La doncella del veneno CAPÍTULO 44 KASDEYA #4
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CAPÍTULO 44 KASDEYA #4

—¿Y desde cuándo la palabra de un pirata sirve de algo?

Deberías haber pensado mejor en qué aliados te buscabas.

Yo, sin duda, no soy de fiar ni voy a cumplir mi palabra.

—Camina hacia nosotros y me arranca de los brazos de Andras—.

Si veo que le falta un solo pelo en la cabeza a esta chica, os arrojaré en el próximo remolino yo misma. Me da igual morir en el intento.

—O cumples tú tu palabra o lo hará tu padre, pequeña Chancellor. No querrás que él sufra porque eres incapaz de cumplir un trato, ¿no?

Puedo ver el conflicto en los ojos de la pelirroja.

Aprovecho el momento de distracción para abalanzarme sobre él de nuevo.

Desde fuera debe ser incluso divertido verme enredada en su cuerpo, desprendiendo locura por cada uno de mis poros.

Mis manos arañan sus brazos y, en un gesto totalmente bestial, mis dientes se clavan con fuerza en su cuello.

Gruñe con fuerza, pero no lucha por deshacerse de mí, sino que me abraza más fuerte, reteniéndome.

Su sangre no sabe a la enfermedad que nació de él. Parece que el líquido que circula por sus venas es lo único que lo marca como un ser humano. El sabor metálico explota en mi boca y echo la cabeza atrás cuando está claro que ni siquiera el daño va a permitir que deje de luchar contra mí.

—Así que eres de las que muerden, ¿haces lo mismo con las almohadas?

—Púdrete.

—¿Así se le habla a la persona que tiene tu vida en sus manos?

—Vete a la mierda.

—Estoy deseoso de escuchar tu siguiente insulto, venga, ilumíname.

—Voy a matarte, Andras, aunque sea lo último que haga.

—Eso suena casi a preliminares para mí. Me encanta un poco de juego previo.

—Ya basta —interrumpe la pirata con la molestia goteando de su voz.

Andras me suelta en el suelo y rápidamente la mano de Kendra se enreda en mi muñeca. Intenta sacarme del camarote. Me opongo al principio, más que preparada para un nuevo asalto. No me rendiré hasta sacarle los ojos a ese cretino o hasta acabar con él.

—Por favor, Kas.

Su tono de súplica consigue que me calme.

Dejo que me saque de allí, no sin antes echar la vista atrás una última vez.

Mis uñas han dejado surcos desde su mejilla hasta la mitad de su garganta.

La sangre sale de sus heridas, pero no parece importarle.

Sin duda lo más grave es su cuello. Tiene las marcas de mis dientes y la carne ligeramente abierta.

Las sombras de color verde se arremolinan a su alrededor, como el consuelo de un amante.

Camino, siguiendo a Kendra a regañadientes hasta el que por el momento es mi camarote. Me obliga a entrar y cierra la puerta apoyándose en ella.

—Te juro que no sabía nada de esto.

—Tengo que salir de aquí como sea.

—Estamos en mitad del mar, Kasdeya. Quedan días de travesía. No puedes escapar.

—Va a matarme, Kendra.

Debería reírme como una desquiciada ante lo irónica que resulta mi vida.

Escapo de un verdugo para caer directa en los brazos de otro.

Empiezo a preguntarme qué demonios ocurre conmigo, si negar tanto tiempo la existencia de los dioses me ha hecho merecedora de su furia y esto es solo otro más de los castigos que llevan impartiéndome desde mi nacimiento.

El primero de ellos fue hacerme letal. Para algunos podría ser una herramienta útil, una forma de protección, pero a mí me ha hecho la vida complicada y solitaria.

—No lo entiendo, ¿por qué querría matarte? ¿En qué ayudaría eso a que la enfermedad acabase?

Camino de un lado a otro del camarote, retorciéndome los dedos y pensando sin parar. Me sumerjo en una autocompasión que odio, no obstante, soy incapaz de evitarlo. Siento el peso de la mirada de Kendra sobre mí. Parece esperar que yo tenga las respuestas.

—Te aseguro que yo estoy maldita, no soy la clave para solucionar nada.

Se muerde el labio y me mira con una tristeza tan profunda que me repugna. No quiero ser el objeto de lástima de nadie, aunque ahora mismo me cueste no compadecerme de mí misma.

—Si algo me pasa, prométeme que harás que Bryn esté segura. No tengo dinero que darte, pero tal vez…

—Deja de decir tonterías. No va a ocurrirte nada.

Ni a ti ni a la niña. —Se acerca y me sujeta por los hombros, frenando mi caminar frenético de un lado a otro del camarote—.

Escúchame. Voy a encerrarte aquí dentro.

Nadie puede entrar, ¿entiendes? Vas a estar segura.

Hablaré con mi padre, encontraremos una forma de evitar esto.

Lo conozco, nunca dejaría que una chica inocente muera por una causa sin sentido.

Lo que dice es una estupidez. Conozco la fama de su padre.

No se consigue ser el pirata más temible siendo amable y teniendo escrúpulos.

Ella solo conoce la parte buena, es lo que hacen los padres.

Ocultar sus pecados para ser el héroe de sus hijos.

No soy capaz de decírselo, así que me quedo callada.

Interpreta mi silencio como que estoy de acuerdo. Lanza un vistazo al camarote.

—Te traeré algo de comida pronto. Déjame que compruebe que vamos en la dirección correcta y volveré.

Sonríe tristemente y sale del camarote. Escucho la cerradura al cerrarse y me quedo sola.

Atrapada.

En un barco del que no puedo salir.

Rodeada de gente en la que no puedo confiar.

Y con un rey maldito que quiere matarme.