La doncella del veneno CAPÍTULO 43 KASDEYA #3
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CAPÍTULO 43 KASDEYA #3

Observo a Kendra detrás del timón, no parece asustada, pero sí nerviosa.

Espero que su experiencia sea suficiente para sacarnos de esta.

Me sorprendo cuando veo a Andras dirigirse hacia ella, con una calma envidiable.

La sorpresa es mayor al presenciar una vez más cómo sus ojos pierden su color dorado y se tornan negros.

La tripulación está demasiado ocupada para prestar atención a las sombras de intenso color verde que bailotean alrededor del rey maldito.

Sin embargo, Bryn y yo lo vemos. La pequeña no puede contener el sonido de asombro que sale de su garganta.

Yo me quedo muy quieta, casi fascinada. Cuando Andras vuelve en sí, su mirada y la mía se cruzan.

—El diámetro del remolino es de unos veinte metros —dice.

La pirata asiente y veo la decisión reflejarse en sus ojos. Comienza a levantarse una brisa que a cada segundo se intensifica más.

—Debemos resguardarnos dentro —Noelle coloca las manos en los hombros de la niña—. Aquí fuera no servimos para nada. Solo entorpeceremos.

Sé que tiene razón, aunque eso no quita que quiera replicarle.

Solo Kendra y su tripulación podrán sacarnos de esta, y estoy segura de que este no será el único remolino que encontraremos en nuestro viaje.

Trago saliva y con ella intento disipar el nudo de nervios que hay en mi garganta.

Estoy segura de que, si intento hablar, mi corazón saldrá vomitado a nuestros pies.

Sin ser consciente de mis movimientos, comenzamos a movernos hasta entrar en mi camarote.

Antes de cerrar la puerta, veo a Pasha resurgir de alguna parte de este barco, con el torso desnudo y cubierto por un vendaje en el que hay una pequeña mancha de sangre.

A sus espaldas aparece su hermana, quien sin duda debe estar pidiéndole que vuelva a la cama.

Supongo que no soy la única a la que se le hace extraño no hacer nada y dejar su vida en manos de otra persona.

Tal vez sea por ese motivo por el que, en vez de encerrarme en el camarote, salgo fuera y cierro la puerta para dejar a Bryn y Noelle en su interior, protegidas.

O al menos lo más protegidas que pueden estar ante lo que nos espera.

No lo veo, pero mi cuerpo puede sentir cómo el barco está empezando a inclinarse. El viento ahora es más fuerte, tanto que puedo sentir cómo mis ojos se humedecen.

—Deberías haberte quedado dentro con Noelle y la niña.

La voz de Andras me eriza el vello de la nuca.

—¿Y tú no deberías hacer lo mismo? Después de todo, eres el rey de Valyndra.

—No me gusta saber que otros están salvándome el pellejo. Además, puedo ver lo que ellos no alcanzan gracias a los cuervos.

—A mí tampoco me gusta que me salven el pellejo.

El ambiente entre nosotros es extraño.

—Parece que por primera vez coincidimos en algo.

La tripulación de Kendra corre de un lado a otro, obedeciendo órdenes que para mí no tienen sentido.

Algunos me piden ayuda para sujetar con fuerza las cuerdas mientras las aseguran.

Echo un vistazo a la pirata que agarra el timón con tanta fuerza que tiene los nudillos completamente blancos y su rostro refleja el esfuerzo que hace.

El sudor le perla la frente y se muerde el labio cuando mueve el timón hacia la derecha por completo.

—¿Qué está haciendo?

—Poniendo la suficiente distancia para que la fuerza del remolino no nos arrastre. Después se limitará a bordearlo, intentando no desviarnos demasiado de la ruta original.

—Se repetirá.

El rey asiente.

—No creo que tengamos una noche agradable.

Como presagio de ello, en ese momento se rompen las cuerdas que sujetaban varios barriles que se encuentran en la borda, y estos salen rodando hacia nosotros.

Andras es mucho más rápido en reaccionar que yo.

Me aparta tirando de mi brazo, ambos tropezamos con nuestros pies y caemos al suelo.

Acabo encima de él, protegida por el círculo que han formado sus brazos.

El olor a bergamota me invade y el latido constante de su corazón retumba debajo de la palma de mi mano.

Muy lentamente reúno el valor para alzar la mirada a su cara y lo atrapo haciendo lo mismo.

Una fuerte corriente de viento me obliga a cerrar los ojos y buscar resguardo contra su camisa.

