Capítulo 6
Syrrah
Los mares pertenecen al viento, la tierra a los lobos y el cielo a los Dioses. Pero un Saqueador toma lo que desea sin pedir permiso a nadie».
— INSCRITO EN LOS HUESOS DE LOS MUERTOS EN LA BATALLA DEL MAR TIbr
El calor me inunda las mejillas ante la pregunta de Rooke. Me entretengo con la bota de agua, intentando ocultar mi vergüenza, pero su risa suave me dice que lo estoy haciendo fatal.
—No tienes de qué avergonzarte —dice, con una voz más dulce de lo que le había oído nunca—. Te aseguro que he robado besos a muchas doncellas.
Sus palabras se me clavan en el pecho como una astilla, afiladas e inesperadas.
Ha besado a mujeres antes. Besará a mujeres después.
Por supuesto que sí. Entonces, ¿por qué me inquieta ese pensamiento? No tengo ningún derecho sobre él. No quiero tenerlo. No puedo quererlo.
Le devuelvo la bota de agua y por fin le sostengo la mirada.
—Ya te lo dije: las sanadoras debemos permanecer puras. Es uno de nuestros votos más sagrados.
—Qué desperdicio.
Se acerca más, y su cercanía me acelera el pulso.
—Aunque debo decir que, para ser tan pura, aprendes asombrosamente rápido.
—¿Te estás burlando de mí?
—En absoluto.
Su dedo me recorre la mandíbula, ligero como una pluma.
—Te estoy admirando. Eres increíblemente receptiva, Syrrah. Y hay algo embriagador en saber que soy tu primera probada de libertad.
Un escalofrío me recorre, una respuesta involuntaria y traidora. El calor de su caricia persiste, se filtra bajo mi piel y se asienta en lo profundo de mi vientre. Se me entrecorta la respiración, el pulso me traiciona y late justo donde sus dedos me rozaron.
No es nada. Una caricia sin importancia. Pero mi cuerpo no parece entenderlo.
El calor se acumula en la base de mi columna, se enrosca, se retuerce, me arrastra hacia él de maneras que no comprendo del todo. No quiero esto. No quiero sentir esto.
Retrocedo un paso y rompo la conexión, me sacudo el dominio que casi tuvo sobre mí.
—¿Así es como convences a todas tus doncellas? ¿Con palabras bonitas y caricias suaves?
—Solo a las interesantes.
Su sonrisa se torna maliciosa.
—¿Está funcionando?
—No. Me recuerdas a un pavo real que se pavonea buscando halagos.
Su risa es profunda y cálida, como el mejor vino escanciado de un barril añejo.
—Ay —dice, y se lleva una mano dramática al pecho—. Entonces, ¿soy todo plumas y nada de sustancia?
—Digo que harías un centro de mesa encantador —respondo. Inclino la cabeza y le dedico una mirada lenta y evaluadora—. Algo para admirar antes de trinchar y servir con una guarnición de verduras asadas.
Su sonrisa se afila, lobuna.
—Si quieres probar, Inocencia, solo tienes que pedirlo.
Una chispa de calor me arde en el pecho, no por sus palabras, sino por la seguridad con que las dice. La certeza, como si supiera que es solo cuestión de tiempo antes de que se lo pida.
Entrecierro los ojos y cruzo los brazos.
—Hablas como si tuvieras mucha práctica en estas cosas. Extraño, dado lo escasas que son las mujeres en tu mundo. ¿Cómo es que has besado a tantas si hay tan pocas?
Su sonrisa se ensancha, con un destello de picardía en el ojo.
—Verás, Syrrah —dice con suavidad—, algunos hombres ganan sus fortunas con fuerza bruta, otros mediante estrategia cuidadosa.
Se inclina ligeramente y baja la voz como si compartiera un secreto.
—Y luego estamos los hombres como yo, que nos valemos del encanto, las manos rápidas y alguna que otra huida oportuna.
Algo en cómo lo dice, en cómo las palabras le fluyen de los labios como verdad bañada en miel, hace que se me encoja el estómago.
—Entonces, ¿eres un ladrón? —pregunto, y arqueo una ceja.
—Si insistes en ponerle etiquetas a todo.
Levanta la mano como para colocarme un mechón suelto detrás de la oreja, aunque nunca llega a tocarme. Un movimiento deliberado que deja justo el espacio suficiente para que yo decida si lo quiero más cerca.
—Me conocen como Saqueador. Pero de las mujeres solo robo momentos. Solo recuerdos. Y solo cuando se entregan libremente.
Una respuesta ridícula y arrogante. Y lo peor es que... no creo que esté mintiendo.
—Eres imposible —murmuro. Aparto la mirada y finjo no ver su sonrisa burlona.
Se acerca más, y su voz adquiere un tono oscuro y burlón.
—Te encanta.
Un rubor me sube por el cuello, ardiente e implacable.
Odio lo fácil que le resulta desestabilizarme, cómo maneja el encanto como una espada que atraviesa la vida tranquila y ordenada a la que siempre me he aferrado.
Es el caos personificado, salvaje e impredecible, y sin embargo hay algo magnético en él, algo que me impide apartar la mirada aunque sé que debería.
Levanto una ceja y finjo aburrimiento.
—Quizá solo me gusta jugar con mi comida.
Su ojo se oscurece divertido, y su sonrisa muta en algo primitivo que me envía un escalofrío por la espalda.
—Promesas, promesas.
Se me corta la respiración, y por un momento, el mundo se inclina sobre su eje.
Todo en él se siente demasiado grande: su presencia, sus palabras, el peso de su mirada que me oprime.
