CAPÍTULO 40 KASDEYA #3
Me ayuda a bajar de la pira y observo con asombro cómo los cuervos nos dejan una breve espacio por el que salir.
La gente nos abre paso, tal vez compadeciéndose de mí.
Nos acercamos al callejón más próximo y echo la vista atrás.
Los pájaros siguen creando una protección alrededor de la hoguera y la gente del pueblo ha cerrado rápidamente el camino por el que hemos escapado, para evitar que nos descubran.
Alcanzo a oír los gritos furiosos del príncipe, que exige que acaben con la bandada para poder seguir disfrutando de mi ejecución.
No puedo distinguir mucho de lo que está pasando detrás, pero no puedo evitar sentirme conmovida al ver cómo la gente que llena la plaza no me delata.
Siento algo parecido al orgullo de pertenecer a esa parte de Zargos.
La que vive en la inmundicia, pero que no dejaría al débil solo.
—Se mantendrán así hasta que estemos lo suficientemente alejadas. Con suerte el rey tardará unos minutos más en darse cuenta de que no estás ahí.
—No sé si podré correr, Kendra.
—Has enfrentado cosas peores, no me digas que vas a rendirte ahora. Solo tenemos que llegar al puerto.
No. No solo tenemos que llegar al puerto. Una vez allí tendremos que conseguir zarpar sin que hundan el barco y nos dejen morir en el agua. Por no hablar de que la travesía no será agradable. Los remolinos del mar Isernia son imprevisibles y golpean con crueldad a quien sea que atrapen.
—De todas formas, ¿por qué me ayudas? Podrías haber sido tú la que se casara con él —replico sin aliento.
Los callejones se suceden uno tras otro.
Temo que acabemos en uno sin salida. El dolor en mis pies me atraviesa y nos detenemos al girar una esquina.
Parece que al fin se da cuenta de que no puedo seguirle el ritmo con los pies chamuscados y heridos.
Por no hablar de la fiebre que sacude mi cuerpo y los verdugones en mi espalda.
El mayor favor que podrían hacerme ahora mismo sería acabar con mi sufrimiento.
—¿Quieres que me case con ese desequilibrado? ¿Qué clase de amiga eres? —pregunta, ofendida.
—Te estás convirtiendo en una enemiga del reino.
—Nadie espera otra cosa de la hija de un pirata.
Me dedica una amplia sonrisa de dientes blancos antes de agarrarme del brazo y volver a echar a correr.
No sé cuantos metros conseguimos avanzar antes de que sienta la necesidad de parar de nuevo debido a mis heridas.
Se me corta la respiración al escuchar una serie de pisadas, pero ambas respiramos con alivio cuando vemos los ojos grises y enfadados de Pasha.
—He visto tortugas más rápidas que vosotras.
—Está herida, no sé si podrá aguantar mucho más.
Mira a mis pies y chasquea la lengua antes de acercarse a mí y envolverme el cuerpo con su capa.
Esta se siente gruesa contra mi piel. Se agacha y me alza en brazos con mi ropa destrozada y la capa como barrera entre él yo.
Mi cuerpo siente inmediatamente alivio y mi rostro no duda en reflejarlo. Intenta ocultarnos bajo su capa.
—No te acostumbres —dice con tono gruñón.
Creo que sonrío, no estoy muy segura. Después solo siento el traqueteo de mi cuerpo al ser cargado en sus brazos mientras corre.
Su pelo me hace cosquillas en las mejillas y es la única sensación agradable en todo mi cuerpo.
Transcurren lapsos de tiempo en los que creo perder el conocimiento.
No obstante, cuando lo recobro, veo cómo nos persigue una oleada de guardias.
Mis párpados son incapaces de mantenerse abiertos.
Solo alcanzo a ver retazos del rostro de Pasha, que se contrae por el esfuerzo de correr con mi peso en brazos.
Grita algo, pero no soy capaz de escucharlo.
Tal vez sea uno de los efectos de la muerte, que se está llevando mis sentidos uno a uno.
Me sumo de nuevo en la oscuridad.
Aquí se está bien.
Solo pido que si tengo que morir sea ahora. Estoy tranquila. No me duele nada, gracias a la fiebre. Es un pensamiento que encuentro incluso agradable.
Por desgracia, vuelvo al mundo real de la peor manera.
Mi cuerpo rueda por el suelo y se golpea contra una superficie dura.
Jadeo de dolor y me llevo la mano a la cabeza, comprobando lo que ya sospechaba.
Mis dedos se tiñen de rojo, aunque no de manera alarmante.
Parpadeo un par de veces hasta que mi vista se aclara lo suficiente para distinguir lo que parece la cubierta de un barco.
En él se encuentra un Pasha herido que sangra por varias zonas del cuerpo y una Kendra de rodillas que todavía no consigue respirar con normalidad.
Una chica de pelo rubio cruza por delante de mí a toda la velocidad que le dejan sus piernas y me doy cuenta de que se trata de Astra.
Intenta que su hermano la deje cargar con parte de su peso y lo ayuda a levantarse.
Él se cubre el costado con los dedos y la herida parece fea. No deja de brotar sangre.
—Vamos dentro, tengo que mirarte eso ahora mismo.
Caminan a mi lado, aunque Astra está demasiado preocupada como para reconocer mi presencia. Intento incorporarme y lo consigo gracias a la mano extendida de Kendra.
—Bueno, bienvenida a bordo, supongo.