CAPÍTULO 41 KASDEYA #2
Pone una expresión burlona y consigue que la rabia que se había disipado de mis venas vuelva con fuerza, haciendo que mi sangre hierva.
Me aseguro de colocar bien el pulgar y no me lo pienso más antes de golpearle en el rostro.
Su cara se vuelve y ahoga un pequeño gemido.
Sonrío con satisfacción al ver una mancha de sangre decorando su comisura, a la vez que aprieto los puños para contener el gemido de dolor al haber levantado el brazo tan bruscamente.
Al menos tiene la decencia de parecer avergonzado. Se limpia con los dedos y sonríe como un loco al ver el rojo que los mancha.
—¿Me has dado un puñetazo?
—¿Quieres otro y así sales de dudas?
Me chista y me trata como si fuese una niña pequeña que se ha portado mal.
—Esas no son formas de tratar a quien te está ofreciendo su ayuda.
—Déjame que ponga eso en duda.
Parece deseoso de replicarme o seguir con esta estimulante discusión, pero decide que no merece la pena y se da media vuelta hacia la puerta. Antes de desaparecer tras ella, me mira por encima del hombro.
—Lo he dicho en serio. No te muevas de aquí. Astra vendrá a atenderte.
No es que el tono de su voz deje margen para la réplica.
Cierra la puerta con un portazo, escucho el ruido de la cerradura y me quedo a solas en un camarote que cada vez estoy más segura de que le pertenece.
No es que haya cosas que le den un toque p ersonal, pero su olor está por todas partes.
Me parece incluso divertido que el color de sus sábanas me recuerde al de las sombras que he visto salir de su cuerpo.
Tengo preguntas, muchas. Y estoy segura de que nadie va a respondérmelas salvo él, si es que tiene esa amabilidad.
Por puro cansancio caigo derrotada sobre la cama.
Al principio me mantengo despierta a la espera de que alguien entre en el camarote, posiblemente Astra.
Sin embargo, pasan los minutos, aproximadamente una hora, y nadie aparece.
Me rindo a mis heridas y la fiebre, cayendo en un sueño que no tiene nada de agradable.
Este se ve plagado por pesadillas con todos los momentos amargos que recuerdo o que he vivido.
Desde la primera vez que un hombre me tocó y murió, al rostro perdido de Zia pereciendo en ese callejón, hasta el despertar en la habitación del rey.
Esto último me hace sentir sucia de una manera que no logro explicar.
Se agolpan en mi cabeza los recuerdos de mi yo confundido y medio ido que no sabía dónde estaba.
Sin embargo, en esta ocasión no me veo sorprendida por los guardias, sino que es el propio rey, ya muerto, el que me sorprende agarrándome por detrás.
Despierto con un grito que sobresalta a Astra.
Me mira con los ojos muy abiertos desde su posición a los pies de la cama.
Lleva guantes y, sin duda, está tratando las quemaduras que me hice en la hoguera.
Se levanta rápidamente cuando ve que intento hablar, pero tengo la boca seca.
Me acerca un vaso y me coloca la mano detrás de la cabeza para ayudarme a tragar.
Guardo silencio un par de minutos mientras vuelvo a ser consciente de mi entorno y de todo lo que ha pasado.
—¿Bryn? —consigo decir.
Niega con la cabeza.
—Necesito atender tu espalda, tienes una infección.
No rechisto, pues sé que tiene razón. Me pongo con la cara contra la almohada y con unas tijeras corta la parte de atrás del camisón que, a juzgar por su aspecto, ha visto días mejores. Siento un ligero alivio al principio, hasta que empieza a curar los verdugones de mi espalda.
—¿Cuánto tiempo he estado dormida? —pregunto, con los dientes apretados.
—Un par de horas. Pensé que sería mejor dejarte dormir ahora. Tal vez luego no puedas —responde Astra.
—¿Qué quieres decir?
—La travesía no va a ser agradable.
