CAPÍTULO 39 KASDEYA
Salimos corriendo hacia las escaleras. Kendra es lista y agarra la espada del cinto del guardia caído, y yo alcanzo a robarle el maldito cuchillo de hoja curva.
Hasta que encuentre algo mejor, tendrá que servir.
Subimos los escalones resbaladizos por la humedad y mi mirada se cruza con los ojos grises y duros de Pasha, quien tiene dos cadáveres a escasos metros.
—¿Y el príncipe? —le pregunta a Kendra.
—Echándose una cabezadita, así que no tenemos mucho tiempo.
Asiente y emprende la marcha. El pasillo se mantiene vacío, por supuesto, aún no son conocedores de que su prisionera se está escapando. Desde aquí me cuesta un poco orientarme, pero ellos parecen saber bien hacia dónde tenemos que ir.
—Hay unos pasadizos —digo.
—Lo sé —responde Pasha con el tono duro de siempre—. Hay varios accesos al castillo, uno de ellos está en tu habitación. Conveniente, ¿verdad?
—¿No estamos demasiado lejos?
—Sí, nos dirigiremos a otra de las entradas. No tenemos demasiado tiempo hasta que alguien dé la voz de alarma.
Nos mantenemos en silencio y la verdad es que me sorprende la capacidad de Pasha para camuflar el sonido de sus pisadas, dado el tamaño de su cuerpo.
Kendra y yo lo seguimos a la carrera, agarrando con fuerza nuestras armas y rezando para salir de aquí sin problemas.
Mis ojos se clavan en la espalda de Pasha y las preguntas empiezan a asaltarme una tras otra.
Si fui contratada por Keir y ellos debían ayudarme a cumplir mi misión, ¿significa eso que trabajan para el príncipe?
¿Sabían de sus intenciones todo el tiempo?
Y si es así, ¿por qué están ayudándome a escapar?
—¿Dónde está Astra?
Pasha me mira por encima del hombro y por unos segundos la confusión cruza su rostro. ¿Piensa que su hermana no me importa? ¿Que podría irme de aquí y dejarla atrás? Ya tendré tiempo después para hacer las preguntas pertinentes, ahora solo me interesa que todos nos pongamos a salvo.
—Fuera de aquí. Está en un lugar seguro.
Él y Kendra comparten una mirada cómplice.
Nos aproximamos todo lo que podemos a una de las paredes, mientras Pasha comprueba que el siguiente pasillo está despejado.
Lo cruzamos todo lo deprisa que nuestras piernas nos permiten.
No sé cuánto nos falta para llegar a la entrada, pero la voz de un hombre nos sobresalta y nos indica que debemos ser más rápidos.
En la lejanía podemos escuchar el ruido de las armaduras metálicas y el retumbar de las pisadas.
Empiezo a dudar si lo que siento bajar en mi espalda es miedo o la sangre de mis heridas.
La calma de la que presumíamos se rompe por completo cuando en el siguiente pasillo nos cruzamos con tres guardias armados hasta los dientes.
Pasha es el primero en abalanzarse hacia ellos y el sonido de las hojas al chocar entre sí es ensordecedor.
Por otro lado, Kendra alza el arma y me deja sin palabras cuando, en cuestión de momentos, derriba a su oponente.
Es rápida y buena con la hoja, por lo que veo.
Corro hacia el hombre caído, le arrebato su espada y la alzo justo a tiempo para enfrentar al guardia que se dirige hacia mí.
A pesar del casco que lleva, puedo ver la ira en su mirada.
El primer golpe entre nuestras armas me avisa de que estoy demasiado débil como para enfrentarme a él durante mucho tiempo.
Mis brazos parecen dos pequeñas ramitas que se romperán con el siguiente golpe.
Cada uno de ellos retumba en los más profundo de mis huesos.
Sin embargo, no me rindo con facilidad y encaro cada impacto apretando los dientes y sin estar dispuesta a ceder.
Consigo esquivar a mi oponente y colocarme detrás de él, clavando la punta en una de las zonas vulnerables: las articulaciones.
Dobla la rodilla en el suelo, ahogando un gemido de dolor y olvidando el peligro al que está expuesto.
Levanto la espada una vez más, reúno todas las fuerzas que me quedan y doy el golpe de gracia.
La hoja entra sin problemas en la zona desprotegida del cuello y se desliza como si fuera mantequilla.
El sonido sordo que hace la cabeza al caer llama la atención de Kendra y Pasha, quienes parecen haber acabado con todos los oponentes del pasillo.
Resuellan por el esfuerzo.
—Y tiene toda la espalda abierta en carne viva, no sé si quiero enfrentarme a ella cuando está en plenas facultades —comenta la princesa pirata.
No tenemos tiempo para alabar las proezas de los otros, así que echamos a correr de nuevo antes de que nos veamos sorprendidos por una nueva oleada de guardias.
Soy la última de los tres y echo un vistazo atrás para comprobar que nadie nos sigue, pero entonces veo algo que hace que mi sangre hierva.
Reconocería ese color de pelo y esa forma de caminar sin preocupaciones en cualquier parte.
Cuando empiezan a avanzar de nuevo, me quedo atrás.
