CAPÍTULO 41 KASDEYA
No me equivocaba al suponer que nos encontramos en un barco.
En cuanto me pongo de pie, el mundo me da vueltas y el dolor en mi espalda amenaza con llevarme al suelo de nuevo.
Por suerte consigo apoyarme en la barandilla de madera y Kendra viene a ayudarme.
Cierro los ojos y respiro por la nariz profundamente con la esperanza de que, al volver a abrirlos, el mundo se haya estabilizado.
—Kasdeya, Astra tiene que tratarte, estás… fatal.
—Gracias, es lo que suele ocurrir cuando tu futura suegra decide inculparte de algo que no has hecho y la acabas matando.
—Keir no volverá a ponerte la mano encima.
—El muy cobarde no hay sido capaz ni de infligirme él mismo las heridas.
Pone los ojos en blanco.
—Típico de un príncipe mimado.
Se pasa mi brazo por encima del hombro para brindarme algo de apoyo mientras me dirige hacia el mismo lugar por el que Astra ha desaparecido con su hermano.
Quiero decirle que nada de esto es necesario, que lo mejor es que se aleje de mí.
Sin embargo, un pensamiento me detiene abruptamente.
Me quedo paralizada y, cuando la princesa pirata habla, la escucho amortiguada dentro de mi cabeza.
No tengo ni la más remota idea de dónde provienen mis fuerzas, pero consigo librarme de Kendra y poner rumbo a la pasarela que sirve para bajar del barco.
No sé en qué lugar nos encontramos exactamente, pero se respira una calma que se me hace extraña.
No he puesto ni un pie sobre la plataforma cuando una voz que pensaba que no volvería a escuchar me detiene en el acto.
—¿A dónde te crees que vas?
Me doy la vuelta muy lentamente, casi pensando que la fiebre me está jugando una mala pasada, pero no.
Es él. Ahí plantado con lo que sin duda son esas sombras verdosas que vi anteriormente.
No pueden ser una ilusión óptica. Son reales.
Y se arremolinan con fuerza a su alrededor, dándole un aspecto aterrador.
Le cae el pelo oscuro de forma desenfadada sobre la frente y ni eso consigue que lo vea como un ser humano y no una criatura cruel.
Sus ojos tampoco ayudan, parecen demasiado dorados.
Sacados de otro mundo. Cada uno de sus pasos retumba en lo más profundo de mis huesos hasta que se detiene frente a mí y, sin previo aviso, pasa una mano por debajo de mis rodillas y otra por mi espalda hasta cargarme en brazos.
Gimo al sentir la presión en mis heridas y le golpeo el pecho.
—¡Bájame ahora mismo!
—Dalo por hecho, en cuanto encuentre una cama en la que soltarte.
—¿Una cama? —pregunto con pánico.
Los recuerdos del estado en el que desperté no hace mucho hacen que pierda toda la sangre del rostro.
Me retuerzo bajo su agarre, sin importarme que las heridas de mi espalda se sigan agravando.
A este paso nunca empezarán a cicatrizar.
Actúo como un animal salvaje, intentando arañar su rostro con tal de que me suelte.
No obstante, él no cede ni un poco, al contrario, me aprieta contra su pecho con más fuerza.
Dejo de ver la luz del sol cuando entramos a un camarote apenas iluminado.
Lo poco que se ve es gracias a unas cuantas velas.
Hay una cama de matrimonio con sábanas de color verde y el aire huele a bergamota.
Me posa sobre ella con delicadeza y automáticamente me retraigo hasta que mi espalda toca el cabecero. Ahogo un grito de dolor. A él no parece importarle lo más mínimo. Tampoco esperaba lo contrario de un monstruo.
—¿A dónde pensabas ir?
No respondo de inmediato. No confío en él.
—Responde, venenosa. No pienso dejarte ir a ninguna parte hasta que no hables.
Lo dice en serio. Está ahí plantado con los brazos cruzados sobre el pecho, y es más que evidente que no tengo ninguna oportunidad contra él. Si intento sortearlo no tardará en volver a atraparme, y más en mi condición. Decido responder sin revelar demasiado.
—Tengo que ir a por alguien. —Arquea una ceja, claramente esperando más información—. Keir sabe toda la verdad, sabe dónde trabajaba y si es lo suficientemente listo…
—Cosa que dudo —apunta.
—La reina sabía que hay alguien allí que me importa. Seguro que él también tiene esa información. No puedo abandonar a Bryn…
Cierro la boca cuando el nombre se desliza por ella.
—En primer lugar, he oído lo que has hecho con la reina. Casi me siento inclinado a darte las gracias y besarte. —Algo me dice que va totalmente en serio. Hay deseo en su mirada, sé reconocerlo cuando lo veo. ¿Es posible que le excite la muerte?—. Segundo, ¿quién es Bryn?
Ya no tiene sentido ocultarlo.
—La hija de una amiga —decir esa última palabra es liberador de una manera extraña. Ignoro el resto de sus comentarios—. No puedo dejarla atrás.
