La doncella del veneno CAPÍTULO 42 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 42 KASDEYA #2

—¿Te gustaría llevar el timón? —pregunta Kendra, a la que ya daba por desaparecida.

—¿De verdad? ¿Puedo hacerlo? —exclama la niña.

Primero mira a la princesa pirata y luego a mí.

Con un asentimiento le indico que estoy de acuerdo y sale corriendo para agarrar la mano de Kendra.

Ella me dirige una mirada para pedirme permiso a mí también y supongo que, si es la única que ha sido mínimamente sincera conmigo, puede pasar unos cuantos minutos con ella sin que me preocupe.

A pesar de que sea imposible no hacerlo cuando se trata de Bryn.

El peso de la muerte de su madre me recuerda cada día que debo pagar por mi error.

Y no se trata solo de eso, sino que poco a poco se ha convertido en una hermana pequeña para mí.

—Por cierto…

La pirata levanta la mano libre, donde Kora está enrollada.

—Estaba cerca de la pira. Parecía reacia a marcharse sin ti.

Se acerca hasta la cama y deja que caiga sobre ella. En cuanto el reptil abandona su cuerpo, Kendra es incapaz de reprimir el escalofrío que la recorre de pies a cabeza.

—Espero no tener que volver a tocar a ese bicho jamás.

Bryn reprime una carcajada y se marcha junto a ella. La doncella y yo nos quedamos a solas. Ninguna dice nada al principio y me doy cuenta con cada minuto que pasa que está esperando mis reproches, o que haga las preguntas que me rondan. Ha adoptado una posición sumisa y obediente.

—¿Hay algo que te una a Andras? ¿Por eso has hecho todo esto?

Mueve la cabeza de forma afirmativa.

—¿Sois amantes?

Eso hace que me mire de verdad, con los ojos muy abiertos y expresión horrorizada.

—No, claro que no. —Al fin se decide a acercarse, sentándose en la silla junto a mi cama—. Su hermana y yo éramos buenas amigas.

—¿Andras tiene una hermana?

—Tenía.

No quiero sentir compasión por el rey y, aun así, una pequeña parte de mí no puede evitarlo. Intento ignorarlo y centrarme en la conversación. Antes de tener la opción de replicar, Astra sigue hablando:

—La relación con su hermana me une a Andras.

Es por eso que no tengo intención de traicionarlo, lo siento, Kasdeya.

Estoy segura de que ahora mismo tienes muchas preguntas y me guardas resentimiento.

Lo entiendo. Pero tienes que saber que no somos el terrible monstruo que la familia Blackburn os ha hecho creer.

Su odio por Andras va más allá de la enfermedad que sacude las calles.

—Pensaba que Argevin y Valyndra estaban enemistados por la Nectumbra.

—La Nectumbra vino después. Cuando murió…

Se detiene antes de revelar más. Me pregunto qué es lo que pasó.

¿Cuántas cosas me están ocultando? ¿A qué se refiere con que la Nectumbra vino después?

Cierra los ojos, como si estuviese viendo algo tras sus párpados.

Aprieta los puños y se refleja en sus facciones un dolor del que desconozco la causa.

La confortaría si la situación fuese diferente.

—La enemistad entre ambos reinos viene de mucho tiempo atrás, más o menos desde el nacimiento de Andras.

—¿Por qué?

—La reina Evara y sus malditas profecías.

Seguro que has visto el cuadro que tenía el rey en su despacho.

El beso de la sacerdotisa. La reina estaba segura de que su hijo era el elegido y consiguió envenenar al rey con su insistencia, hasta que este también lo creyó.

El único problema es que el mismo día en el que el príncipe Keir nació, también lo hizo Andras.

Era demasiada casualidad que dos herederos al trono, de reinos colindantes, nacieran el mismo día.

En los siguientes meses hubo ataques en Valyndra contra la familia real, con la esperanza de deshacerse del pequeño.

Querían eliminar el peligro que podía suponer para Keir, o la posible competencia.

