Capítulo 1 #4
El laberinto parece vivo a mi alrededor, me oprime con sus bordes dentados y su silencio asfixiante entre los crujidos de los truenos. Todos esos años amoldándome a la perfección... ¿de qué sirven esas lecciones en este juego de cazadores y presas?
Un grito se acumula en mi pecho, una cosa densa, arañante, convulsa, hecha de furia y miedo.
Lo trago, tal como me enseñaron, y lo encierro tras las costillas, donde el dolor amenaza con consumirme.
Siempre me han dicho que el silencio es fuerza, que la contención es poder.
Pero aquí, con la tormenta rugiendo arriba y el peligro acechando en las sombras, mi silencio me parece un grillete que se aprieta en torno a mi garganta.
Aprieto los dientes y me obligo a avanzar; los pies descalzos me resbalan sobre la piedra mojada por la lluvia.
El frío me muerde la piel, pero apenas lo noto.
Mi mente está centrada en la supervivencia, un pulso desesperado que late bajo mi fachada tranquila.
Oigo algo, un roce, un susurro de movimiento, y me quedo helada.
El aire parece espesarse, se me corta la respiración mientras mis sentidos se extienden hacia fuera en busca de la fuente del sonido.
Antes de que pueda dar otro paso, una sombra se mueve y el corazón se me paraliza.
La voz de Magnus resuena de nuevo por los corredores, más cerca de lo que esperaba.
—¡Sal, sal, pequeña novia!
El sonido de acero contra acero sigue a sus palabras, agudo y discordante contra el murmullo constante de la lluvia.
Me estremezco; los instintos me gritan que corra, pero las piernas se me han quedado congeladas, arraigadas al suelo húmedo.
Me esfuerzo por escuchar más, con la respiración entrecortada, pero solo capto el débil eco de un grito, un sonido tan crudo y fugaz que parece evaporarse antes de alcanzarme del todo.
Otro cazador ha pagado el precio por cruzarse en el camino del monstruo.
El silencio que sigue es sofocante. La tensión se cierne sobre mí como una mano pesada, y por primera vez, me pregunto si esto es miedo o algo más oscuro, algo primitivo.
Muerte.
Pasos, lentos y deliberados, rompen la quietud. Resuenan a través del Laberinto, imposibles de localizar, y un escalofrío me recorre la espalda. El sonido me saca de mi parálisis.
Tropiezo y caigo contra una pared cubierta de hiedra. Con un pequeño chillido, no me estrello contra la piedra, sino que caigo en la oscuridad. Aterrizo con un golpe sordo sobre roca lisa.
Una especie de cueva se abre ante mí; la hiedra había ocultado su secreto.
Me pongo de pie a trompicones, con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que delatará mi posición. Tiemblo; la lluvia me ha empapado la ropa y me ha pegado el pelo al cuello. Me obligo a respirar despacio, a escuchar más allá del sonido de la lluvia y los truenos.
Botas pesadas raspan contra la piedra en algún lugar del corredor. No corren: caminan con pasos deliberados, sin prisa. Magnus no tiene prisa. Me está cazando como a la presa que soy.
Me pego contra la pared de la cueva, con la respiración entrecortada en jadeos agudos y superficiales. Cada instinto me grita que me esconda, que desaparezca, pero ¿dónde? No hay ningún lugar adonde ir.
Agarro la tela húmeda de mi falda, temblando tan fuerte que me castañetean los dientes. Cállate, hazte pequeña, no lo hagas enfadar. Las lecciones que me inculcaron desde la infancia resuenan en mis oídos, un mantra del que no puedo escapar. Nunca me han fallado, pero ahora me parecen cadenas.
Las lágrimas me nublan la visión mientras el sonido de sus pasos se hace más fuerte, más cercano. Va a encontrarme. Siempre me encuentra. Me muerdo el labio para no sollozar, y el sabor a hierro me inunda la boca.
Tal vez si suplico… El pensamiento se cuela sin permiso, un último hilo de esperanza envuelto en vergüenza. La voz de mi padre susurra en mi mente: «Una buena chica conoce su lugar».
La idea de rendirme al monstruo que me había asfixiado me provoca una oleada de náuseas. El estómago se me retuerce violentamente, pero me obligo a tragar la bilis que me sube por la garganta.
No te quiere muerta. Todavía no.
El pensamiento no trae consuelo, solo pavor, espeso y sofocante. Como sanadora, a menudo me han llamado a las casas de hombres como él, matones que aplastan a los más débiles bajo sus pies. Saborean el miedo, la persecución, la forma en que una mujer se estremece al oír su voz.
He atendido a mujeres en casas que no son hogares, sabiendo que no hay escape, pero rezando a la Diosa de mi mundo con la esperanza de que Grayah obrara un milagro.
La risa de Magnus me alcanza a través de la lluvia y la hiedra.
—Cuánto disfruto de este juego.
Me estremezco. Conozco bien las reglas de este juego: mi terror es su triunfo, mi rendición su premio.
Sin otra opción, me adentro más en la cueva, tanteando la pared áspera. El espacio se ensancha a medida que avanzo; el aire se vuelve más cálido a pesar de la piedra húmeda. Quizá haya otra salida, algún pasaje que conduzca lejos de—
Una mano me tapa la boca.
¡No!