La doncella del veneno CAPÍTULO 44 KASDEYA
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CAPÍTULO 44 KASDEYA

Durante la noche nos encontramos con dos remolinos más, y lo sé porque era imposible no escuchar a la tripulación moviéndose como loca y los gritos de Kendra lanzando órdenes.

Las paredes crujían y temí en más de un momento que estas fuesen arrancadas de cuajo.

Me quedé aquí, no por cobarde, sino porque Bryn enterró sus manos en mi ropa y se aferró a mí como si su vida dependiera de ello.

No obstante, una minúscula parte de mí quería salir fuera y ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo.

Si la muerte venía quería mirarla a los ojos y demostrarle que lo de antes solo había sido un momento de debilidad.

No me iría sin luchar. También quería comprobar si Andras seguía ahí fuera, si mantenía un ojo en el horizonte, como había dicho que haría.

Si era así, no sé lo que hubiese hecho. ¿Acompañarlo?

Con la mañana parece haber llegado la calma.

Ya no se escucha ruido y hace un rato que Noelle apareció para llevarse a Bryn a por algo de desayuno, antes de que el resto de hombres arrase con todo.

No nos hemos dirigido la palabra, a pesar de que ambas sabemos que tenemos una conversación pendiente.

Estoy segura de que llegará mucho antes de lo que me gustaría.

Sé que esta sensación de seguridad es falsa.

No tardaremos en volver a vernos arrastrados por un remolino, o cuando dejemos atrás el mar Isernia y nos adentremos en el de Erebos las cosas se pondrán aún más feas.

Sus aguas bañan las costas de Valyndra y, si ya resultaban poco acogedoras, saber que tienes que enfrentarte a esas criaturas de las que todo el mundo habla con horror les restan aún más atractivo.

El silencio que se extiende por el camarote no me molesta, nunca he sido de las que huye de su propia cabeza, más bien me ha gustado siempre hundirme en sus profundidades.

Sé que no es algo sano, teniendo en cuenta que todo lo que se encuentra dentro de ella es desagradable.

Supongo que tengo ciertos comportamientos masoquistas.

No he podido parar de darle vueltas a todo lo que ha sucedido en los últimos días.

Rememoro todo una y otra vez, preguntándome si podría haber hecho algo diferente, si las pistas estaban ahí para quien quisiera verlas, pero yo aparté la mirada cada vez que la verdad aparecía frente a mí.

Repaso una por una las interacciones con todo el mundo, reparando más tiempo en aquellas que tuvieron lugar con Keir.

Desde la primera vez que nos vimos, en el que su interés fue más que palpable, hasta su mirada fría cuando prendió la hoguera.

Parece mentira que sea la misma persona, a veces mi cabeza intenta convencerme de que no lo es.

Sin embargo, hasta ahora no me había dado cuenta de que el sentimiento de traición no ha sido el que más me ha dominado, sino el de alivio. Cuando supe que en realidad nunca estuve traicionando a alguien que guardaba sentimientos puros hacia mí, sentí alivio. Me sentía menos sucia, menos indigna.

El ruido de la puerta al abrirse interrumpe mis pensamientos.

Astra aparece con sus suministros médicos en las manos.

Cierra con el pie y viene hacia mí en silencio.

Sé a lo que ha venido. Me coloco en el borde de la cama, dándole la espalda.

Empieza descubriendo mis heridas, o al menos lo que queda ocultándolas, y tiene sumo cuidado de no tocarme demasiado.

—El color es bueno. Parece que no hay infección.

Asiento para hacerle saber que la he escuchado.

—Pero… te quedarán cicatrices.

—No esperaba que mi espalda quedara ilesa.

No alcanzo a ver su rostro, lo que sí puedo sentir es que su actitud es apagada.

De ella irradia en oleadas una sensación de tristeza y pesar que es difícil de ignorar.

No entiendo por qué eso me hace sentir mal.

No es ella la que debería sentirse triste.

Sin embargo, las palabras de Andras resuenan en mi cabeza y, en el fondo, sé que Astra tiene buen corazón.

Tan bueno que estaría dispuesta a hacer lo que hiciese falta por aquellos a los que ama.

Y eso incluye al rey maldito, por lo que parece.

Cubre mis heridas con algo frío que hace que yerga completamente la espalda. Me muerdo el interior del carrillo para aguantar el ligero dolor que ha despertado un movimiento tan brusco.

—Lo siento.