Debería apartarme. Debería decir algo mordaz e ingenioso, desalentar este coqueteo antes de que nos adentremos por un camino sin retorno.
Pero no lo hago. Porque en el fondo, una pequeña parte traidora de mí se pregunta qué se sentirá al caer. Saltar a lo desconocido y dejar que él me atrape, o dejar que me arruine por completo.
Se inclina, su aliento se mezcla con el mío mientras se detiene a un suspiro de mis labios.
—¿Nos besamos una vez más?
Quiero. Cuánto quiero.
—Mis votos —murmuro, resistiendo el impulso de acercarme a él—. Yo...
Un chirrido de piedra resuena hacia nosotros.
Rooke se aparta bruscamente y lleva la mano a la espada que cuelga de su cadera. Ambos nos quedamos inmóviles, aguzando el oído. Tras un instante se relaja, aunque no aparta la mano de la empuñadura.
—Ven —dice Rooke, apoyando la otra mano en mi espalda—. Salgamos de este lugar maldito por los Dioses antes de que algo decida divertirse con nosotros.
Avanzamos por las cuevas. La antorcha proyecta sombras danzantes en las paredes, pero noto que la oscuridad se vuelve menos absoluta: debe de filtrarse luz natural desde algún punto más adelante.
Caminamos un rato antes de que Rooke rompa nuestro cómodo silencio.
—Háblame de tu mundo. ¿Cómo era tu vida antes de todo esto?
Deslizo los dedos por la áspera pared de la cueva mientras ordeno mis pensamientos.
—Me entregaron al templo de curación cuando tenía siete años, después de que mi madre y mi hermano murieran. Padre dijo que era un honor, pero... —trago saliva—. Creo que no soportaba ver crecer a otro hijo con el riesgo de perderlo demasiado pronto.
—¿Así que te encerró para no tener que enfrentarse a eso?
—No fue así. No exactamente.
Pero incluso al defenderlo, percibo el vacío en mis palabras.
—El templo es hermoso. Jardines llenos de hierbas curativas, bibliotecas de textos antiguos, salones donde aprendíamos a sanar el cuerpo y el espíritu.
Hago una pausa y me acerco a la pared de la cueva para examinar un poco de musgo.
—¿Pero? —me anima Rooke.
—Pero nos mantenían apartadas del mundo. Sin festivales, sin mercados, sin...
Vacilo al recordar los sonidos de risas y música que llegaban desde el otro lado de los muros del templo en los días de fiesta.
—Sin vida. Solo lecciones interminables, reglas y votos. ¿Me prestas tu daga?
Me la entrega.
—¿Qué tipo de votos?
Retiro el musgo de la pared con cuidado mientras pienso cómo explicar mi antigua realidad.
—Pureza de cuerpo y espíritu. Sin matrimonio, sin hijos, sin contacto físico más allá de lo necesario para sanar.
Las palabras me saben amargas ahora.
—Los sanadores varones son libres de casarse, de formar familias. Pero las mujeres debemos permanecer puras para mantener nuestra conexión con el Dios sanador.
Atrapo el musgo cuando cae y lo acuno en la mano.
—En algunos lugares se prohíbe a las mujeres unirse a la orden. Nos consideran seres inferiores, indignas del conocimiento de los Dioses.
Rooke guarda silencio, y cuando vuelve a hablar, su voz carece de su burla habitual.
—Y ahora estás aquí, donde esos Dioses y esos hombres no pueden verte. Donde sus reglas no te atan.
—Sí.
La palabra me sale apenas en un susurro. Le devuelvo el cuchillo.
—Gracias.
Él hace un gesto desestimando mi agradecimiento.
—Quédatela. Nunca se sabe cuándo puede ser útil.
Vacilo, sin saber dónde ponerla. Él me la quita con suavidad.
—Permíteme.
Se agacha a mis pies, saca una gruesa correa de cuero del bolsillo y la enrolla con suavidad alrededor de mi pierna para sujetar la vaina de la daga.
Su contacto es seguro pero amable, cálido y reconfortante. Se me eriza la piel mientras él se demora, comprobando la tensión de la correa.
—¿Te asusta? Saber que estás aquí, donde tus reglas no importan —levanta la vista—. ¿O te emociona?
Le sostengo la mirada.
—Ambas cosas, creo.
Su sonrisa es dulce, comprensiva.
—La vida está llena de decisiones, Syrrah. Aquí eres libre de tomarlas por ti misma.
Se pone de pie y alarga la mano hasta rozarme la mejilla con los dedos.
—El camino que elijas, ya siga tus votos o los rompa por completo, debería ser tu elección. No de tu padre. No de tus Dioses. Tuya.
Sus palabras me envuelven como una capa cálida, pero también pesan, cargadas de implicaciones que no sé si estoy lista para afrontar. ¿Mi elección? La idea es emocionante y aterradora a partes iguales. Nunca había tenido esa clase de libertad, ni en el templo, ni con mi padre, ni en ningún lugar.
Una parte de mí se resiste a la idea y busca instintivamente el consuelo familiar de las reglas y las rutinas, la certeza de una vida vivida dentro de unos límites.
Pero entonces lo siento: una pequeña chispa, un destello en lo más hondo de mi pecho.
Una voz callada que enterré hace mucho tiempo y que susurra: ¿Y si... ?
Miro a Rooke, al hombre que se mueve con tanta soltura en el espacio entre el peligro y la libertad, y me pregunto qué se sentirá al estar tan seguro de uno mismo, sin miedo a forjar el propio camino. ¿Podría yo ser así?