La doncella del veneno CAPÍTULO 36 KASDEYA
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CAPÍTULO 36 KASDEYA

Me despierto en mitad de la madrugada con el mundo dándome vueltas.

A lo mejor debería haber hecho caso al consejo de Andras y no haber bebido tanto.

Tengo el estómago revuelto y un frío metido en los huesos que no desaparece, aunque esté metida bajo las mantas.

Pestañeo un par de veces, adaptando mi visión a la luz de la habitación.

Creía haber apagado las velas antes de dormir, pero veo que no es así.

Me incorporo, sujetando mi peso con el codo, y me aparto el pelo de la cara con la mano contraria.

Las mantas caen, rozando mi piel desnuda, y es entonces cuando comienzo a preocuparme.

Estoy segura de haberme ido vestida a la cama.

Nunca duermo desnuda, es algo que jamás he hecho y ni el cansancio o la borrachera han cambiado eso en todos estos años.

Me toco la sien donde comienzo a sentir un martilleo.

Frunzo el ceño. Me parece recordar toda la noche con claridad.

Estuve en el baile con Keir hasta bien pasada la medianoche, cuando los invitados empezaron a escasear y no parecía una falta de respeto desaparecer, volví a mi habitación acompañada del príncipe.

Compartimos un par de frases, era obvio que ninguno de los dos sabía cómo comportarse alrededor del otro.

Además, el rey maldito había vuelto a remover lo que había pasado y me sentía culpable.

Después me quité el vestido, retorciéndome bastante para conseguirlo y me puse el camisón. Estoy segura.

Un ligero olor a alcohol, puros caros y perfume de hombre serpentea bajo mi nariz.

Sostengo las mantas contra mi pecho y me giro para encontrar algo que no imaginaba encontrarme esta noche.

El rey está en mi cama, semidesnudo, y parecería que está apaciblemente dormido si no fuese por la sangre seca en la comisura de su boca o la que sale del resto de sus orificios: nariz, oídos, ojos…

El color miel de estos ha pasado a un segundo plano, ahora están inyectados en sangre.

Me da un vuelco el estómago y salgo despavorida de la cama.

Me golpea el corazón contra las costillas como un loco.

El mundo sigue dándome vueltas hasta que poco a poco soy consciente de mi entorno.

Esta no es mi habitación. Los muebles están decorados con oro, hay ropa de hombre desperdigada sobre una silla de escritorio, el aire parece cargado con el humo del tabaco…

Hay una colección de dagas expuestas en la pared que me haría reír ante lo ridículo de que un rey tan cobarde tenga algo así en la pared si la situación no fuese tan delicada.

¿Soy sonámbula y no lo sabía? ¿Mi yo inconsciente ha tomado las riendas y terminado mi misión?

Sea como fuere, tengo que salir de aquí antes de que alguien me encuentre.

A pesar de no recordar nada, no puede haber otra culpable.

Estoy buscando algo con lo que cubrirme para escapar de aquí cuando un pensamiento oscuro y que me deja completamente fría me asalta la cabeza.

¿Qué he hecho para conseguir mi objetivo?

Bajo la mirada por mi cuerpo, como si ahí fuese a encontrar la respuesta.

La sola idea me revuelve el estómago y tengo apenas tiempo de llegar al hueco de la chimenea para vaciar el contenido de este.

El frío que sentía antes no es nada comparado al de ahora.

Noto el sudor helado bañándome el cuerpo, el temblor en mis extremidades, la piel erizada y mis entrañas protestando de nuevo.

Vuelvo a vomitar, sintiéndome patética. Estoy aquí, a gatas, viéndome sacudida por la idea de lo que haya podido pasar cuando debería estar corriendo.

A cada segundo que transcurre empiezo a cuestionarme si lo que me pasa no se debe solo a la repulsión ante el pensamiento de haber yacido con el rey.

No me encuentro bien, no me siento normal.

Al ponerme de pie, el mundo da vueltas a mi alrededor y lo que tengo delante no se ve con la misma claridad.

Tengo la vista borrosa. Doy un par de pasos hacia la silla del escritorio donde me parece ver una camisa.

Espero que lo suficientemente grande para taparme hasta los muslos.

Mis pasos son torpes, de hecho, tropiezo en dos ocasiones hasta que puedo sujetar mi peso en el respaldo.

Solo he abrochado el segundo botón cuando el ruido metálico de pisadas se cuela por debajo de la puerta.

Levanto la mirada aterrorizada, pero es tarde.

La puerta de doble hoja se abre de par en par y un séquito de guardias entra al interior.

Ni siquiera dirigen una mirada a la cama, todos están concentrados en mí.

Me cuestionaría lo extraño de la situación si no estuviese entrando en pánico. La sangre se me va a los pies.

—¡Levante las manos!

Es estúpido, lo sé, pero corro hacia la pared y empuño una de las dagas.

No pienso dejarme apresar sin oponer resistencia.

Uno de los guardias intenta atraparme por la espalda y mi instinto de supervivencia actúa por sí solo.

