CAPÍTULO 40 KASDEYA
Pasan varios días en los que realmente no sucede nada.
No hay tortura, no hay visitas, no hay noticias.
Solo silencio. Reconozco que al príncipe se le da bien esto.
Parece estar jugando con mi cordura. Me sobresalto con cualquier ruido, creyendo que se trata de alguno de los guardias que viene a torturarme o, en su defecto, llevarme ante el pueblo para mi ejecución.
No he tenido noticias de Kendra o Pasha, y no sé si su ausencia es una buena señal.
En caso de que consiguieran huir, no les juzgo.
Yo tomé la decisión, elegí por una vez la venganza antes que la supervivencia y aquí están las consecuencias.
Tampoco me arrepiento. La imagen del rostro de la reina debajo de mí, sabiendo que estaba viviendo sus últimos instantes en la tierra con la muchacha que despreciaba como único testigo, es algo que no tiene precio.
Volvería a repetirlo aun sabiendo cómo acaba.
El odio de Keir no pudo quedar más claro ese día. Cualquier rastro de atracción o deseo ha desaparecido. Bien, ya somos dos. Descubrir su verdadero yo ha dolido más de lo que imaginaba.
El pan que arrojaron para alimentarme hace tres días ya se ha puesto duro, y el agua sigue tal y como la dejaron.
No me atrevo a comer ni beber nada por miedo a perder otra vez el control de mi cuerpo.
La reina ha sido fiel a la imagen que tenía de ella hasta el final.
Si tuviese fuerzas me reiría de lo estúpida que fui al pensar que me contaría lo que había pasado realmente.
Ya debería haberme dado cuenta de que en la reina no había ni una pizca de compasión.
No iba a desarrollarla para mí, para librarme de la duda y de esta sensación extraña que se acumula sobre mi piel.
A veces me sorprendo a mí misma rascándome con las uñas para deshacerme del pensamiento de estar sucia, manchada.
Kora sigue merodeando aquí abajo, negándose a abandonarme por mucho que la insto a huir. No puede estar conmigo cuando llegue el final.
Escucho la puerta abrirse y las pisadas de una sola persona.
Comienza a caminar por el pasillo de celdas y sé sin ninguna duda que se dirige hasta la mía.
Sin embargo, no esperaba volver a ver al príncipe antes de mi ejecución.
No entra, sino que se queda a una distancia prudencial y protegido tras los barrotes.
Como si me quedaran fuerzas en mi cuerpo para atacar.
Las heridas de mi espalda están infectadas, mi piel está cubierta por el sudor de la fiebre, y tanto él como yo sabemos que es hora de ejecutarme si no quiere que muera en privado en este agujero.
—¿Crees en las almas gemelas? —pregunta.
Me sorprende su elección de tema. Es inesperado.
—No más de lo que creo en los dioses o las profecías —respondo.
—A mí también me costaba creer en esas cosas, pero ya conociste a mi madre, ella sí creía en todo esto. —Sonríe con añoranza—. No hace mucho me dijo que tú eras eso para mí, mi alma gemela.
—Hasta donde yo sé, no se droga, tortura y encarcela a tu alma gemela. Tal vez tengamos conceptos diferentes.
—Me dijo que eres mi alma gemela y que eso es peligroso.
Tener a alguien así en tu vida es proclamar al mundo tu debilidad.
—Sacude la cabeza—. Ahora es difícil que me creas, pero me gustabas de verdad.
A pesar de conocer los motivos por los que estabas aquí, a lo que te dedicas, quién eres realmente…
Cuando estaba contigo me olvidaba de que era el heredero al trono y era solo Keir.
Un chico disfrutando de una conversación interesante con una chica.
Incluso la idea de hacerte mi reina me resultaba demasiado atrayente.
Podría haber mirado hacia otro lado cuando hubieses conseguido tu objetivo y haberte mantenido a mi lado.
—¿Y por qué no lo has hecho?
No es que tuviese deseos de aceptar. Siempre he sabido que en cuanto terminara mi misión aquí, desaparecería.
—Mi madre me abrió los ojos. Las sospechas me perseguirían para siempre sin un chivo expiatorio.
Al fin y al cabo, nuestras disputas no son desconocidas para nadie y soy quien más beneficiado sale de su muerte.
De esta forma no hay rumores y elimino el peligro que pudieses llegar a suponer para mí algún día.
Hay obsesiones de las que hay que deshacerse, aunque cueste.
Estoy aquí, pero realmente no le estoy escuchando.
