La doncella del veneno CAPÍTULO 44 KASDEYA #3
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CAPÍTULO 44 KASDEYA #3

La otra parte que no es tan racional me dice que actúe, que ponga en práctica todo lo que he aprendido estos años y encuentre algo afilado con lo que rajarle la garganta.

No hago ninguna de las dos cosas, sino que actúo mucho más imprudentemente, pues le doy una patada a la puerta, sin nada afilado en las manos, y clavo mi mirada en el rey maldito.

Los dos alzan la vista hacia mí. Pasha con los ojos bien abiertos, pero su amigo, el rey, no parece sorprendido de verme.

No deja que mi presencia le perturbe en absoluto, mantiene ese semblante tranquilo que sabe que me saca de quicio.

Cruzamos miradas y tiene la poca decencia de parecer divertido.

Sabe que lo he escuchado.

No hace nada por disimular.

Consigue lo que parece haber ansiado tanto.

Me descontrolo. Y corro hacia él como la bestia salvaje que siempre he sabido que puedo llegar a ser.

Choco con su cuerpo y caemos al suelo. No pienso demasiado en lo que hago, me concentro en golpear y arañar todo lo que entra en contacto conmigo.

Escucho un jadeo de dolor y en cuestión de un parpadeo tengo las manos apresadas por encima de mi cabeza y todo su peso encima de mí.

Grito cuando mi espalda choca con la madera, pero eso no lo disuade.

Veo las marcas de mis arañazos en su cara, sin embargo, tiene el rostro tranquilo.

Eso hace que enfurezca aún más. Con mis extremidades inutilizadas lo único que puedo hacer es sacudirme con la esperanza de liberarme.

La carne que une mis heridas se abre, puedo sentirlo.

Puntos blancos bailotean frente a mis ojos.

Le muestro los dientes e intento morderlo al ver que tiene el rostro a centímetros de mí.

Sus palabras no dejan de resonar dentro de mi cabeza y me hacen recordar la conversación de ayer.

«Yo diría que me has salvado».

«¿Eso crees?».

De mi boca sale un sonido desquiciado.

—Así que no te equivocabas cuando dijiste que no me habías salvado. Ahora comprendo —gruño.

—Nunca miento, querida.

Al menos parece faltarle un poco el aliento. Bien.

Abro mucho los ojos al sentir la parte de su cuerpo que se clava contra mi estómago.

No puedo creerme que una situación así lo excite.

Sabe que me he dado cuenta y sonríe con malicia.

Vuelvo a gruñir, intentando liberar mis piernas y golpearlo lo suficientemente fuerte para que se quite de encima de mí.

Nadie nos separa a pesar de que el camarote se llena del ruido de otra gente.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —exclama la pirata.

Ninguno de los dos responde o le hace caso.

Estamos demasiado ocupados forcejeando con el otro.

Aprieta sus muslos hasta que consigue que no me mueva ni un milímetro.

Me mira desde una posición dominante con aire victorioso.

No pienso darme por vencida. Le muestro de nuevo los dientes, prometiendo arrancarle una tajada del cuello si se presenta la oportunidad.

No me he sentido jamás tan animal, tan deshumanizada como ahora.

Ya ni siquiera noto el dolor. Se levanta con sumo cuidado y me arrastra con él, apoyando su pecho contra mi espalda y reteniendo mis muñecas con una sola de sus manos.

Ahora puedo ver claramente a Kendra y a Astra en el umbral de la puerta. Al menos Bryn no está aquí para presenciar nada de esto.

—Solo una pequeña disputa, ¿no es así, querida?

Escala por mi garganta una carcajada agónica.

—¿Una pequeña disputa? ¡Este desgraciado estaba hablando de matarme!

La pirata me mira confusa mientras que en el rostro de Astra se dibuja el horror. Alguna pieza debe haber encajado en su cabeza. Una lástima que no vaya a compartir lo que sea que sabe conmigo.

—¿Qué? ¿Qué locuras estás diciendo, Kas?

—Lo he escuchado. Estaba hablándolo con Pasha hace un momento.

Entre el grandullón de ojos grises y la pirata de pelo rojo se produce una conversación silenciosa.

O no tanto, porque es evidente que ella le reprocha algo.

Este aprieta los labios en una fina línea recta y esquiva la mirada fulminante de Kendra.

Me parece ver los atisbos de una intimidad que desconocía.

Me asola el pensamiento de que ella también sea una mentirosa y realmente esté compinchada con ellos desde el principio.

—¿Es eso cierto, Andras? —exige saber Kendra—. Esto no es lo que acordamos.

Cuando el rey habla siento cosquillas entre mis escápulas. Su voz es lo suficientemente grave y profunda para sacudirme entera.

—Acordamos que me ayudarías a rescatarla porque es la clave para acabar con la Nectumbra.

—¡Pero no me dijiste que la matarías! ¿De qué va todo esto? ¿Alguna especie de retorcido ritual? Porque te juro que, si se trata de alguna mierda de esas, voy a matarte. No accedí a esto.

—Sí lo hiciste. Y diste tu palabra.

Mi mente intenta registrar lo que dicen a toda velocidad.

¿La clave para acabar con la Nectumbra? ¿Qué locura es esa?

No puedo ser la cura de nada. Llevo matando toda mi vida, lo quisiera o no, ¿y ahora pretende que crea que soy la clave para acabar con una enfermedad que avanza deprisa y mata sin piedad?