—No pasa nada —respondo más cortante de lo que pretendía.

Venda de nuevo mis heridas y me recuerda que esta noche duerma boca abajo para intentar no ejercer tanta presión sobre ellas.

Me ayuda a vestirme antes de marcharse, ya que soy incapaz de hacerlo sola.

Por un momento parecía que habíamos vuelto a palacio y seguíamos fingiendo que ella era mi doncella, aunque no es verdad.

Ya no soy una joven dama en la corte que quiere ganarse la atención del príncipe, ni ella es mi doncella.

Me dirijo con los pies descalzos, aunque no los siento así gracias a los vendajes, hasta la salida.

Al subir las escaleras me sorprendo al ver la cubierta del barco desordenada, una de las barandillas se ha roto y en su lugar queda madera astillada.

Varios hombres intentan hacer lo que pueden con el estropicio mientras otros descansan y conversan entre ellos.

Tienen entre las manos lo que parece un cuenco con gachas.

Me lanzan alguna mirada de soslayo que ignoro con éxito.

Me alejo hasta quedar lejos de sus ojos curiosos y disfruto de respirar una buena bocanada de aire.

La brisa azota mis mejillas y aparta los rizos de mi cara.

El sol me calienta la piel y es una sensación agradable combinada con el sonido del oleaje.

Por un segundo creo que puedo entender por qué Kendra ama tanto esta vida.

—No sabía que las cosas iban a acabar así.

La voz de Noelle me pilla desprevenida. Aun así, hago todo lo que está en mi mano por no mostrarlo. Rodeo la madera que me separa de una caída fatal con fuerza. Siento la piel de mis nudillos estirarse sobre los huesos.

—¿Cómo esperabas que acabasen?

—No lo sé —dice avergonzada—. Pero me gustaría explicarme.

—Claro, explícate —respondo con ironía.

—No soy una espía. Andras y yo nos conocimos siendo niños, pero él no sabía que estaba en Argevin.

Tampoco sabía de mi situación tan precaria.

Cuando mis padres murieron, tuve que abandonar la isla en la que me crie.

Las deudas que habían contraído en sus últimos años de vida eran demasiado elevadas y no pude hacerles frente.

Vine aquí porque yo también había escuchado los rumores de que este reino era próspero, lleno de oportunidades.

Nada más lejos de la realidad. Acabé con el poco dinero que me quedaba en cuestión de pocas semanas y después lo único que podía hacer era dormir en las calles, con la esperanza de que al día siguiente me fuese mejor.

Nadie quería contratar a una extranjera, el acento de las islas estaba bien arraigado en mí y a veces casi parecía que sabían de dónde venía antes de que abriese la boca.

La gente de Valyndra no es precisamente querida aquí.

Entonces, un día, Shaula me encontró. Al principio dije que no.

Se detiene y me atrevo a mirarla. Tiene la vista clavada al frente, parece perdida en sus pensamientos, luchando contra algo.

—Tenía demasiada hambre, estaba sucia y cada noche temía que algún borracho se abalanzara sobre mí.

En más de una ocasión me había despertado en mitad de la noche, escuchando gritos de mujeres.

Así que, al final un día me planté a las puertas del Red Fear.

Shaula me miró con satisfacción, porque sabía desde el principio que acabaría acudiendo a ella.

No puedo describir cuántas noches lloré mirándome al espejo, sin creerme lo que estaba haciendo para sobrevivir.

Mis padres se habrían avergonzado de mí si estuviesen vivos.

—Tus padres se habrían alegrado de que sigas viva —interrumpo.

Parece sorprenderle que haya dicho algo, y más cuando parece con el fin de reconfortarla.

Yo también estoy sorprendida. Supongo que no es sencillo dejar de sentir aprecio por alguien.

Y no puedo negar que soy familiar con ese sentimiento que menciona.

Yo también me pregunté miles de veces frente al espejo si los padres que nunca tuve me mirarían con rechazo si supiesen todo lo que he hecho para seguir con vida, o si se alegrarían simplemente de que siguiese respirando.

Claro que ese pensamiento solo viene cuando pienso en unos padres que no pudieron estar a mi lado por un motivo más grande que ellos mismos, y no porque simplemente yo era algo inesperado, una carga que era mejor abandonar.

—¿A qué precio?

—Al que sea necesario.

Nos miramos a los ojos hasta que rompe esta especie de duelo y sigue explicándose.