CAPÍTULO 40 KASDEYA #2
—Pueblo de Argevin, sé que muchos ya habréis oído las terribles noticias y estáis aquí para ver a la culpable de dichos crímenes.
—Cruza las manos detrás de su espalda—. Esta mujer no solo es culpable de matar al rey, sino que también ha acabado con la vida de nuestra querida reina Evara, mi madre, quien solo albergaba buenos deseos para mí y la gente de Argevin.
Vosotros la conocisteis tan bien como yo.
Siempre paseaba por estas calles, le gustaba tener su momento de rezo en el templo y trataba a la gente con amabilidad a pesar de que no siempre era correspondida.
Acogió a esta mujer con los brazos abiertos, nos dejamos engañar por sus argucias, íbamos a convertirla en nuestra familia, y así nos lo ha pagado.
Esta es solo otra lección más que me ha tocado aprender y que espero que solo me haga mejor rey para vosotros.
—Coge aire, se ve que lo necesita. Debe estar atragantándose con tantas mentiras—.
Pese a que me considero un hombre justo y magnánimo, sus crímenes no pueden ser compensados con otra cosa que no sea la muerte.
Es por eso que yo, Keir Blackburn, rey de Argevin, te condeno a ti, Kasdeya Vikena, a morir en la hoguera.
Pronuncia mi nombre con el apellido que me fabricó y me encantaría escupírselo a la cara, reclamar que diga mi nombre en solitario y me libere de sus mentiras.
No sé qué reacción esperaba del pueblo, sin duda no tan poco entusiasmo.
Tal vez ya tengan calada a la familia real o simplemente el hambre les haga imposible mostrar ninguna emoción.
No obstante, nadie se marcha de la plaza.
Todos los ojos están puestos en mí y, aunque siempre he dicho orgullosamente que carezco de vergüenza, admito que tantas miradas, cuando me siento tan vulnerable, no son agradables.
El rey baja de su asiento de honor y hace que sus pisadas resuenen sobre las losas gastadas del suelo mientras se dirige a mí con la antorcha que dijo que alzaría. Levanta el mentón para mirarme desde los pies de la pira.
—¿Unas últimas palabras?
Es doloroso ver frente a ti al motivo de tu desgracia.
Tampoco sé a quién pretendo engañar, en el fondo siempre supe que este sería mi final.
Desde el principio las posibilidades de que esto saliera bien eran escasas.
Demasiados ojos sobre mí, demasiados cabos que podían soltarse de un momento a otro, demasiadas mentiras que mantener cuando todos sabemos que tienen las patas cortas.
—Espero que tengas mejor gusto la próxima vez que elijas a tu prometida.
Finge que mis palabras le divierten, pero yo puedo ver la rabia arremolinarse en sus ojos.
Baja la llama de la antorcha hasta la pira y esta empieza a prender lentamente.
El olor del humo sube inundando mis fosas nasales.
Antes de que dé media vuelta y se aleje para disfrutar del espectáculo de una forma más segura, veo el color rojo del fuego rabioso reflejarse en su mirada.
Dicen que morir quemado es de las cosas más dolorosas que existen, al menos durante el tiempo en que tarda en chamuscarse tu piel.
Después dejas de sentir. Expulso una carcajada al pensar en cómo mi belleza ha sido alabada cientos de veces, posiblemente es lo que me ha conducido poco a poco hasta aquí, pero para cuando este fuego se apague, no quedará nada de ella.
Solo carne chamuscada pegada a los huesos.
Recuerdo entonces la pesadilla de Bryn, aquella en la que moría en una hoguera.
Supongo que nunca fue simplemente un mal sueño, sino una premonición.
El calor sube lentamente. El fuego se está cebando primero con toda la leña apilada alrededor. Aun así, es cuestión de tiempo que me alcance. Ya puedo sentir el calor besándome la planta de los pies.
Es en ese momento que mi mente elige mostrarme cada una de las oportunidades que he desperdiciado. Una tras otra. Pensando que tal vez no era el momento, que la siguiente sería la definitiva. En ese entonces no me daba cuenta de que lo hacía por sentimientos inútiles que no tenían sentido.
Vuelvo a mirar los rostros que me rodean y la pizca de pánico que veo en ellos solo puede significar que estoy cerca de mi final.
Me atrevo a bajar la mirada y veo el fuego subir cada vez más rápido.
El camisón con el que han tenido la decencia de cubrirme está muy cerca de tocar las llamas.
Una vez que lo haga, será cuestión de segundos que todo arda.
Escucho gritos que, en mis oídos cansados, suenan amortiguados.
El calor bajo las plantas de mis pies empieza a incrementarse, volviéndose poco a poco insoportable.
Levanto la cabeza con esfuerzo y descubro que el motivo de los gritos no tiene nada que ver con el fuego.
Una sombra negra ha comenzado a cernirse sobre nosotros y parece venir a toda velocidad hacia mí.
Según se aproxima me doy cuenta de que se trata de una bandada de cuervos furiosos.
Estoy segura de que han venido en cuanto han sentido la promesa de carne de la que alimentarse.
Cierro los ojos con fuerza, esperando el dolor de las heridas provocadas por sus picos, pero solo escucho sus graznidos y el aleteo de sus alas.
No sé de dónde saco el coraje para abrir los ojos, pero lo que veo me deja sin aliento.
Cada uno de estos pájaros vuela a mi alrededor formando una barrera entre la gente y yo.
Un movimiento llama la atención a mis espaldas y consigo girar el cuello lo suficiente como para ver una melena rebelde del color de las mismas llamas.
—¿Kendra?
—Shh…
Trabaja diligentemente en las ataduras de mis manos.
El olor a carne quemada me atiza la nariz.
Por suerte no parece pertenecer a ninguna de nosotras, sino a los cuervos que han sucumbido al fuego.
Veo sus plumajes ser consumidos y servir como alimento a las llamas.
Mis manos se liberan y la princesa pirata empieza rápidamente con mis pies.
Intentaría ayudarla si no fuese porque, cada vez que lo intento, las heridas de mi espalda parecen volver a abrirse.
El fuego me besa los dedos de los pies y soy incapaz de contener el grito de dolor.
Justo en ese momento la cuerda que los mantenía retenidos cae.
—¡Vamos, vamos! —grita la princesa pirata.