La doncella del veneno CAPÍTULO 38 KASDEYA
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CAPÍTULO 38 KASDEYA

Me despiertan con agua fría y, aunque no me corto en lanzar todos los improperios de mi repertorio, a ninguno parece importarle lo más mínimo.

Me sacan de la celda tirando de mí sin delicadeza.

Parece que mi estancia en ella va a ser breve, aunque ya me lo imaginaba.

Tampoco me llevan muy lejos, sino que nos paramos en una sala al final de todo este pasillo de celdas y horror.

Al ver lo que tengo frente a mí, me resisto.

Los guardias, viendo que no tengo planes de detenerme, me agarran del pelo con fuerza y me inmovilizan.

Me sientan en un taburete de madera, cuyas manchas narran torturas pasadas.

Apresan mis manos con grilletes cuyas cadenas conectan con el suelo.

El roce de ellas promete abrirme la piel de las muñecas. Solo será cuestión de tiempo.

En cualquier otra circunstancia, les avisaría del error tan grande que están a punto de cometer, pero no es el caso. Disfrutan desplegando su arsenal de instrumentos de tortura como una manera de empezar a minar mi moral. No estoy dispuesta a romperme, por mucho dolor que tenga que afrontar.

—Reconozco que tener que estropear una cara tan bonita como la tuya me parece un desperdicio —dice uno de ellos.

Se acerca con un cuchillo de hoja curva y levanta mi mentón con él.

—No tendríamos que hacerte daño si confiesas ahora.

—No voy a confesar un crimen que no he cometido.

—Es una lástima escuchar eso.

Lanza una mirada a su compañero que debería helarme la sangre, sin embargo, me encuentro en una calma infinita.

Si mi silencio les gana algo más de tiempo a Pasha y Astra, aguantaré esta situación tanto como pueda y, si finalmente la gravedad de mis heridas me lleva a los brazos de la muerte, al menos habré dejado de sufrir una existencia tan triste como la mía.

Ese pensamiento me tranquiliza aún más, la promesa de dejar de sufrir por lo que soy.

—¿Por dónde deberíamos empezar? ¿Tus ojos? O mejor… —Baja su mano hasta sujetar la mía y extiende mis dedos—. ¿Le arrancamos las uñas a la gatita?

—¿Tienes miedo de que te arañe con ellas? —replico con soberbia.

—Veremos si hablas con el mismo tono cuando acabe contigo.

Sin previo aviso, desaparece de mi campo de visión tras mi espalda y escucho el sonido de la tela al rasgarse cuando rompe la parte de atrás de la camisa.

Los trozos caen rotos en mi regazo, dejándome completamente desnuda.

Había poco que ocultase mi desnudez de sus ojos y ahora no hay absolutamente nada.

La punta de la hoja besa mi piel. Siento el escozor y algo deslizarse por mi piel.

Ojalá entrase en contacto con uno de ellos y esto acabase ya.

Giro el cuello para ver qué está haciendo a mis espaldas y veo la expresión sádica del guardia.

Cualquiera pensaría que le he hecho algo en el pasado, por la satisfacción que cruza sus rasgos ante la idea de hacerme daño.

O tan solo es un depravado que disfruta haciendo sufrir a los demás.

No dejo que mi cara muestre ni una pizca de horror al ver cómo juguetea con el látigo enrollado en su mano.

Se humedece los labios y, a su lado, su compañero se apoya en la pared y sacude la cabeza, como si estuviese más que acostumbrado a este comportamiento.

Debería sentirme halagada de que hayan mandado a uno de sus guardias más sanguinarios a sacarme una confesión.

Supongo que saben que no me romperé tan fácilmente y eso me hace pensar que el único que podría tener ese pensamiento sobre mí no es otro que Keir, o tal vez la reina.

Pensar en Keir me hace sentir momentáneamente un pellizco en el corazón.

Por suerte, ese sentimiento se ve reemplazado rápidamente cuando el látigo rasga el aire e impacta contra mi piel.

No hay nada que me proteja de la violencia, y aun así no pienso regalarles mis gritos.

Me muerdo el interior del carrillo, sintiendo la sangre explotar en mi boca.

Apenas me dejan espacio para recomponerme o respirar antes de que caiga el segundo latigazo.

Soy más consciente que nunca de mi cuerpo, puedo sentir la herida y cómo la piel se abre poco a poco.

No tienen ni idea de que sus actos podrían llevarlos a una muerte dolorosa si no se andan con cuidado.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Dejo de contar los latigazos cuando el dolor me nubla el pensamiento, concentrándome en que de mí no salga ni un mísero sonido que delate el dolor que estoy sufriendo.

Tal vez sea fruto de mi imaginación o Kora realmente está aquí, moviéndose entre los ladrillos de esta sala de tortura.

Mis ojos conectan con los de la serpiente, quien se queda completamente paralizada, salvo por su lengua.

No es el dolor de las heridas lo que hace que me escuezan los ojos con lágrimas, es ella.

