La doncella del veneno CAPÍTULO 43 KASDEYA
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CAPÍTULO 43 KASDEYA

A pesar de saber que mi cuerpo necesita más descanso, me veo incapaz de estar aquí tumbada a la espera de lo que suceda durante más tiempo.

Llevo varios días saliendo y entrando en la inconsciencia, luchando contra la fiebre ocasionada por las heridas y hoy, por fin, siento que tengo más fuerza.

Mi estómago lleva un rato revuelto y me pregunto si es por el vaivén del barco o si son los nervios ante la posibilidad de que nos encontremos con uno de los famosos peligros que habitan en los mares que rodean todo el continente.

Me deshago de las mantas y poso mis pies sobre el suelo de madera.

Astra ha hecho un buen trabajo con los vendajes, ya que casi no siento mis propios pasos.

Eso o a lo mejor he dejado de sentirlos por algún motivo y mañana me darán la noticia de que hay que amputarlos.

Estupendo.

Durante mi sueño, alguien ha debido entrar para dejarme una muda de ropa limpia.

Me inquieta haber estado tan inconsciente como para no haber despertado.

Quien me haya dejado la ropa ha tenido un gesto inútil en este momento.

Soy incapaz de alzar el vestido por encima de mi cabeza sin gritar.

Las heridas se estiran, se abren de nuevo.

Me rindo, asumiendo que tendré que pasearme con el torso vendado.

Me acerco al armario de Andras y saco unos pantalones que me estarán demasiado grandes, pero es la única opción que se me ocurre.

No hay ni rastro de zapatos, aunque tampoco es que pudiese ponerme unos ahora mismo.

Me acerco hasta el espejo colgado en la pared.

Tiene algunas grietas, seguramente de golpes pasados.

Me giro y observo mi espalda. A pesar de las vendas, puedo ver el principio de uno de los latigazos que comienza en mi omóplato y algunas marcas más en el final de mi columna.

El resto queda oculto, pero estoy segura de que ahí se encuentra lo peor.

Hay quien lleva sus cicatrices como marcas de las luchas a las que ha sobrevivido, como por ejemplo la marca de bala en mi hombro que me recuerda esa noche con Zia.

Ahora estas serán mis marcas de la vergüenza, aquellas que me recordarán para siempre que fallé, que me dejé llevar por emociones inútiles, por la promesa de poder sentirme casi una chica normal.

La palabra clave es casi. Porque nunca seré normal, y debería haberlo recordado con más asiduidad en vez de dejarme embaucar por palabras bonitas.

Rebusco por el camarote hasta que encuentro una tela que uso para ocultar parcialmente mi cara.

Necesito volver a sentirme un poco más yo, volver a la que antes era mi normalidad, a pesar de que sé que nada volverá a ser igual.

Tal vez si vuelvo a cubrirme el rostro con el velo, recupere esa fuerza que creía tener.

Vuelva a ser la Kasdeya fría que conocía.

Estoy a punto de salir cuando el cuerpo blanco de Kora llama mi atención sobre las sábanas verdes.

Alargo mi mano hacia ella, que parece estar muy tranquila.

Todo lo contrario a su dueña. Levanta la cabeza, mostrándome la lengua, pero no hace por enredarse por mi brazo.

Supongo que para ella los últimos días tampoco han sido fáciles.

—Eres la única que se mantiene fiel a mí.

Le acaricio las escamas y no me detengo a pensar en lo triste que puede parecer desde fuera que me consuele la presencia de un animal, el pensamiento de que sigue aquí porque quiere tenerme cerca.

La curiosidad por saber qué me depara fuera es lo que hace que me separe de ella y ponga rumbo al exterior. Compruebo que la puerta no está cerrada con llave y suelto un suspiro aliviado. Al menos no soy una prisionera.

Por el momento.

Solo tengo que subir unos cuantos escalones para llegar a cubierta.

Esta está tranquila, salvo por algún hombre que me lanza una mirada de reojo.

No sé si se habrá extendido por el barco la verdad sobre mi condición, pero estoy bastante segura de que sí.

O tal vez es mi elección de vestuario lo que hace que me miren extrañados.

El cielo está bañado de diferentes tonalidades de rojo, morado y naranja.

Algunos intensos y otros más pasteles. No puedo negar que es una visión que roba el aliento y me relaja, más aún acompañado del sonido de las olas rompiendo contra el casco del barco.

Me acerco a la barandilla y me quedo ahí, observando cómo el sol poco a poco se marcha y se lleva con él el calor.

Respiro profundamente, como si el aire salado fuese a ordenar mis pensamientos.

Toda la información está dando vueltas en mi cabeza, aunque hay algo que destaca por encima del resto.

Si la profecía es verdad, Andras debe ser el niño besado, porque la alternativa me asusta.

Si está en las manos de Keir unir a los reinos y traer la paz, podemos ir olvidándonos de vivir en armonía.

No es que la alternativa me guste mucho más, pero Keir ya ha demostrado que sus prioridades son otras.

¿Un rey dispuesto a matar a su gente para derrocar al rey vecino o un monarca maldito del que dicen que proviene una enfermedad atroz?

