CAPÍTULO 38 KASDEYA #3
Qué estúpida he sido. Cuando descubrí los túneles y a dónde conducían, debería haber supuesto que no sucedería nada en este castillo de lo que Keir no tuviese conocimiento. ¿Cómo pude pensar que él no sabría todo lo que hiciera su madre?
—Tú eres quién propuso enfermar al pueblo, ¿verdad? Esa chica no estaba enferma antes de entrar a palacio, la infectasteis vosotros de alguna forma para sembrar el caos. Por eso no tenías miedo de contagiarte, la tocaste como si no fuera peligroso… Sabías que no tenías nada que temer.
Sonríe de manera amplia, al parecer feliz de que esté uniendo las piezas.
—Debo suponer que has descubierto los túneles —cavila—. Demasiado lista y demasiado curiosa, me temo. Claro que no tenía miedo, porque tengo el antídoto. Uno creado para la enfermedad que he conseguido replicar o, mejor dicho, mejorar. Avanza más rápido, es más violenta.
—¿La Nectumbra es siquiera algo real? ¿O habéis estado vosotros detrás de ella todo este tiempo?
—Me halaga que pienses que soy capaz de algo tan grande. Sin embargo, la Nectumbra sigue siendo culpa del rey maldito. Él la originó, yo solo me he limitado a imitarla y sembrar un poco de terror.
—Quieres poner a todo el mundo en contra de Valyndra, ¿por qué? ¿No tenías suficiente con que el pueblo de Argevin te amara? Lo tienes todo, Keir.
—Todo no, mi querida Kasdeya. Andras tiene incluso más encanto que yo, y está ganándose al resto de territorios lentamente.
No sé qué estará prometiéndole ese pobre desgraciado a la gente, pero no puedo permitirlo.
Necesito que esté sumido en la miseria, como siempre ha debido ser.
Al fin y al cabo, soy el elegido de la profecía, soy quien pondrá fin a esto.
—¿Eso es lo que te ha dicho tu madre? ¿Qué eres el elegido? No, no lo eres. Solo eres un lunático y una persona podrida por dentro.
—No eres la más indicada para hablar, ¿no crees?
—¿Sabías de lo que era capaz y aun así te has arriesgado tanto?
—¿Tan estúpido me crees? Por supuesto que no sabía que eras una maldita aberración. En ese caso nunca me habría acercado de esa manera a ti. A tu jefa se le olvidó mencionar que tú eres el arma.
—La única aberración que veo aquí eres tú, príncipe Keir.
Por un segundo estoy segura de que se va a abalanzar sobre mí y herirme de alguna forma, pero parece pensárselo mejor.
Flexiona los dedos, conteniéndose las ganas de golpearme.
No conozco a esta persona; lo poco que creía saber es una mentira.
Algo construido para llevarme a donde quería.
Se ha divertido conmigo hasta que ha creído que era momento de desecharme.
—Le haremos un favor al mundo eliminándote.
Eres un peligro para las personas, Kasdeya.
Deberías estar de acuerdo, seguro que has sufrido mucho por esto.
Es momento de dejar de sufrir. Además, servirás a un gran propósito.
El pueblo adora ver la ejecución de un traidor.
Me querrán aún más después de ver mi dolor al ser traicionado de esta forma por mi prometida.
—No te vas a salir con la tuya, esto solo te servirá un tiempo, pero la gente no es tonta, Keir. Yo pertenezco al pueblo del que hablas, y cuando vean que sigues sin reaccionar mientras siguen muriendo de hambre, sin soluciones en el horizonte… se rebelarán.
—Te olvidas de que tengo los barcos de Kendra a mi disposición, ella me dará lo que necesito para mantener a la gente contenta.
—¡Y una mierda!
Ninguno de los dos se lo espera, mucho menos el príncipe, que recibe un ladrillazo en la sien. Sus ojos se ponen en blanco y cae de rodillas al suelo. Percibo el movimiento de su pecho, así que el golpe no ha sido fatídico. Una lástima.
—¿Qué estás esperando? ¿Una invitación formal para escapar de este sitio?
Miro a Kendra, que lleva el pelo rojizo revuelto a su alrededor.
Parece recién salida de la cama. Por los gestos de su cuerpo, sé que la devora un torrente de emociones.
No todos los días se noquea a un príncipe, eso seguro.
Levanto las cejas y señalo con la cabeza las correas que retienen mis muñecas.
—Ups, perdona.
Se acerca a mí y empieza a liberarme. No muestra ni una pizca de miedo, a pesar de que estoy cubierta en mi propia sangre.
—Cuidado —digo sin apenas fuerzas—. No toques mi sangre. Es peligrosa.
No dice nada, solo me dedica una sonrisa compasiva. Se deshace de su capa y me la tiende para que me cubra con ella. Al menos tiene la consideración de darme algo de dignidad.
—¿Lo sabías? —consigo decir con la voz temblorosa.
Creo que la gravedad de mis heridas está empezando a hacer mella.
—¿Que el príncipe era un demente? Claro que no, no te habría dejado acercarte a él.
—¿Entonces qué haces aquí?
—¿Me creerías si te digo que es por culpa de un cuervo?
No tengo tiempo de pedirle que se explique mejor, porque desde las escaleras que conducen fuera de este sitio se escucha la voz de Pasha que nos pide, de forma nada amable, que movamos el culo si queremos salir de aquí con vida.
—Mejor te lo cuento luego, ahora salgamos de este lugar.