—No puedes salir, es peligroso. Ahora mismo los guardias del príncipe están peinando la ciudad buscándote. De hecho, tenemos que partir antes de que descubran que estás aquí.
—¿Y qué hay de ti?
—Tampoco debería estar en la ciudad.
Me doy cuenta entonces de lo próximos que estamos en realidad.
Está apostado cerca del borde de la cama, a escasos centímetros de mi cuerpo.
Miro a otro lado con tal de no mirarlo a él.
Mis pies están manchados de sangre y suciedad, arruinando por completo las sábanas.
Dirige la mirada hacia ellos y chasquea la lengua.
—No puedes ir a rescatar a nadie con esos pies. —Se inclina y levanta la mano con intención de agarrarme el tobillo. Vacila al ver cómo mi cuerpo se tensa y decide dejar su mano donde estaba—. Esto tiene que dolerte mucho. Haré que Astra venga a echarte un vistazo.
No se me pasa por alto la familiaridad con la que habla de mi doncella. Quiero preguntar, pero ahora mismo hay algo que me resulta más importante. No pienso ceder en esto. Apoyo las manos en el colchón para impulsarme, dispuesta a desobedecer y salir de aquí a por Bryn.
—Eres una tarada, ¿lo sabías? —dice mientras me ve renquear.
Consigo llegar hasta la puerta antes de que me detenga con su mano encima de mi hombro.
Me encojo de dolor y sorpresa. Todavía se me hace raro cómo toda esta gente me trata.
Salvo Astra, que al principio se mostró más cauta, todos me tratan como si fuese normal.
Claro que, puede que Kendra todavía no sepa del peligro que supongo, y Andras…
Él no tiene nada que temer, porque parece estar creado con la misma oscuridad que yo.
Gira mi cuerpo hasta que estamos cara a cara.
Me pierdo más segundos de lo que me gustaría reconocer en esos dos pozos insondables de color dorado.
Él parece hacer lo mismo conmigo. Se queda ahí, de pie, observándome.
Mi cerebro traicionero no puede dejar de pensar en lo atractivo que es.
Debo recordarme que Andras Berengar es igual que una araña joya, con vibrantes colores que confunden a sus presas haciéndoles creer que forman parte de las flores a las que acuden a beber el rico néctar.
Su apariencia física te invita a mirar más de cerca, pero yo sé que no es bueno hacerlo.
Debería apartar la mirada, ¿por qué no lo hago?
¿Tal vez es otro de esos trucos que solo él parece saber hacer?
Tiene que ver en mi rostro una determinación férrea, pues acaba suspirando y casi creo haber ganado esta batalla. Da un paso atrás, poniendo la distancia que yo no he conseguido poner.
—No vas a poner las cosas fáciles hasta que consigas lo que quieres, ¿verdad?
Asiento.
Suspira y se aleja de mí hasta ponerse de espaldas.
Apoya las manos en un escritorio lleno de mapas y libros con cubiertas de cuero.
Hay algunas piedras preciosas desperdigadas y dejaría que la sorpresa me turbara si no fuese porque hay cosas más importantes en mi cabeza que un derroche de riqueza tan absurdo como esas joyas.
Ante mí tiene lugar algo que creía que solo ocurría en las historias narradas a la luz de la vela en la habitación de Bryn.
Observo con verdadero pasmo cómo esas sombras que otras veces he visto, salen del cuerpo de Andras, rodeándolo de una forma casi íntima.
Parecen las caricias de un amante. Su cuerpo se tensa y agarra con fuerza el borde de la mesa.
Bajo la vista a sus nudillos blancos y, presa de la curiosidad, me acerco lentamente.
Al principio el miedo consigue frenarme un poco, pero con cada paso eso parece quedar atrás.
Quedo justo a su lado y no hace ni el más mínimo movimiento que indique que ha sentido mi presencia.
Me atrevo a mirarle a la cara y veo cómo el dorado de su mirada ha desaparecido y todo se ha visto dominado por el negro.
No parece estar aquí, sino perdido en algún lugar muy lejano.
Alzo los dedos, preguntándome si debería tocarlo o no.
Pasan segundos angustiosos de vacilación y, cuando me decido a rozarlo, da una respiración profunda y se inclina hacia adelante.
Su cuerpo tiembla ligeramente y tarda un par de minutos en volver a erguirse.
Las sombras todavía le besan la piel y lentamente parecen volver a fundirse en su interior.
Abro la boca con asombro, deseosa de hacer preguntas.
Él me detiene antes de que pueda hacerlas.
—Quédate aquí. No te muevas y no hagas nada estúpido.
—¿A dónde vas? —inquiero.
—¿Quieres que traiga a esa niña o no?
—¿Vas a ir tú a por ella?
—¿Se te ocurre algo mejor? —Baja la mirada por todo mi cuerpo—. Y ni se te ocurra proponer ir tú. Estás que das pena.
—¿Te han dicho alguna vez que eres todo un caballero?
—Normalmente horas antes de ponerse de rodillas y atragantarse con mi…
—No acabes esa frase si no quieres que te dé un puñetazo.
—Por favor, ¿te has visto?