No niego que saber que Andras quedó huérfano por la obsesión de la reina me ha conmovido.

Ambos tenemos en común el crecer sin unos padres que puedan guiarnos y, si mis suposiciones son correctas, perder a su hermana también debió marcarlo de alguna forma.

¿Fue eso lo que lo convirtió en un villano?

Puede que los Blackburn siempre hayan sido culpables de la tragedia que asola a Argevin.

Sin embargo, no dejaré que nada de eso me ablande. Al fin y al cabo, he sido utilizada por todos los que están en este barco. No merecen mi lástima.

—Deberías estar en la cama descansando.

Kendra se ha cambiado de ropa y ahora sí que parece una princesa pirata.

Atrás quedan los vestidos refinados, dando paso a pantalones de cuero, botas altas del mismo material y una camisa blanca que deja ver sus clavículas salpicadas de pecas.

En todos sus dedos lleva anillos de piedras preciosas y en su pelo tiene engarzados pequeños abalorios que suenan cada vez que se mueve o cuando la brisa sacude su pelo.

Me dirige una sonrisa pequeña y sincera.

No comenta nada sobre el velo que oculta mi cara.

—Soy buena protegiendo a los demás de mí, pero no sé hacer lo mismo conmigo.

—Pues eso tiene que cambiar.

—¿Por qué estamos cruzando el mar Isernia y no el paso de Pyrothos?

—Eso es lo que Keir esperaría que hiciéramos, es el camino más fácil. No mucha gente habría escogido esta opción.

—Salvo nosotros, al parecer.

—Estás en buenas manos. Tanto mi padre como yo hemos surcado los cuatro mares del continente. Estamos en la mejor temporada para navegar. No tengo miedo a ninguno de sus horrores.

—¿Y de mí?

—No me harías daño conscientemente.

Su respuesta confirma que sabe de lo que soy capaz. Alguno de ellos le ha tenido que contar todo sobre mí, o simplemente es más observadora de lo que pensaba. Me quedo en silencio, dándole vueltas a la misma pregunta, hasta que encuentro el coraje para formularla.

—¿De verdad no sabías lo que planeaban? —pregunto.

Chasquea la lengua y se coloca junto a mí en la barandilla. Su mano descansa cerca de la mía, pero sin tocarme.

—Cuando te encontraron en las habitaciones del rey y te sacaron de allí, escuché tus gritos, pero nos encerraron a todas en nuestros cuartos.

No nos dejaban salir. Entonces un cuervo empezó a picotear en las puertas de mi balcón.

Sinceramente, al principio me asusté y empecé a replantearme mi cordura cuando lo dejé entrar.

No tenía ni idea de lo que quería, pero el animal se quedó ahí plantado hasta que empecé a actuar como quería.

Me llevó lo más cerca posible de las celdas y de repente apareció Pasha, quien parecía haber recibido la misma misión.

—¿Un cuervo? Suena un poco…

—Es él, Kasdeya. Andras controla a los cuervos.

—¿Qué quieres decir?

—Vaya, ya veo que no se puede confiar en una pirata para guardar tus secretos.

Las dos nos giramos. Andras nos observa con esa expresión arrogante y con un aire divertido que ya creo que lo caracteriza.

Tiene las manos tras la espalda y el pecho bastante al descubierto, con los primeros botones de su camisa negra desabrochados.

Trago con fuerza. La pirata me lanza una mirada de reojo y parece estar pidiéndome perdón.

Al principio no entiendo por qué hasta que veo que se aleja de mí.

—Bryn está en mi cama durmiendo, por si te lo preguntabas.

Nada más terminar la frase se marcha, dejándome atónita y con la boca ligeramente abierta. Andras se acerca más a mí, con la ceja levantada con aire irónico, y lanza un último vistazo a la pirata que se dispone a desaparecer de cubierta. Cualquiera diría que el mismísimo Umbros la persigue.

—Vaya, qué prisa tiene —dice con aire despreocupado.

—¿Disfrutas asustando a la gente?

—¿Qué te hace pensar eso? —Apoya el peso de su cuerpo en la barandilla y cruza los tobillos—. ¿Estás asustada?

—¿De ti? —Dejo salir una carcajada—. Jamás.

—Lo estarás.

—¿Me estás amenazando?

—Solo estoy exponiendo un hecho que acabará sucediendo tarde o temprano.

No dejo que la confusión se refleje en mi rostro.

Opto por cruzarme de brazos, como si estos fuesen una barrera lo suficientemente fuerte para protegerme de él, de su mirada dorada y penetrante.

Cuando sus ojos captan la posición de mi cuerpo, deja que estos desciendan por toda mi figura.

Mi estúpida cabeza no puede evitar preguntarse si le gusta lo que ve o si, al contrario, le parece repugnante mi aspecto.

El vendaje me aprieta los pechos, pero se pueden ver algunas cicatrices antiguas en mi estómago.

Estoy segura de que también habrá visto mi espalda.

Decido poner fin a estos pensamientos haciendo lo único que parezco saber hacer ahora mismo. Preguntar.