Me giro y alzo el arma, clavándola directamente en su cara.

Hace ademán de llevarse la mano al ojo, donde he hundido la hoja hasta la empuñadura.

El resto de sus compañeros acuden deprisa, intentan agarrarme de los brazos pero me sigo resistiendo.

Me corto la palma de la mano y actúo como un animal salvaje, lanzando el líquido rojo al siguiente guardia que se me aproxima.

Se lleva las manos al rostro gritando de dolor.

El resto de sus compañeros observa la escena sin entender muy bien qué es lo que está sucediendo.

Estoy lista para matar al siguiente que se atreva a acercarse a mí.

La temperatura de la habitación cae aún más en picado cuando veo quién es el siguiente en entrar en la habitación. Parece recién salido de la cama, con las puntas del pelo alborotado, los labios hinchados por el sueño y los ojos nublados.

—Kasdeya…

El dolor que se refleja en su mirada es demasiado crudo para no ser real.

Mira hacia la cama con repulsión. Los guardias se encargan de ponerme de rodillas en el suelo, con los brazos estirados hasta el punto de que me duelen los hombros.

El príncipe camina hacia mí hasta que puedo ver la puntera de sus botas. Me mantienen con la cabeza agachada.

—¿Cómo has podido hacerme esto?

No me pasa inadvertido que no habla de su padre, sino de él. Su voz es una mezcla de rabia, tristeza y repulsión.

—Yo no he sido, tienes que creerme. Yo no lo he hecho.

Y no sé si estoy mintiendo. No tengo recuerdos de haber llegado aquí ni de nada de lo que ocurrió después.

Mi cuerpo se siente extraño, y dudo a cada segundo que pasa que sea una mala noche de borrachera.

Tampoco he bebido tanto como para estar así.

La idea de que haya droga en mis venas no me parece disparatada.

He sido entrenada para inmunizarme contra aquellas cosas que matan, pero no tanto para aquellas que adormecen la mente.

Se arrodilla hasta que quedamos cara a cara.

Me sujeta el mentón con dureza y algo se retuerce en mi pecho. Nunca pensé que él me miraría así.

La voz de mi cabeza empieza a reírse: «¿Qué esperabas que pasaría cuando mataras a su padre? ¿Te daría las gracias y te diría que te ama? Por favor, no seas ridícula».

—Si no has sido tú, ¿qué es esto?

Tira a mis pies un trozo de papel donde aparece garabateada lo que parece una confesión.

Sé que no lo he hecho yo, no es mi letra y jamás sería tan estúpida como para dejar una nota a mis espaldas, por mucho placer que me produciría atribuirme la muerte del rey Deimos y que todo el palacio lo supiese.

—Esa no es mi letra, eso no lo he escrito yo.

Aparta la mirada de mí, con clara repulsión y desagrado.

—Lleváosla.

Me levantan del suelo bajo la atenta mirada del príncipe y clavo mis ojos en los suyos esperando que sepa leer en ellos mi sinceridad porque cada vez estoy más segura de que esto no es cosa mía.

Esa nota no me pertenece. Alguien quiere inculparme.

Semidesnuda, me sacan de la habitación y me arrastran por los pasillos como si fuese simplemente basura.

Clavan sus manos en mi piel con fuerza y me hago daño en los pies cuando tropiezo con ellos.

Escucho puertas abrirse a nuestras espaldas, pero los gritos de los guardias obligan a quienes sean a volver a sus habitaciones.

Forcejeo tanto como puedo, intentando librarme de las manos que me retienen.

Una furia ciega me baña la vista cuando veo al final del pasillo a la reina Evara, ataviada con una bata de seda y su rostro inexpresivo como siempre, aunque en el fondo me parece sentir cierta satisfacción por su parte.

No tiene ni un pelo fuera de su sitio, como si aún no hubiese tenido tiempo de irse a la cama.

No sé de dónde saco las fuerzas, o si es que los guardias se han relajado pensando que yo ya me había cansado de oponer resistencia, pero consigo liberarme lo suficiente para correr hacia la reina.

Me atrapan antes de que pueda poner mis manos sobre ella.

Su cara y la mía quedan a centímetros de la otra.

—Has sido tú —la acuso. Y su falta de reacción parece confirmármelo—. Tú has matado al rey.

Sonríe de tal manera que sería capaz de helarle la sangre al propio Umbros. Si el resto observara con la misma atención que yo, se darían cuenta de que tienen delante a la asesina.

—Eres tú la que estaba desnuda en la cama de mi marido, no yo. Deja de hacer el ridículo, querida. Pensaba que eras más inteligente.

—Sé lo que estás haciendo —grito a la vez que los guardias me agarran mientras yo pataleo en el aire—. ¡Tú estás matando al pueblo! ¡Tú has matado al rey!

La sorpresa dura una fracción de segundo en su rostro antes de que vuelva a recomponerse y actuar con indiferencia.

Nadie parece prestarle atención a mis palabras, para su suerte.

