie más en esta familia te lo va a decir, y porque mamá lleva un mes poniendo un quinto cubierto en la mesa para luego retirarlo.
Su tono no cambió.
—Muy poco probable no es imposible. Es otra frase. Significa que hay un número, y que ese número no es cero. Eso lo sabes mejor que yo, tú eres el que lee los estudios.
—Sé lo que es un intervalo de confianza.
—Pues entonces ya lo sabías.
No tenía ninguna respuesta preparada. Cogí un paño de cocina y lo doblé en tres, y luego lo volví a doblar. La cocina estaba muy iluminada. Mi padre había instalado nuevas lámparas LED el invierno anterior y no había sido capaz de dejar de hablar de ellas.
—No pretendo atacarte —dijo Bernadette, más bajo—.
No defiendo a nadie ni tomo partido. Renee me cae bien.
Tú me caes bien. Creo que lo que pasó fue horrible para los dos.
Pero yo estaba allí, en cierto modo, cuando te dieron esa noticia, y me acuerdo de cuáles fueron las palabras.
Y llevo pensándolo desde que ella se lo contó a mamá.
Respiró hondo.
—Creo que en algún momento del camino empezaste a decirlo de otra manera. Y creo que no te diste cuenta.
—¿A decir qué de otra manera?
—La frase del médico.
Se encogió de hombros, un gesto pequeño, impotente.
—En el cumpleaños de papá fue el médico lo dejó bastante claro. Antes de eso, hubo una cena en casa de Darren donde creo que dijiste no puedo tener hijos. El primer año decías va a ser difícil. Cada vez era más corto. Más rotundo.
—Estaba siendo eficiente.
—Estabas protegiéndote —dijo ella—. Eso es distinto.
Y no te lo critico. Yo probablemente habría hecho lo mismo.
Si alguien me dijera que tengo una posibilidad de algo que quiero y que es muy pequeña, yo probablemente también cerraría esa puerta.
Preferiría saber que está cerrada. —Torció la boca—.
Solo creo que no sabías que lo habías hecho.
Y creo que, cuando Renee te lo contó, la versión con la que entraste no era la que te había dado el médico. Era la que tú habías construido.
Dejé el paño.
Podría haber discutido. Tenía una docena de argumentos, todos sólidos, todos basados en pruebas: las probabilidades reales, los parámetros reales del seminograma, las tasas publicadas de concepción espontánea en hombres con mis cifras,
un dato que podría haber recitado de memoria sin tomar aliento y con la misma seguridad.
Podría haber dicho que, a efectos prácticos, en un horizonte lo bastante largo, la diferencia entre uno entre muchos y ninguno era de esas cosas que una persona razonable deja de incluir en sus planes.
Podría haber dicho que era una adaptación razonable.
Todo era cierto, y las palabras se me atascaron en la boca. Llevaba seis años diciendo alguna versión de ellas, y ninguna llegaba al fondo del asunto.
—Necesito sentarme —dije.
Nos sentamos a la mesa de la cocina, la pequeña que mi madre usaba para clasificar el correo, atender llamadas y pelar verduras. Bernadette no me vino detrás con un discurso. Trajo dos vasos de agua, se sentó enfrente y esperó, que era un truco que le había aprendido a nuestro padre.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí sentados. Mi vaso sudaba sobre un posavasos con un mapa de Luzón impreso.
—La cita —dije por fin—. La recuerdo bastante bien.
En la consulta había un póster de una célula dividiéndose, que me pareció una elección extraña.
Era un hombre alto. Holandés, creo. Tenía las manos muy limpias.
Repasó conmigo los resultados, los dos análisis, y luego dejó el papel sobre la mesa y dijo algo que me he repetido más de una vez.
—¿Qué dijo?
—Dijo: «Quiero ser cuidadoso con usted. Esto es significativo, pero no es una sentencia».
—Me volvió la cadencia de aquellas palabras, el leve ablandamiento holandés de las vocales—.
«La concepción espontánea sigue siendo posible. Es menos probable que la media, mucho menos. Pero lo he visto suceder. Si quiere una familia, puede que necesite ayuda, y eso no es lo mismo que no poder».
Y yo dije: «Ya. Por supuesto», y lo apunté.
De verdad lo apunté. Todavía tengo el cuaderno.
—Todavía tienes el cuaderno.
