EPÍLOGO ANDRAS
No puedo dejar de darle vueltas a sus ojos. Ese verde lleno de cólera y la promesa de una muerte lenta. Si ya creía que era de una belleza extraordinaria, en su estado más salvaje es una visión que roba el aliento. Es el carraspeo de mi mano derecha lo que me saca de mi trance.
—Estás mucho peor de lo que pensaba, ¿te has excitado? —pregunta Pasha, incrédulo.
Al principio no sé a qué se refiere, hasta que miro hacia abajo y veo el más que notable bulto en mis pantalones.
Parece que me va eso de los juegos de poder, o simplemente el forcejeo, sentir su cuerpo presionándose contra el mío, ha despertado cosas en mí.
Es más que obvio que lo primero que tengo que hacer una vez lleguemos a tierra es buscar a alguien que sacie estas necesidades.
Porque hacerlo con quien las ha despertado no es una opción.
—Es simplemente una reacción corporal. No le des más vueltas.
—¿Reacción corporal? —bufa—. Cada vez todo empieza a tener más sentido. Te estás obsesionando. Oh, no, no, no. No vayas por esos senderos, Andras Berengar. Tú y yo sabemos que no llevas nada bien las obsesiones.
—¿Me crees tan estúpido como para obsesionarme con alguien a quien tengo que matar?
—¿Quieres que responda con sinceridad o adorno la respuesta para no dañar tu ego?
—Pone los ojos en blanco al darse cuenta de que lo que menos me apetece es que me dé una dosis de realidad—.
¿Por qué la salvaste, Andras? Podrías haberla dejado morir en esa hoguera, pero no, la salvaste.
Si tus sospechas son ciertas, su muerte es lo que necesitas. ¿Por qué lo retrasas más?
—Su muerte ocurrirá en Valyndra.
—¿Por qué?
—Porque así lo dicto yo.
—No estás seguro, ¿verdad? Tienes miedo de matarla y equivocarte.
No respondo. No tengo ninguna obligación de hacerlo. Soy su rey, no respondo ante nadie. Ni siquiera ante unos dioses que dejaron que me maldijeran de niño y me convirtieron en una aberración. Solo hay uno que me ama, y ojalá nunca lo hubiese hecho.
Empiezo a sentir que el camarote se me queda pequeño.
Me causa cierta claustrofobia este sitio.
Estoy deseando llegar a tierra firme. Tal vez por eso me encuentro más veces de las habituales abandonando mi cuerpo y tomando posesión de los cuervos.
Al menos ellos me dan la sensación de libertad que necesito.
La primera vez que me metí en la mente de un cuervo era simplemente un niño.
Recuerdo gritar tanto que toda la servidumbre del castillo pensó que estábamos bajo ataque.
No comprendí lo que había pasado hasta que un año después volvió a suceder y, desde entonces, empezó a ocurrir con más frecuencia.
Tardé en entender que esto pasaba cada vez que la presión de ser el rey de Valyndra me ahogaba y mi único deseo era escapar lejos, donde no hubiese responsabilidades ni enemigos queriendo matarme.
Parece que mi cuerpo se encargó de encontrar una forma de escapar y rozar esa libertad ansiada.
Esto a lo que llamo don, es tan solo una de las manifestaciones de mi maldición.
He escuchado los rumores que dicen que soy el niño que recibió la bendición de la sacerdotisa, que conmigo llegará la unión de todos los reinos y la prosperidad.
Con cada año la calamidad asola más los territorios, poniendo a prueba a sus gentes.
Será cuestión de tiempo que una nueva amenaza nos sorprenda a todos.
Aquellos que conocen la profecía, esa que la reina Evara se encargó de difundir, están esperando a su salvador.
Me cuesta creer que ese sea yo. Más bien soy el niño besado por el dios exiliado. Umbros. Aquel a quien ni sus propios hermanos podían tolerar. El que gobierna El Pozo. Ese lugar oscuro lleno de desesperación. ¿Por qué si no tendría la capacidad de sumergirme en la mente de su animal favorito?
Necesito respirar.
En este camarote soy incapaz de hacerlo.
—¿A dónde diablos vas? —pregunta Pasha a mis espaldas.
No respondo.
