CAPÍTULO 38 KASDEYA #2
Le pone la mano en el hombro para intentar llamar su atención y que responda, pero es tarde para eso.
Es posible que su garganta se esté cerrando con cada segundo, cortándole la respiración.
Solo salen gorgoteos de sus labios y desde aquí puedo ver los espumajos blancos acumularse en las comisuras de su boca.
Con espanto, su amigo retrocede un par de pasos, dirigiéndose fuera de la sala de torturas.
Echa a correr, supongo que para buscar ayuda o a un médico.
Para cuando llegue, ya estará muerto. Así de rápido actúa mi veneno.
Encadenada en este taburete, observo bien de cerca lo que soy capaz de hacer.
Esta vez no lo contemplo con terror, sino que casi doy las gracias a los dioses por haberme hecho así.
Al fin algo de placer en una existencia llena de agonía.
Su cuerpo es incapaz de seguir resistiendo la tortura que está sufriendo.
Cae de rodillas y lo veo convulsionar. La espuma de su boca se mezcla con la sangre que sale de todos los orificios de su cuerpo.
Algún día me encantaría que un experto me contara detalladamente qué es lo que sucede en el interior de mis víctimas.
Sé lo retorcido que suena eso, aunque soy yo la que está aquí con la espalda llena de cortes que posiblemente nunca tenga ocasión de curar, así que creo que tengo derecho a ser todo lo retorcida que quiera ahora mismo. Prefiero pensar en eso en vez de concentrarme en el dolor de mi cuerpo.
Los sonidos provenientes del guardia se silencian poco a poco a la vez que la vida lo abandona por completo.
Me observa con los ojos opacos y las facciones de su rostro retorcidas por el dolor.
Disfruto del silencio mientras dura, aunque no es mucho.
No llegan a mis oídos decenas de pisadas como esperaba, sino que solo escucho el ruido de un par de botas dirigiéndose hacia aquí.
Encuentro las fuerzas para levantar la cabeza y mirar al frente.
Ahí, con una calma absoluta, viene el príncipe Keir.
Pensar en él como solo un hombre y no la figura representante de su casa ya no parece posible.
Su rostro no revela nada, salvo cuando entra y con la bota golpea el cadáver que hay en el suelo para comprobar que, efectivamente, está muerto. Su cara se retuerce en desagrado.
—Menudo desastre has creado, Kas.
Supongo que el uso de la abreviatura de mi nombre podría ser una buena señal.
Tal vez no esté todo perdido y pueda hacerlo entrar en razón.
Sé que no he sido sincera con él ni una sola vez, pero yo no soy la culpable de este crimen.
Yo habría sido mucho más lista de haberlo cometido, pero no es algo que vaya a decir en voz alta.
—Yo no he matado a tu padre, Keir.
Suspira y camina a mi alrededor, chistando a la vez que revisa el estado de mis heridas.
Me inquieta no ver ni una pizca de compasión en sus ojos, ni siquiera cuando ve mi espalda destrozada.
Con cada segundo un frío glaciar se introduce en mis huesos.
No me gusta la sensación que tengo ahora mismo.
—Lo sé —dice a mi espalda—. Ha sido mi madre.
Escapa de mí un sonido de alivio, pero este dura poco cuando mi cerebro empieza a mandar señales de alarma. El vacío en su voz no es normal. Tampoco la tranquilidad pasmosa con la que ha mirado al guardia derrumbado en el suelo. Es casi como si nada de esto le sorprendiera.
—Me da muchísima pena que esto tenga que acabar así. Esa primera noche, cuando te vi en el baile, me robaste el aliento. Sigo creyendo que fuiste creada para mí, Kasdeya.
Por fin se planta frente a mí, manteniendo una distancia prudencial.
—Eres inteligente, hermosa y, sobre todo, tienes maldad dentro de ti.
—Su sonrisa, aquella que tantas veces he calificado como dulce, se transforma en una cruel—.
Eras la candidata perfecta, si no fuese por lo peligrosa que puedes llegar a ser.
Cuando me acerqué a ti esa noche y me dijiste tu nombre, no te negaré que casi sentí lo que es que te rompan el corazón.
De hecho, espero que esto te consuele… Cada vez que estaba cerca de ti, sentía que se me volvía a romper, una y otra y otra vez, porque sabía que esto acabaría así.
—Tú… Tú eres quien me contrató, ¿no es así?
—La famosa doncella del veneno, de quien nadie ha visto el rostro y ha vivido para contarlo. Tienes una fama de la que deberías estar muy orgullosa.
—Siempre supiste quién era.
—Por supuesto. Yo te fabriqué.
Sus palabras son un mazazo en pleno pecho, un golpe certero en la boca del estómago. Las piezas empiezan a encajar poco a poco en mi cabeza. Toda la información sobre Lendorr, las cartas al supuesto duque y sus respuestas… Detrás de ellas siempre estuvo él.
—Ni mi madre ni yo somos idiotas, conocemos o, mejor dicho, conocíamos muy bien a mi padre.
Uno de sus grandes defectos era ser un envidioso y, sobre todo, me envidiaba a mí.
En cuanto revelaste tu identidad, supe que tenía que acercarme a ti para que él se fijara en ti.
A lo mejor no eras la mujer más bella de palacio, pero el simple hecho de que para mí lo fueses era suficiente para que tuvieses su interés.
—¿Entonces por qué insistir en casarte conmigo?
—Porque te hacía más irresistible a sus ojos.
—¿Y de repente os han entrado las prisas a tu madre y a ti?
—Necesitamos ganarnos el cariño del pueblo.
La tragedia une a la gente, ¿no es así? Toda la corte te ha visto bailando con el rey maldito y debo decir que se os veía muy cómodos.
No será difícil hacerles creer que has asesinado al rey siguiendo las órdenes de Andras Berengar.
Por suerte estoy yo para tomar el mando y vengar a nuestro querido rey.