—Está en una caja del armario, con mis declaraciones de la renta. —Solté el aire en algo que fue casi una risa—. Escribí posible pero improbable en mayúsculas y lo rodeé con un recuadro. Y luego me fui a casa y no volví a abrirlo.
—¿Por qué no?
—Porque dolía mirarlo. —Las palabras salieron antes de que las hubiera examinado, y me sorprendió lo sencillas que eran—.
Porque posible era la parte más cruel. Si me hubiera dicho que era imposible, habría podido llorarlo.
Habría sabido qué hacer. La gente llora lo imposible.
Es definitivo. Pero posible pero muy improbable significaba que tenía que mantener abierta una puerta que, estadísticamente, sabía que iba a quedarse cerrada.
Tendría que vivir el resto de mi vida con un hilo de luz por debajo de esa puerta, y cada vez que alguien a quien quiero quisiera tener un hijo, tendría que mirarla.
Bernadette no dijo nada.
—Así que empecé a acortarlo —dije—. No creo que lo decidiera nunca.
Las primeras veces que lo conté, lo dije todo.
Muy improbable, posible, ICSI, ya veremos.
Al segundo año ya me saltaba el posible, porque parecía redundante; daba por hecho que todo el mundo lo sabía.
Luego me saltaba también el muy. Después era solo improbable, y después era difícil, y cuando conocí a Renee ya decía probablemente no puedo tener hijos como si esas hubieran sido las palabras del médico.
Y cuando le dije, al principio, que podría ser difícil, creía de verdad que estaba siendo exacto.
—Estabas siendo exacto. Más o menos.
—Más o menos. —Giré el vaso un cuarto de vuelta sobre el posavasos—.
Había dejado de tener esperanza. Esa era la verdadera función de todo aquello.
Cada vez que redondeaba la cifra a la baja, había menos que perder.
Si era imposible, nada podría sorprenderme, no podrían quitarme nada, y si al final resultaba ser muy improbable, entonces tendría que equivocarse otra persona, no el modelo. No yo.
Me detuve, porque la frase había llegado a algo que no quería mirar de frente.
—Tendría que equivocarse otra persona —repetí, más despacio—.
Eso es lo que hice, ¿no? Construí toda una imagen del mundo alrededor de la versión del diagnóstico que menos dolía.
Y luego Renee se plantó en nuestra cocina y me contó algo que no encajaba en esa imagen, y le pedí que la equivocada fuera ella.
—Victor.
—Le pregunté si existía alguna posibilidad de que el padre fuera otro.
Lo dije con cuidado. Creía que estaba teniendo cuidado.
—Se me había puesto una voz rara, plana y fina, y oía mi propio pulso—.
La frase original llevaba un número dentro, y yo lo había quitado, y después usé la versión sin número para preguntarle si mentía.
Mi hermana alargó el brazo por encima de la mesa y puso su mano sobre la mía. No dijo que no pasaba nada. Era demasiado honesta para eso, y se lo agradecí.
—No te lo cuento para hundirte más —dijo—. Creo que necesitabas oírlo una vez de alguien que te quiere y que no está en medio.
—Me alegro de que hayas sido tú.
—No lo digas así. Hablas como si te acabaran de dictar sentencia.
—Creo que me han dicho algo verdadero —dije—. Se parece bastante.
Se rio, un sonido corto y húmedo, y se secó un ojo con la base de la mano, cosa que la fastidió.
—Dios. Ma nos lo va a oler.
—Nos obligará a comer.
—Nos obligará a comer lumpia —dijo Bernadette—. Es una intervención médica.
Mi madre volvió del teléfono, nos miró a los dos en su mesa del correo, se fijó en los vasos de agua, en los ojos rojos de mi hermana y en lo que estuviera haciendo mi cara, y no dijo nada.
Fue a la encimera, abrió un recipiente y empezó a colocar en un plato los últimos lumpia.
Lo dejó entre nosotros con un tenedor pequeño para cada uno y un cuenco de salsa de chili dulce, y, al apartarse, me dio una palmadita en el hombro.
—Tu padre está buscando los táperes buenos —dijo—. Puede tardar. Lleva veinte minutos en el garaje.
—¿Hay táperes buenos en el garaje? —preguntó Bernadette.
—Hay táperes buenos por todas partes. El ejercicio es encontrarlos. —Se paró en el umbral. No me miró directamente—. Victor.
—Ma.
—La habitación del bebé. Dijiste el blanco más cálido.
—Sí.
—Bien —dijo mi madre—. Un bebé debería despertarse en un sitio cálido.