CAPÍTULO 39 KASDEYA #2
Evara se coloca encima de mí y reacciono lo suficientemente deprisa como para agarrarle las manos e impedirle que hunda sus dedos en mis ojos, como pretendía hacer.
Forcejeamos durante un largo momento y las dos estamos visiblemente cansadas, aunque apostaría a que yo me llevo la palma.
Hago fuerza con los muslos y consigo imponerme sobre ella, aunque la muy zorra debe haber visto algún movimiento que delate la magnitud de mis heridas, pues me araña por encima de la capa, justo en la espalda.
Grito desde lo más profundo de mi garganta y el dolor me ciega por unos segundos.
Le escupo directamente en la cara y solo hacen falta unos segundos para que los músculos de su cara se contorsionen en una mueca de dolor.
La dejo librarse de mí y correr hacia la salida, sin embargo, no voy a permitir que se vaya de rositas.
Me pongo de pie y corro hacia ella, agarrándola por el pelo y estampando su cara contra la puerta.
Ahora le toca a ella gemir de dolor.
La arrastro por la habitación, robo un abrecartas de la mesa y la vuelvo a lanzar al suelo. Trepo sobre ella, resollando por el esfuerzo, y aprieto los muslos contra sus brazos para evitar que los mueva.
—Te has metido con la asesina equivocada —digo con dientes apretados.
No se rinde, eso debo concedérselo. Para ser una persona a la que las desgracias de la vida no parecen haberla tocado nunca, no se da por vencida fácilmente.
Intenta patalear, clavar sus uñas en mis muslos e incluso golpearme con la cabeza si es que le doy la posibilidad.
Veo la piel de su cara agujereada allí donde el veneno de mi saliva ha hecho contacto.
Con el abrecartas bien sujeto, deslizo la parte afilada por mi palma y me hago un corte en ella.
Por fin, después de semanas con miedo, la visión de mi sangre no me molesta.
Ya no tengo que tener cuidado. Puedo ser un monstruo y hacer aquello para lo que me he entrenado toda la vida.
Matar.
—Si muero, nunca sabrás lo que realmente pasó.
—Ambas sabemos de la inteligencia de la otra, Evara, así que no creas ni por un momento que esto funcionará.
Sé que jamás me dirás la verdad, eres demasiado retorcida.
Disfrutas con el sufrimiento, y qué mejor que mantenerme con la duda de lo que realmente pasó.
Ahora me dirás lo que quiero oír con tal de ganar tiempo y que los guardias vengan a salvarte como hacen siempre, pero al cabo de unos días cambiarás tu versión de manera tan convincente que me seguirás torturando hasta que mis días se acaben.
Lentamente sus labios se curvan en una sonrisa y, si las circunstancias fuesen otras, casi diría que siente un poco de orgullo.
—Sabía que eras demasiado lista. Menos mal que puse fin a esto antes de que fuese demasiado tarde para Keir.
—Él es tan monstruoso como tú.
—Te estabas convirtiendo en una distracción para él. No podía permitir que perdiese de vista el verdadero objetivo.
—Tranquila, cuando sepa que he matado a su madre, se le irá cualquier sentimiento que aún le quede por mí.
No es que crea que guarda ningún sentimiento.
Aprieto con fuerza mi puño y mi sangre gotea en sus labios.
Al principio los cierra, con la falsa esperanza de evitarlo.
El simple contacto ya es suficiente, pero yo estoy ahogándola con ella.
Con la mano libre cubro su nariz, impidiendo el paso de aire.
Sus pupilas se dilatan, como es normal. Todos tenemos miedo cuando sabemos que la muerte se aproxima.
Patalea debajo de mí luchando por deshacerse de mi peso.
Siendo sincera, no sé de dónde he sacado esta nueva oleada de energía, supongo que la decisión de salir de esta habitación con su muerte a mis espaldas o la mención de Bryn me haya dado la fuerza necesaria.
—Dudo que los dioses a los que tanto rezas te vayan a acoger con los brazos abiertos, reina Evara —digo, observando cómo se le acaba el aliento.
Es cuestión de tiempo que abra los labios en búsqueda de aire.
Y ahí estará mi veneno esperándola. Llenándola por completo—.
Yo seré una asesina, pero al menos no soy una hipócrita.
Debe ser duro fingir ser una buena samaritana cuando la realidad es que estás matando a tu pueblo.
No se da cuenta, pero las primeras señales de que mi veneno está haciendo efecto ya han hecho presencia.
Todavía mantiene la boca cerrada, agonizando lentamente con tal de no darme la satisfacción.
No parece conocerme tan bien si cree que solo soy capaz de matarla si lo ingiere.
Al fin parece darse cuenta, su garganta se debe estar inflamando y un vistazo a sus ojos me confirma que sus venas están a un segundo de reventar.
No me aparto ante el horror, sino que me quedo ahí, observando, impasible.
La vida la abandona poco a poco, de una manera dolorosa, a la reina que tanto dolor ha causado a gente inocente.
La poca compasión que pudiese haber sentido hacia ella al pensar que vivía una vida triste, con un marido infiel e inútil, desapareció hace tiempo.
Justo la noche en que vi su rostro frío y carente de emociones en los túneles.
Creo que al final todos tenemos lo que nos merecemos. Y tanto ella como su hijo no merecen un final feliz.
Me levanto cuando siento la fuerza abandonarla del todo y, sobre piernas temblorosas y manchadas de las salpicaduras de la sangre de mis manos y aquella que circula libremente de los latigazos de mi espalda, me acerco a la puerta. Miro una última vez la escena.
Parece débil y frágil ahí tumbada, con un charco de sangre bajo de su cabeza.
La mezcla de la mía y aquella que ha salido a raudales de los orificios de su cuerpo.
A pesar de lo grotesco y desagradable de la escena, me siento en paz.
Me voy sin todas las respuestas que necesitaba, pero como he dicho, ella jamás me iba a dar esa paz, así que lo mejor era acabar con esto cuanto antes.
En cuanto pongo un pie fuera y cierro la puerta, fingiendo que no ha pasado nada, un séquito de guardias entra al pasillo, seguido muy de cerca de su soberano. Keir tiene una mancha de sangre en la sien, producto del asalto de Kendra. Se detiene cuando me ve.
No hay que ser muy listo para saber lo que he hecho, y más viéndome salir de lo que parecían ser los aposentos de su madre.
Estoy manchada de sangre, con el pelo alborotado, la capa casi sin sostenerse alrededor de mi cuello, y todavía empuño el abrecartas en la mano.
No puedo evitar que una sonrisa diabólica manche mis labios.
—¡Guardias!
Por supuesto, intento enfrentarme a ellos, pero mi cuerpo susurra que ya es demasiado.
He luchado demasiado.
Soportado demasiado.
Sufrido demasiado.
Acallo esa voz y lo intento con todas mis fuerzas hasta que queda patente que es inútil. Me inmovilizan agarrándome de los brazos, pero no me hacen caminar de inmediato. Dejan que su príncipe se acerque a mí.
—Vas a pagar por lo que has hecho.
Sonrío de forma más amplia y, supongo que adivina mis intenciones, pues cubre mi boca con su mano enguantada y me frena de escupirle en la cara.
Lo último que veo antes de perder el conocimiento es su mirada llena de rabia y la promesa de una muerte dolorosa.