La doncella del veneno CAPÍTULO 43 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 43 KASDEYA #2

—¿Qué ha querido decir con que controlas a los cuervos?

—¿Qué es lo que no entiendes de eso? —replica con arrogancia.

Aprieto el puño y empiezo a pensar que darle un puñetazo de nuevo no estaría mal.

—Ah-ah. —Agarra mi mano con la suya. Esta desaparece por completo bajo su palma. Roza con el pulgar mi piel, erizándome cada vello del cuerpo—. Nada de violencia, venenosa. Creo que ya estás bastante hecha polvo como para joderte las manos también, ¿no crees?

—Entonces responde a mi pregunta y no te andes con rodeos.

Es incapaz de disimular lo mucho que le divierte mi actitud. Aparta su atención de mí para dirigirla al horizonte.

—Puedo meterme en la mente de los cuervos, dirigirlos a mi antojo. Eso es lo que quería decir Kendra cuando ha dicho que controlo a los cuervos.

—¿Es eso lo que te vi hacer cuando tus ojos…?

—Sí, usé el don para ver lo que estaba sucediendo más allá de este barco.

—Por eso Kendra te pidió que enviaras un cuervo para ver a su padre.

—Sí, bueno, fue un poco inexacta en sus palabras. No envié un cuervo, dominé a uno.

Primero cala dentro de mí lo que acaba de decir y segundos después abro los ojos y me cubro la boca con la mano. El cuervo de los pasadizos, el que me enseñó una manera de salir de allí.

—Eras tú. El cuervo de los túneles.

Asiente.

—¿Por qué me ay…? —Me detengo—. Claro, no era conveniente para tus planes que me descubrieran todavía o que me quedara allí encerrada y muriera. Muy inteligente, rey Andras, ¿o debería empezar a llamarte rey cuervo?

—Andras está bien, es el nombre que las damas suelen usar cuando me gritan.

—No me extraña que lo hagan.

Curva sus labios maliciosamente y entonces entiendo que hablamos de gritos muy diferentes.

No permito que el calor suba a mis mejillas, pero por si acaso, aparto mi atención de él y miro al horizonte.

El sol se ha ocultado y en su lugar queda un cielo de un azul profundo que está a escasos minutos de oscurecerse por completo.

Si pensaba que las sombras me concederían algún tipo de abrigo con el que resguardarme de la intensidad del rey maldito, me equivocaba.

Al volver a mirarlo, el color de sus ojos parece haberse acentuado.

Dos faros en medio de la noche. El manto de estrellas que nos cubre debe de estar celoso de su mirada.

—Deja de hacer eso —suelta.

—¿El qué?

Alza la mano y roza el pequeño espacio visible entre mis ojos y mi mejilla. El tacto es frío, no obstante, no me parece desagradable. La piel se me eriza por motivos tan distintos que no me atrevo ahora mismo a pensar en ellos.

—Ocultarte. A nadie le importa tu condición. No tienes que proteger al mundo.

—No puedes hablar por el resto de la gente.

—¿No puedo?

Desprende arrogancia y no debería ser una cualidad atractiva en este hombre.

Me quedo en silencio, y lo interpreta como una señal de que lleva la razón.

El movimiento de sus dedos es rápido. Un segundo siento el roce de la tela sobre mi piel y al siguiente la brisa del mar besa mis labios y mejillas.

Por acto reflejo me cubro con la mano la boca y es su mirada divertida lo que me hace bajarla de nuevo.

Deja que el aire se lleve lo que pretendía ser una barrera entre el mundo y yo.

—¿Y si no es para proteger a la gente? ¿Y si es para protegerme a mí?

—¿Protegerte de qué?

Del sentimiento de vulnerabilidad, o eso es lo que me gustaría decir, pero me callo. Ante mi falta de respuesta, añade:

—Nos dirigimos a Valyndra.

El nerviosismo es inmediato. Nos dirigimos a una tierra en la que nunca he estado y mi destino es más incierto que nunca.

También hay un pequeño hueco para la curiosidad.

He escuchado los rumores del invierno perpetuo que asola el reino, de la incapacidad de florecer de las flores, de la crueldad con la que los dioses regaron esas tierras.

Sin embargo, Pasha, Astra y el propio Andras parecen guardarle un cariño infinito.

Tal vez no sea un lugar tan horrible como imagino.

Tampoco me permito soñar demasiado, sé que mi estancia no será agradable.

Estoy rodeada de gente que no ha dudado en utilizarme y estoy segura de que volverán a hacerlo si es necesario y la ocasión se presenta.

No me quedaré a verlo, pretendo huir en cuanto mis pies toquen tierra firme.

—¿Y qué pasará una vez que desembarquemos? —pregunto, con la esperanza de que se le escape algo que deje más claro mi futuro.

—No lo sé. Por ahora preocúpate de que lleguemos de una sola pieza.

Frunzo el ceño y lo miro, aunque él no hace lo mismo conmigo.

Está concentrado en observar lo que sea que se esconde en la oscuridad y que solo él parece ver.