Escupo hacia su rostro, pero los guardias tiran de mí y eso hace que mi saliva caiga al suelo, a escasos centímetros de sus zapatos.

Me obligan a seguir avanzando, aunque yo no dejo de mirar a mis espaldas, con los ojos clavados en la reina.

Sé que ella tiene algo que ver en todo esto.

Ahora lo tengo totalmente claro. ¿Tal vez descubrió mi presencia en los túneles y todo lo que vi? ¿Se lo dijo el rey maldito?

—¡Buscad a la doncella y al guardia! —grita alguien a mis espaldas.

Todas las advertencias de Pasha, las veces en las que me dijo que estaba jugando con fuego y que debería actuar rápido en vez de seguir alargando esto, se agolpan en mi cabeza.

Si le hacen daño a Astra por mi culpa no me lo perdonaré.

Lo mejor que podría pasarme sería morir, porque de otra forma no creo ser capaz de vivir con la culpa.

Intento encontrar lo que me queda de fuerza para seguir luchando.

Tal vez si lo consiguiese y fuese lo suficientemente rápida podría ir hasta las habitaciones de Astra y ayudarla a escapar por los túneles.

Si la reina realmente no sabe que conozco su existencia, podríamos tener una oportunidad.

Siempre que actuemos deprisa. Sin embargo, no encuentro esas fuerzas. Creo haberlas agotado con la reina.

Escucho el chirrido de una puerta abrirse y después el hedor de la suciedad y la carne podrida.

Bajamos unas escaleras húmedas en las que mis pies descalzos resbalan al bajar.

Los guardias me arrastran. Mi cuerpo es casi un peso muerto.

Estamos en lo que sin duda son las mazmorras del castillo.

Dejamos atrás varias celdas, algunas vacías y otras donde se asoman rostros que parecen llevar tiempo aquí.

Me pregunto cuáles son sus pecados, segura de que ninguno es tan grande como el mío.

Abren una puerta y, sin consideración alguna, me lanzan al interior.

Mis rodillas rozan la tierra y se pelan.

Ahogo un jadeo. Me pongo de pie como puedo y hago el estúpido intento de correr antes de que la puerta se cierre, pero es tarde.

El guardia que se resguarda al otro lado me lanza una mirada de suficiencia.

—Quiero hablar con el príncipe.

—No te encuentras en posición de hacer peticiones, asesina.

—¿Qué hacemos con ella? —pregunta otro.

—La reina ha dado la orden de sacarle una confesión.

—¿No tenéis una nota que supuestamente confiesa mis crímenes? —inquiero con una ceja alzada.

—Nadie te ha dado permiso para hablar, prisionera.

Y, para acompañar sus palabras, me golpea el estómago con la empuñadura de su espada.

El golpe me pilla tan desprevenida que acabo chocándome contra la pared de ladrillos mohosos.

Dejo salir un gemido de dolor y solo siento más rabia por el hecho de que ellos me vean así.

Su risa resuena en mis oídos mientras se marchan, y lo que sea que le ocurre a mi cuerpo cuando desaparece el peligro inminente, me deja completamente exhausta e incapaz de mover ni un solo músculo.

Mis pestañeos se vuelven pesados, y es en esos minutos previos a caer en la inconsciencia donde me permito rememorar todo lo ocurrido, encontrar aquello que se sale de lo normal.

Al principio estaba convencida de ser la culpable, a lo mejor soy sonámbula y no lo sabía, o simplemente el vino se me ha subido tanto a la cabeza que tengo lagunas.

Sin embargo, esa nota y esa letra no son mías.

Alguien me ha querido inculpar, y no sé por qué algo me dice que era alguien conocedor de mis verdaderas intenciones.

La sensación extraña en mi cuerpo, cada vez me queda más clara, es debido a algo que me han suministrado, una droga, una sustancia que se escapa de los registros de las doncellas del veneno.

«No se pase con el vino, sería una tragedia que acabara besando a alguien por error, ¿verdad?».

El rey Andras.

Ha sido él. Él es el culpable de todo esto. Puede que incluso esté aliado con la reina.

Entre parpadeo y parpadeo, mi cuello cae hacia un lado, y veo en la celda de al lado un cuerpo que, por su aspecto y olor, no puede pertenecer a una persona viva.

Si quedara algo en mi estómago, vomitaría.

Al menos tengo la certeza de que mi destino no será ese.

No, de mí harán un ejemplo público. Un espectáculo en el que la que más disfrutará será la reina.

Espero volver a tenerla frente a mí para poder gritarle lo hipócrita que es rezándole a los Eternos, sabiendo todo lo que hace a sus espaldas.

Caigo poco a poco en la inconsciencia, deseando que Astra y Pasha hayan huido antes de ser capturados.

Supongo que el no verlos aquí abajo conmigo es una buena señal.

O tal vez los han matado. En ese caso, es una suerte que yo vaya a seguir pronto sus pasos.

Aun así, no dejaré de luchar hasta que mi cabeza esté separada de mi cuerpo.

Es una promesa.