Al caminar por cubierta miro hacia la puerta tras la que sé que se esconde Kasdeya.
Puedo sentir su rabia irradiando a través de la madera.
Me quedo ahí plantado más de lo necesario.
Todavía no logro entender qué es lo que me fascina tanto de la muchacha.
¿Su belleza? He visto mucha belleza antes.
Las mujeres pestañean ridículamente cuando entro a una habitación y he tenido a algunas de las chicas más guapas sentadas en mi regazo. Y en otras partes.
Pero no a ella.
No, no a ella. Y encuentro eso molesto. Más cuando sé cómo puede llegar a ser.
Kasdeya es una amante salvaje, solo tengo que recordar el beso que compartimos en los túneles.
Al principio fue dubitativo, aunque bastaron apenas un par de segundos para que escalara rápidamente en movimientos frenéticos, donde su lengua y la mía batallaron por el dominio.
Si me concentro, puedo sentir sus dedos clavándose en mi espalda y sus dientes tirando de mi labio con la esperanza de extraer sangre.
Es una cosita violenta y venenosa. Admito que fue un acto impulsivo, que no debería haberla besado.
Mucho menos tocado de esa forma. No entraba en mis planes, ni tampoco me ayudaba a completar lo que había ido a hacer, pero no pude resistirme.
Podía respirar su nerviosismo, el miedo, las dudas.
Y ese olor que me ha alimentado todos estos años.
El suyo era dulce y no pude contenerme de probarlo directamente de la fuente.
Sospecho que poco a poco la morena de ojos verdes se ha convertido en una obsesión.
Consigo salir de mis pensamientos y seguir caminando. Kendra me mira desde su posición desde el timón, sé que quiere hablar conmigo y no tardará en hacerlo. Estoy más que preparado para escuchar sus gritos.
Encuentro un lugar apartado donde la luz del día batalla para abrirse paso.
No hago caso a las heridas que me surcan la cara y rebusco en el interior de mi chaqueta hasta dar con un pergamino partido por la mitad, arrugado y amarillento por el paso del tiempo.
Lo encontró mi madre en mi cuna pocos días después de mi nacimiento.
Nunca encontraron al mensajero, ni tampoco a quien hubiese garabateado esas palabras que marcarían cada uno de mis días.
Lo dejaron ahí para que supiese mi destino.
Aquello que estaba obligado a encontrar si quería librarme de lo que me habían hecho.
La enfermedad no me afecta, muere todo lo que aprecio, mi dolor trae tragedia y mi única forma de escapar a veces es tomar posesión del animal mensajero de la muerte.
La señal de todas las veces que he pasado los dedos por él es inconfundible.
Son muchas más las veces que me he preguntado el nombre del veneno del que hablaba.
He probado algunos de los más potentes, preguntándome si alguno de ellos acabaría conmigo y si mi muerte traería consigo la prosperidad que tanto deseo.
Sé que el reino estaría en buenas manos con Pasha.
Aquí realmente no hay nada que me invite a quedarme.
Mis padres hace mucho que se fueron y mi hermana se unió a ellos antes de tiempo.
Así que la posibilidad de que mi muerte ponga fin a tanto pesar, tanto sufrimiento, me parece una buena forma de acabar mi reinado.
Ahora me he dado cuenta de que nunca se trató de ingerir un veneno.
Los Eternos fueron mucho más creativos.
Y no puedo dejar de preguntarme: ¿por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué tengo que acabar con su vida?
Puede ser que me equivoque, pero hoy las palabras grabadas en el pergamino tienen más sentido que nunca.
En cuanto escuché los rumores de una doncella sumamente letal, sentí curiosidad.
Y cuando la vi matar fue una revelación.
Las piezas encajaron en mi cabeza. Bebí de esa copa con gotas de su sangre con la pequeña esperanza de que me matara y luego la besé, por deseo, sí, y también porque no podía creer que me hubiese equivocado en mi suposición.
Desenrollo el pergamino y leo las palabras, cada vez más seguro de que no soy yo el que tiene que morir.
Aquel que camina con la muerte
La derramará con su tormento.
Del suelo que toquen sus pies
Jamás nacerá alimento.
Y solo de la muerte del veneno más potente
podrá nacer un nuevo destino para el
continente.
El veneno más potente.
Kasdeya.