Todo el vello de mi cuerpo se eriza de frío al ser azotada por el aire gélido.

Cierro los puños con fuerza, en parte avergonzada.

Escucho los gritos, las pisadas apresuradas, los sonidos de esfuerzo de todos estos hombres que luchan por llevar el barco lejos del remolino.

No sé cuánto tiempo transcurre mientras el ruido lo invade todo, la velocidad del aire retumba en mis oídos y las manos de Andras intentan mantenerme pegada a él, aunque mis heridas le impiden rodearme con los brazos.

Eso me recuerda la posición en la que nos encontramos.

Me sobresalto e intento poner distancia entre nosotros.

—Si te levantas ahora, el viento te tumbará. Estamos mejor en el suelo.

Tal vez esté mejor en el suelo, pero no sobre él.

Así que intento rodar para colocarme a su lado.

Al principio opone resistencia, apretando sus manos contra mis muslos, hasta que al final sus brazos se quedan lánguidos a ambos lados de su figura.

Quedo bocabajo, con la barbilla apoyada contra la madera del barco.

Transcurren minutos angustiosos en los que mi corazón late nervioso, no solo por la situación, sino por la cercanía del rey.

Recuerdos de los pasadizos me asaltan sin permiso y tengo que apretar los dientes con fuerza, hasta el punto de sentir un sabor cobrizo en la lengua, para que mi mente deje de transitar ese camino.

Ninguno de los dos habla mientras aguantamos el vendaval.

De un momento a otro el aire parece darnos tregua y relajarse.

Andras se pone de pie y me ayuda a incorporarme.

Cuando me pongo de pie, me tiemblan las piernas, posiblemente debido a la tensión de los últimos minutos.

Alcanzo a ver a Kendra, quien tiene peor aspecto que nunca.

Su cara parece cenicienta, cubierta de sudor, y por el estado de su pelo cualquiera diría que ha anidado en él una familia de pájaros.

Estoy a punto de hablar cuando el viento nos sorprende a todos de nuevo.

Se oyen gritos de hombres y también de Kendra, aunque no entiendo sus palabras, pues la fuerza del aire me lleva hacia la barandilla y, al chocar contra ella, pierdo el equilibrio.

Muevo los brazos intentando recuperarlo, pero es tarde.

Me golpeo la espalda contra la madera y gimo, sabiendo que mis heridas volverán a sangrar.

Lo siguiente que siento es un golpe seco.

El agua está tan fría que se me corta la respiración.

Boqueo por pura inercia y el agua salada se filtra a mis pulmones.

Comienzo a bracear, intentando impulsarme a la superficie, sin embargo, una fuerza mayor parece querer tragarme mar adentro.

Todo a mi alrededor es de color negro y el pánico aferra sus garras alrededor de mi cuello.

Muevo la cabeza de un lado a otro para espantarlo, pero es demasiado fuerte.

Con cada intento parece que retrocedo en vez de avanzar.

Seguro que me estoy alejando del barco. Posiblemente nadie se haya dado cuenta de mi caída, con todo el caos en cubierta.

Algo dentro de mí me dice que no saldré de esta y que debería dejar de esforzarme.

Me duelen los brazos de pelear contra la fuerza que quiere engullirme y me arden los pulmones.

El agua salada pica en el fondo de mi garganta y en mis heridas.

Debería dejarlo. Ya está, ya puedo descansar.

¿Para qué lucho? ¿Hay algo que me esté esperando fuera de esta masa fría?

Puedo bajar los brazos y dejarme arrastrar.

Será doloroso al principio, cuando mis pulmones no puedan más y sienta que van a explotar.

Luego llegará la calma. Esa que no he conocido en veinte años y que mi alma parece estar reclamando sin consuelo.

Casi lo tengo decidido, pero es el rostro de Bryn y la rabia por haber sido utilizada, la falta de respuestas, lo que hace que decida no bajar los brazos y seguir intentando romper la superficie y llevarme una bocanada de aire.

Noto que algo me roza los dedos. ¿Una cuerda?

¿Un tablón de madera? Lo pierdo durante unos segundos angustiosos, hasta que lo que sea que me ha rozado vuelve a encontrarme y me rodea la mano con fuerza.

Tira de mí y boqueo como un pez en cuanto pruebo un poco de aire.

—Agárrate con fuerza. El remolino sigue lo suficientemente cerca como para arrastrarnos.