En uno de esos ataques murieron los padres de Andras. Lo dejaron huérfano.

Así que el rey maldito no solo podía odiarlos por atribuirle cientos de muertes por una enfermedad de la que aparentemente no tenía culpa —esta vez—, sino por la masacre de su familia.

—Vale, entonces eliminaban a Andras pensando que él podría ser de quien hablaba la profecía, ¿y luego qué? Eso no cambiaría nada. ¿Se sabe qué función tiene el otro niño?

—No. —Niega con la cabeza y dibuja una sonrisa que no es agradable, sino de pesar—.

Se dice que la reina lo soñó y pensó que los dioses le habían hecho una revelación.

Mandó a hacer un cuadro para nunca olvidarlo.

Al poco tiempo se quedó embarazada y su convicción se hizo más fuerte y peligrosa.

Para ese entonces la última sacerdotisa llevaba tiempo muerta, así que era imposible saber si algo de todo aquello era real.

—Así que puede que nada de eso sea cierto, que solo sean los desvaríos de una embarazada que pensaba que su hijo era especial.

—Puede que todo sea algo simbólico. Sin embargo, Andras también cree en la profecía. Por motivos diferentes.

—¿Qué motivos?

—No me corresponde a mí revelar esa información.

Se hace el silencio. No puedo evitar sentir curiosidad, pero el único que puede darme esas respuestas es alguien a quien preferiría no tener que ver de nuevo. Solo pensar en Andras me eriza de la piel, y no de una forma placentera. Me siento usada y una idiota.

—¿Qué pasó con la hermana de Andras? —pregunto con la esperanza de desviar mis pensamientos a otra cosa.

Su rostro se ensombrece.

—Lo que le pasa a todas las chicas que se enamoran del príncipe.

Ambas bajamos la mirada por mi cuerpo, maltratado y con la apariencia de estar a solo un parpadeo de romperse por completo.

—¿No tuviste la tentación de avisarme ni una sola vez?

Sus ojos se llenan de un brillo que me niego a pensar que se deba a lágrimas sin derramar.

El sentimiento de traición y soledad ha cavado un pozo en mi pecho al que siento que estoy a punto de arrojarme en cualquier momento.

Dudo que pueda volver a la superficie una vez que me adentre en él.

La posibilidad de dejarme engullir no me asusta.

—No podía dejar que mis sentimientos interfirieran con el plan. Mi hermano me avisó de que sería difícil, que mi corazón lo echaría todo a perder, así que no podía ceder. Teníamos que descubrir la verdad tras todas esas muertes.

—Y yo era la oportunidad perfecta, ¿no es así? Mataría al rey y sería yo quien cargara con toda la culpa. Vosotros conseguiríais la información que necesitabais y eliminaríais a uno de los culpables sin mancharos las manos en el proceso.

Baja la mirada al suelo y se retuerce los dedos sobre el regazo.

—Lo siento, Kasdeya. Sé que las palabras no borran lo que he hecho, pero soy leal a Andras. Hoy y siempre. Hay muchas cosas que no sabes y que descubrirás con el tiempo. Lamento que nos hayas tenido que conocer, de verdad que sí.

Sus últimas palabras me dejan aún más confusa.

Abro la boca con la intención de seguir haciendo preguntas, pero se levanta de la silla y se dirige a la puerta sin decir nada más.

Al parecer cree que con lo que me ha dicho es suficiente.

La realidad es que estoy más confundida que antes.

Entiendo que siempre fui la excusa para conseguir algo mayor, pero hay tanto que no entiendo…

Sin necesidad de que lo diga explícitamente, sé que Keir tuvo algo que ver en la muerte de su amiga, y una parte de mí puede empatizar con su dolor.

Al fin y al cabo, sigo siendo humana a pesar de ser diferente.

Y es por mi condición humana que saber que he sido utilizada como un simple peón no me sienta nada bien.

Estoy furiosa.

Y cuando estoy furiosa suelo hacer tonterías.