Una decisión estúpida, lo sé. Sin embargo, no puedo evitar querer enfrentarla.
Comienzo a correr en la dirección en la que he visto desaparecer a la reina y procuro ser todo lo silenciosa posible, para no alertar ni a mis compañeros ni a Evara.
La veo entrar en una habitación y sin saber lo que me espera dentro, me cuelo y cierro la puerta a mis espaldas.
Evara levanta la mirada, sorprendida. No sé a quién esperaba ver, pero está claro que a mí no.
En sus manos tiene varios frascos etiquetados.
Su aspecto no augura nada bueno. Da un paso atrás al verme.
—Deberías estar…
—¿En una celda? ¿Siendo torturada? Si fuese por ti, por supuesto. Has cometido un grave error, Evara.
—No me llames por mi nombre.
—No existen las formalidades entre dos asesinas.
Apoyo la espada en el suelo y me sirvo de ella para cargar parte de mi peso.
Espero que ella no se dé cuenta del pobre estado en el que me encuentro.
Diría que no, ya que parece preocuparse bastante al ver el arma que llevo conmigo.
Si supiese que apenas tengo fuerza para alzarla después de que sus guardias me hayan abierto la piel y haber tenido que matar a uno más para llegar aquí…
—Yo no he matado al rey, Evara. Has sido tú. Así que explícame cómo llegué a esa habitación.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque soy yo la que tiene algo peligroso y afilado en la mano, por eso.
Baja de nuevo la vista a la espada y traga profundamente. Reconsidera su decisión, ya que apoya la mano en una pequeña mesita, dejando ahí los frascos que llevaba. Parece prepararse para dialogar.
—Tus aposentos están conectados a los del rey. Solo lo sabíamos mi hijo y yo. Te adjudicamos esa habitación por si necesitábamos usarlo, y así ha sido.
—¿Por qué?
—Porque no iba a dejar que te casaras con mi hijo y mucho menos que el desgraciado de mi marido se saliese con la suya.
Había llegado el momento de que muriese y, ya que tú parecías estar dudando, era necesario que yo tomara cartas en el asunto.
Todo el mundo te ha visto bailando con el rey maldito, no será difícil vender la farsa.
—Mi ropa, ¿por qué estaba desnuda?
Voy directa a las preguntas, a la información que necesito saber, aunque pueda parecer inútil. No tengo tiempo para ponerme a divagar con ella.
—Oh, eso… —Curva los labios maliciosamente—. ¿Por qué quieres saberlo? No es algo que no hayas vivido ya, ¿no? Te acuestas con hombres por unas cuantas sucias monedas.
Se equivoca. Mato a hombres por unas cuantas sucias monedas.
Nunca he tenido que llevar mi cuerpo a ese extremo, tampoco habría sido posible.
Sí, he recibido caricias no deseadas, besos húmedos sobre mi piel con olor a rancio, y por supuesto, los hay quienes han intentado sobrepasarse y lo único que han llegado a conocer es el filo de mi cuchillo o la potencia de mi veneno.
No obstante, el no saber qué es lo que realmente ha ocurrido en la habitación del rey, la idea de que la reina me dejara allí para que él hiciese conmigo lo que quisiese, me revuelve el estómago más que cualquier otra cosa que haya vivido hasta la fecha.
—Te equivocas —logro decir, evitando que vea lo afectada que me encuentro realmente—. No me acuesto con hombres por unas cuantas monedas, me dedico a matarlos. Pensaba que ya lo sabías.
—Es lo mismo, al fin y al cabo. Sigues siendo una puta, igual que todas tus compañeras. Oh, y esa pobre niña… qué destino le espera.
No sabe su nombre, por supuesto que no, pero no necesito que lo pronuncie para saber que se refiere a la pequeña Bryn.
Justo en ese momento me cubre una furia ciega y corro hacia la reina.
Intenta huir, pero no hay escapatoria. Al menos no sin pasar por encima de mí, y eso es algo que no estoy dispuesta a permitir.
Retrocede hasta agarrar el atizador de la chimenea y lo blande frente a ella a modo de arma.
—No deberías haber dicho eso, Evara.
—Oh, así que esa niña es tu debilidad. ¿Es tuya? ¿Te quedaste preñada de algún bastardo?
No respondo, no necesito darle más munición contra mí, aunque si me salgo con la mía, no tendrá a nadie a quien contárselo una vez que esté muerta.
De todas formas, ya me han culpado de un crimen, no me importa que se me achaque este también.
Doy un paso al frente y desde aquí puedo ver la fuerza con la que sostiene el atizador. Tiene los nudillos blancos.
Aprieto los dientes, aguantándome el jadeo de dolor cuando alzo la espada y doy un golpe certero, mandando al otro extremo de la habitación su arma improvisada.
Abre la boca, sorprendida y asustada. No sé qué se cruza por su mente para que decida que lo mejor es abalanzarse sobre mí, pero lo peor es que le funciona.
Su reacción me pilla de improviso y caigo al suelo.Mi espalda choca contra la superficie y esta vez me es imposible contener el gemido de dolor cuando mis heridas golpean el suelo duro.
Pierdo el agarre de la espada y esta sale despedida a un par de metros de nosotras.