Me he retraído en mi mente y estoy rememorando cada recuerdo juntos, preguntándome en qué momento debería haber huido en vez de pensar en tener un día más en el que fingir que era una dama normal.
Al final, queda claro que yo olvidé mi deber, postergué lo que realmente debía hacer en favor de mis sentimientos; en cambio él eligió el poder.
Cada uno ha hecho con su atracción o amor, por mísero que fuera, lo que ha querido. Y está claro que he sido yo quien ha salido perdiendo.
—En fin, solo había venido para tener una última conversación contigo. La próxima vez que nos veamos, seré quien sostenga la antorcha que prenda tu hoguera.
—Estupendo, quemada en la hoguera. Ya empezaba a tener algo de frío.
Entrecierra los ojos, confuso. Supongo que no se esperaba que aun fuese capaz de bromear en una situación así.
Abre los labios, como si quisiera decir algo más, pero finalmente decide no hacerlo.
Se da media vuelta y desaparece, aunque no mucho después bajan un par de guardias que se encargan de entrar, amordazarme y esposarme.
Kora se esconde una vez más bajo mi ropa y me prometo a mí misma liberarla fuera.
Me indican que camine y no haga ninguna tontería.
Creo que a estas alturas no me quedan fuerzas para hacerlo.
Si pensaba que me llevarían en carromato hasta mi ejecución pública, estaba muy equivocada.
Me hacen caminar todo el trecho, con las manos al frente y conducida por caballos.
Cada vez que me detengo a descansar y recobrar el aliento, recibo gritos y órdenes de no parar. Si siguen así, moriré antes de llegar.
No necesito mirarme en un espejo para saber en el estado lamentable en el que me encuentro.
A estas alturas la mitad de mi cuerpo ya ha sido reclamado por la muerte.
Cuando llegamos a la plaza, ya hay mucha gente congregada.
Escucho los llantos de niños pequeños y el murmullo incesante de los más mayores.
Puedo ver la pira alrededor del poste al que no tardaré en estar atada.
Este preside la plaza y la gente la rodea como si fuese el escenario donde tendrá lugar una actuación de teatro.
Keir ya se encuentra aquí, colocado en un sitio de honor, una especie de plataforma, sentado en un trono de terciopelo rojo, con buenas vistas.
Si no me doliera todo, creo que me reiría ante lo ridículo que me parece verlo ahí sentado.
Hay escalones de madera que me separan de la pira.
Me ayudan a subirlos, aunque nada evita que se me claven astillas en las plantas de los pies desnudos.
Casi parece que se han asegurado de destrozar los tableros para garantizar de que sufro hasta el último momento.
No obstante, creo que ya estoy tan inmunizada al dolor que mi cuerpo no reacciona.
Un guardia me quita las cadenas de las manos para atarme alrededor del poste de madera al igual que hacen con mis pies.
Aunque quisiera, dudo que me quede energía para huir.
Se coloca a mi espalda para quitarme la mordaza.
Los dioses no permitan que todo este público no pueda escuchar mis gritos de dolor cuando llegue el momento.
El movimiento en mi ropa me recuerda la presencia de Kora, al principio se mueve despreocupada, pero los gritos del pueblo al verla y mi cara contraída de dolor deben de hacerle ver que no es bienvenida.
—Vete, idiota —digo como si fuese capaz de entenderle lo que digo.
Su lengua bífida y áspera me roza la piel y, no sé por qué, ese gesto hace que brote de mi pecho un sollozo.
Alzo la mirada, sin esperar encontrar caras conocidas, sin embargo, entre la multitud hay una muchacha de ojos negros y pelo aún más oscuro que, aunque la capucha dibuje sombras sobre su rostro, sé sin lugar a dudas que es Noelle.
La tristeza le surca el rostro y, por su forma casi imperceptible de negar con la cabeza, sé que está lamentando el día en que salí del burdel para poner rumbo a palacio.
Siempre nos preguntaremos si había una forma de evitar todo esto.
Clavo mis ojos en ella, buscando si cerca hay alguna niña, pero por suerte solo está ella. No soportaría que Bryn viese esto.
Mi único arrepentimiento a estas alturas es no ser capaz de cumplir la promesa que le hice a Zia. Solo espero que Noelle siga cuidando de la pequeña ahora que no estaré.
Desvío mi atención de ella cuando el sonido de unas trompetas acalla el ruido y los murmullos de la gente. Keir se alza de su asiento y mira al pueblo.