Por idiota que parezca. El animal que en noches de insomnio me ha acompañado, la que se ha escapado entre mis faldas a los pasadizos y me ha librado de un rey maldito cuya proximidad confundía mis sentidos, la que esperaba paciente el paso de las horas conmigo…

ahora está aquí, como si supiese que mi final se aproxima y quisiera verme una última vez.

Compañeras en las buenas y aún más en las malas.

—Es una zorra dura de romper —comenta el compañero apoyado en la pared.

La voz del guardia asusta al animal. Se escabulle por un recoveco y espero en lo profundo de mi alma que encuentre la forma de salir de este maldito palacio.

—Da igual, todo el mundo se acaba rompiendo.

—¿Es esa manera de tratar a vuestra futura reina? —pregunto con una sonrisa que no pueden ver.

—Como si nuestro príncipe se fuese a casar con una asesina como tú.

Quiero reír ante la verdad de sus palabras.

Soy asesina, solo que no de su querido rey.

A cada minuto que pasa, empiezo incluso a cuestionarme si la persona que me contrató estará detrás de esto.

Si simplemente era el chivo expiatorio que necesitaba.

Quién mejor, con mi tasa de éxito y mis antecedentes.

—Oh, vamos, caballeros, no finjáis no estar extasiados ante la noticia de que el rey Deimos ha muerto. Todo el mundo sabe que era un inútil.

Mi torturador no responde, sino que hace descender el látigo sobre mí.

Tal vez tenga miedo de darme la razón y que alguien lo escuche.

Puede que incluso su compañero no sea tan fiel como parece y lo delatase a la primera de cambio.

Al fin y al cabo, los perros son fieles a las manos que les dan de comer y esas sin duda pertenecen a la familia real.

La gravedad de las heridas ha convertido mi espalda en una herida abierta que no para de sangrar, y lo sé porque tras un nuevo latigazo escucho un siseo de dolor.

Apenas tengo fuerzas para mirar por encima del hombro, pero el olor de la carne quemada me confirma lo que ya sospechaba. Mi sangre ha salpicado en el guardia.

—¿Qué diablos…?

El compañero frunce el ceño sin tener ni la más remota idea de lo que está ocurriendo. Mi torturador tampoco parece estar seguro, sin embargo, paga su frustración conmigo.

Latigazo.

Latigazo.

Latigazo.

La fuerza con la que me muerdo los labios y el interior de la boca han hecho que la sangre resbale por mi barbilla y salpique el suelo.

No puedo esperar a tener a cualquiera de estos dos desgraciados frente a mí, a escasos centímetros.

No saben lo que han hecho ni cuánto se están jugando.

No soy una doncella del veneno corriente, no llevo un pequeño frasco bajo la manga esperando a que lo vierta en la copa de mi objetivo, ni el veneno decorando mis labios después de mojarlos con mi dedo.

Yo soy el frasco. Yo soy el veneno. Y con cada latigazo están derramándolo, haciendo que circule libremente.

Si unas cuantas quemaduras lo han asustado, debería ver lo que soy capaz de hacer con un poco más de sangre y bien dirigida a mi objetivo.

—¿Se ven los músculos o el hueso? ¿O es que me estás tratando con delicadeza por ser mujer?

Dejo salir una carcajada agónica. Cada sacudida de mi cuerpo duele.

Eso parece enfurecer a mi torturador lo suficiente como para que agarre la silla y me dé la vuelta.

—Maldita zorra, ¿quieres morir? ¿Es eso? Pues entonces te daré lo que tanto quieres.

—No puedes, necesitas mi confesión, ¿recuerdas?

Saca de nuevo su arma de hoja curva y presiona el filo en mi pómulo, con la punta amenazante muy cerca de mi ojo.

Lo tengo donde quiero. A centímetros de mí.

Se dice que existen unas cobras que escupen su veneno además de inyectarlo, siendo una doble amenaza para el ser humano.

Supongo que me parezco más de lo esperado a las parientes de mi mascota.

Sonrío, segura de estar enseñando mis dientes cubiertos de sangre.

El rostro del guardia se tiñe de rojo, furioso al ver que sus intentos por romperme no han salido como quería.

Alza la otra mano, dispuesto a pegarme un puñetazo, pero lo dejo desconcertado cuando le escupo en el rostro.

La mezcla de mi sangre y saliva debería ser suficiente.

Da un paso atrás, con la rabia bullendo dentro de él. Supongo que no por mucho tiempo.

—¡Puta zorra! ¡Voy a cortarte la lengua y sacarte los putos dientes!

Su compañero parece ver que va completamente en serio y da un paso al frente para calmarlo y hacerle entrar en razón, sin embargo, acaba teniendo un primer plano de lo que soy capaz de hacer.

Los gruñidos de furia dan paso a unos gimoteos, al principio demasiado bajos para mi gusto, pero que poco a poco dan paso a una sinfonía que es música para mis oídos.

El otro guardia observa con extrañeza y horror cómo se retuerce y se cubre la cara con las manos.

—¿Qué demonios te ocurre?