Sin embargo, gracias al perfil de su rostro, puedo adivinar que hay algo que le preocupa.

Tal vez sea la posibilidad de no sobrevivir a la travesía o algo que desconozco y sin duda no me contará.

Se me hace extraño que pueda adivinar sus emociones con un simple vistazo de su cara.

Parpadeo rápidamente y estoy dispuesta a dejarlo aquí solo con sus pensamientos y volver a mi camarote, pero aprieta mi mano, que todavía sujeta.

No me había dado cuenta de que seguíamos unidos de esta forma.

—No voy a disculparme por lo que he hecho. No obstante, si no es mucho pedir, me gustaría que no juzgues a Astra con tanta dureza. Lo que hizo…

—Lo hizo por lealtad a ti, lo sé. La entiendo demasiado bien, pero eso no borra que me habéis utilizado.

Ella también. Durante semanas esa chica ha cenado conmigo cada noche, ha compartido conmigo historias de su niñez, ha arreglado mi pelo y ha perdido su miedo a mi cercanía, y ni una sola vez se le ha pasado por la cabeza decirme la verdad. Tal vez os hubiese ayudado de ser así.

—La verdad es demasiado cruda como para que ella te la cuente.

Entrecierro los ojos, incapaz de seguir su línea de pensamiento. Él lo sabe y no tiene ninguna intención de explicarse.

—¿Estabas enamorada de Keir? —pregunta por sorpresa.

—Apenas lo conocía, claro que no.

Intento deshacerme de su agarre y poner distancia.

Aprieto los dientes por el tirón en mi espalda.

No me está gustando hacia dónde se dirige la conversación y lo que menos me apetece en este momento es hablar de algo como esto con él.

Ahora me siento ridícula por haberme preocupado por ese beso.

Fue un beso, nada más, pero fue el pensar que había traicionado a Keir lo que lo hizo más difícil, más insoportable.

Qué gran actor resultó ser el príncipe. Me tenía en la palma de su mano y yo pensando que era al revés.

Andras parece leerme a la perfección y saber lo que estoy pensando, pues sonríe y sus ojos dorados se ensombrecen.

—En eso tienes razón, no lo conocías. No al verdadero Keir. La versión que él te presentó era encantadora, nadie te va a juzgar por caer ante sus encantos.

—Los sentimientos que te hacen débil, hay que destruirlos. Y yo ya he destruido los míos.

Dicho eso, consigo deshacerme de su agarre y poner distancia entre nosotros, aunque no me parece suficiente, así que me doy media vuelta con el propósito de entrar a mi camerino, o, mejor dicho, al suyo.

No soy tan bondadosa como para renunciar a esa cómoda y amplia cama, siempre que él no tenga intenciones de compartirla.

Pongo el primer pie en las escaleras y me giro para observarlo por última vez antes de desaparecer. Sigue mirando a la oscuridad.

—Siento lo de tus padres.

Eso lo sorprende, y consigue distraerlo de lo que sea que había capturado su atención con tanta intensidad. Abre la boca para responder y, en ese preciso momento, uno de los hombres de la tripulación grita algo que nos deja a todos paralizados.

—¡Remolino!

Nunca pensé que una palabra pudiese asustarme tanto.

Por fin el culpable del terror que despierta este mar hace presencia.

La naturaleza se ha cebado con este lugar, pues sus remolinos marinos no son normales, alcanzan fuerzas y diámetros que consiguen arrastrar hasta a los navíos más grandes y robustos.

Todos los pensamientos y sentimientos de rencor quedan en un segundo plano.

A pesar de mis pies doloridos, echo a correr en busca del camarote de Kendra.

Solo llevo un par de minutos rondando sin rumbo, en su busca, cuando aparece en mi campo de visión.

Viene hacia mí con el rostro muy pálido, el pelo revuelto, los ojos hinchados tras el sueño y los pies descalzos.

—¡Kas!

Parece que va a darme un abrazo, pero se detiene justo antes de hacerlo. Aprieto los puños, pues lo natural sería abrazarla y consolarla en este momento. Una puerta se abre en algún lugar y se une a nosotras Noelle. Evita mirarme a los ojos y se centra solo en la pequeña.

—No deberías estar aquí fuera, es peligroso —dice.

—¿Qué va a pasarnos? —pregunta con una vocecita llena de miedo.

Su corta edad no la convierte en una idiota.

Sabe que nos vamos a enfrentar a un peligro, seguro que ella también ha escuchado a la gente hablar del miedo a atravesar cualquiera de los mares que rodean el continente.

El que baña nuestras costas podría considerarse uno de los más peligrosos por su baja tasa de supervivencia, sin embargo, dicen que el mar Levaerun nunca ha dejado un superviviente.

Su niebla hace algo a las mentes, las hipnotiza, como el canto de una de esas criaturas del folklore.

Los navíos se precipitan contra las rocas llevados allí por sus propios capitanes, los tripulantes se tiran por la b orda y otros, presos de la locura, buscan cualquier manera de acabar con su vida.

—¡Izad las velas!