Me pregunto en ese momento si he hecho lo correcto. Si traer a Bryn aquí es lo más seguro.
—¿Dónde está?
Sabe perfectamente por quién pregunto.
—Todavía no ha vuelto.
—¿De quién es todo esto?
—Los barcos pertenecen a Andras y la mayoría de la tripulación pertenece al padre de Kendra. El capitán Chancellor no estaba dispuesto a destrozar sus barcos en esta misión.
—¿Y sí arriesgar a sus hombres?
—Son piratas, Kasdeya, eso es lo que hacen todo el tiempo. Valoran lo material, no sus vidas.
Se hace de nuevo el silencio. Aplica algo frío que me proporciona cierto alivio, aunque no el suficiente para olvidar que tengo la espalda en carne viva y tendré cicatrices para el recuerdo. Me cubre la piel con algo húmedo y después me venda el torso.
—Esto ayudará a que no te duela tanto la fricción, aunque recomiendo que dejes que las heridas se oreen todos los días un par de horas. Te ayudaré si lo deseas.
En el tono de su voz percibo las dudas. Tanto ella como yo somos conscientes de que hay muchas preguntas que quiero hacer y que ella se verá en la tesitura de responder o no.
Espero que lo haga. No dejo espacio para sentimientos como la traición, ahora mismo no lo necesito.
Lo único que quiero es saber que Bryn está bien, a salvo, y que nada de lo que he hecho va a afectarle.
Habrá tiempo para interrogatorios después.
Se levanta con la intención de dejarme sola, pero unas pisadas apresuradas se dirigen al camarote.
La puerta se abre golpeando la pared y a mi encuentro viene una niña de pelo cobrizo y rebelde.
Bryn. Está sana y mucho más alta de lo que la recuerdo.
Se me encoge el corazón. La aparente alegría al verme desaparece poco a poco cuando ve el estado en el que me encuentro.
Astra, amablemente, me ayuda a cubrirme con la sábana.
—¿Kas? —pregunta, insegura.
—Hola, pequeño desastre.
Se acerca a mí y, como siempre le hemos dicho, no me toca.
Se queda ahí, a escasos centímetros, con la mano puesta sobre la cama, pero sin rozar su mano con la mía.
Sé que otros han tenido la valentía de hacerlo, sin embargo, la seguridad de Bryn no es algo con lo que esté dispuesta a jugar. Es mejor así.
—¿Estás enferma?
De mis labios sale una carcajada.
—No, no estoy enferma. Solo me he hecho daño.
Justo en ese momento entra Andras, y el aire del camarote ha debido desaparecer porque me cuesta respirar.
Tiene manchas de hollín en las mejillas, el pelo despeinado y le caen gotas de sudor por el rostro.
Se suelta la capa, que deja caer de cualquier forma al suelo, y consigue apoyarse sobre la pared. Parece exhausto.
—¿Qué ha pasado? —pregunto de forma brusca.
—Tenías razón —Todavía le cuesta respirar—. Iban a por el burdel. Le han prendido fuego.
Fuera del camarote se escucha un gran estruendo y lo que a todas luces son los gritos de los hombres de la tripulación. Vuelvo a dirigir mi atención al rey maldito. Algo sucede fuera que hace que nos veamos sacudidos. Él tiene que sujetarse a la pared y Astra cae de bruces en la silla.
—¿Nos atacan? —pregunta ella.
Kendra entra con la frente perlada por el esfuerzo.
—Sí, así que preparaos porque no va a ser un viaje agradable.
Cruzo miradas primero con Bryn, que agarra con fuerza las sábanas en un puño, y después con Andras.
—Sabéis que tenéis muchas explicaciones que darme, ¿verdad?
—Soy consciente, y más atrapados contigo en este barco que en poco tiempo estará en mar abierto. No se me ocurre nada mejor —ironiza el rey.
La puerta vuelve a abrirse y ahora sí que sí, creo que nada puede sorprenderme más.
—¿Noelle?