La doncella del veneno CAPÍTULO 35 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 35 KASDEYA #2

Asiento y paso por delante de él. Cruzamos los pasillos en silencio hasta el salón donde se llevará a cabo el acto.

Ya escucho el ruido del gentío dentro y me tomo solo un par de minutos para respirar profundo.

Pasha no suelta ninguno de sus comentarios bruscos.

Espera pacientemente detrás de mí, metido en su papel, aunque si lo que Astra ha dicho es cierto, esto no es diferente a lo que está acostumbrado a hacer en su día a día.

Con un movimiento de cabeza le digo a los guardias que vigilan las puertas que estoy lista para entrar y las abren.

Las miradas de toda la corte no tardan en caer sobre mí.

Mantengo el mentón firme y entre un mar de caras y ojos curiosos, encuentro unos de color verde que me miran como si siguiese siendo la misma chica de tan solo unos días atrás.

Me dirijo hacia Kendra con calma, no queriendo que nadie note lo incómoda que me hacen sentir.

Tiene una copa en su mano y con ella se cubre la risa pícara de los labios.

—No es divertido —protesto.

—A mí si me lo parece. Toda esta gente te tiene miedo.

—¿Miedo? Yo más bien diría que me vigilan como animales hambrientos.

—Puede que eso también, saben que serás la próxima reina, nunca está de más ganarse tu favor.

No creo que la actual reina esté muy contenta con esto.

He podido ver el hambre de poder que sin duda alberga.

Mi mirada se encuentra con la de Milena, quien desde el otro extremo de la sala se las apaña para hacerme saber que no está muy feliz con la noticia que se va a dar esta noche.

Supongo que guardaba todavía alguna esperanza a pesar de que sus interacciones con el príncipe han sido escasas y forzadas.

Fieles a sus costumbres, nadie de la familia real hace su aparición hasta que ha pasado el tiempo suficiente como para que todos los invitados se hayan hartado de vino y estén inquietos, esperando su llegada.

Por desgracia, hay alguien con sangre real que sí está aquí.

Apoyado contra una pared, en la zona más apartada y oscura, está Andras.

Lleva sus colores habituales, ropa negra y al parecer con bordados de plata en las solapas de su chaqueta.

A veces me parece sentir su mirada sobre mí, pero me obligo a no mirarlo más de lo necesario.

Intento fingir que mis ojos recaen en él por casualidad alguna vez que otra y no por la extraña sensación que siento en mi interior cada pocos minutos.

Jamás lo miro directamente, siempre de pasada.

No lo necesito para recordar el intenso dorado de sus ojos o lo sedoso que era su pelo negro entre mis dedos.

Al fin el sonido de unas trompetas marca la llegada de los reyes y, tras ellos, el príncipe Keir.

El mismo Keir que no hace mucho me devoraba con los ojos y que ahora no puede disimular su felicidad.

Qué diferente es la escena a la de la primera vez que nos vimos.

Lejos queda esa seriedad y esa sensación de que estaba simplemente aquí por deber.

No debería dejar que mi corazón hiciese cosas estúpidas ante ese pensamiento.

—Buenas noches a todos, mis queridos invitados e invitadas —saluda el rey Deimos—.

Sé que la espera ha sido larga, no solo hoy sino durante estas semanas donde nos hemos visto sacudidos por la desgracia.

—Finge sentir una punzada de tristeza—. Sin embargo, hoy no solo nos reunimos para celebrar el cumpleaños del príncipe.

Os dije no hace mucho que mi hijo estaba buscando esposa y la ha encontrado.

—Mira a todos los invitados, centrándose en los rostros de las muchachas, aunque en ninguno en concreto—.

Algunos habréis escuchado los rumores y otros os estaréis preguntando de quién se trata.

Mi hijo me ha contado que es una mujer excepcional, de una belleza sin parangón, un corazón gentil y una familia que ayudará a que Argevin sea aún más fuerte de lo que ya es.

Kendra, a mi lado, parece contener la risa.

Creo que las dos nos hemos dado cuenta de la falsedad de sus palabras.

Argevin no es fuerte, Argevin es un pueblo que muere poco a poco.

Estrangulado por el hambre, la enfermedad y las manos de sus monarcas.

Sin quererlo, mi mirada viaja hacia Andras, que ya estaba mirándome.

Sé lo que vi y recuerdo lo que él dijo. Aun así, no creo que sea inocente.

Él mismo me ha reconocido que no puede morir, y solo alguien peligroso y oscuro podría tener tal naturaleza.

—Por favor, Kasdeya Vikena, únase a nosotros aquí arriba.

Me he perdido el resto de su discurso y solo he salido del trance al escuchar mi nombre en los labios del rey.

A mi alrededor no paran de oírse murmullos, y camino con ellos a mis espaldas.

Subo los peldaños con los ojos del rey mirándome de forma pegajosa.

Keir se adelanta, esperándome para agarrarme de la mano en cuanto pongo el pie en el último escalón.

Sonrío de forma forzada, para nada cómoda con toda esta atención puesta en mí.

—Espero que estéis tan felices como nosotros por el príncipe Keir y su futura esposa. ¡Un brindis por la feliz pareja!

El rey Deimos alza su copa y acompaña al resto.

Me mira por encima del filo de su bebida.

Parece su forma de recordarme el supuesto acuerdo que ha alcanzado conmigo.

Seré la esposa de su hijo y su juguete. Keir aprieta mi mano con fuerza y me pregunto si ha notado algo extraño en el comportamiento de su padre. Se acerca a mi oído.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —digo con la garganta seca y rasposa—. Solo nerviosa.

—Siento no haberte ido a ver ayer, sobre todo después de…

Solo durante una fracción de segundos el color marrón de sus ojos se oscurece.

—No te preocupes, fue un día de muchos preparativos. Lo comprendo.

—Te prometo que a partir de ahora no pasará un día sin que nos veamos.

No puedo decirle que yo no estaré aquí para ver cómo cumple esa promesa.

—¿Tan obsesionado estás conmigo? —pregunto con coquetería.

Sé que el rey nos escucha.

—¿Te sorprende? Dime quién no lo estaría.

Parece casi una forma de hacerme saber que sabe que su padre guarda sentimientos inapropiados hacia mí.

De hecho, en cuanto aparto mi atención de él, veo a Deimos con una sonrisa oscura retorciendo sus labios.

Por otro lado, la reina parece querer matarme con la mirada.

No puede ocultar el descontento y desdén que irradia de ella en oleadas asfixiantes.

—¿Un baile para relajar los nervios?

Keir planta su mano enguantada frente a mí.

Coloco mi palma sobre la suya y dejo que nos lleve a la pista, donde nadie baila.

Los músicos empiezan a tocar una canción suave y durante el primer minuto de los acordes toda la corte nos observa hasta que deciden que ha pasado el tiempo suficiente para unirse a nosotros.

Agradezco dejar de ser el foco de tantas miradas.

—Mi padre me ha preguntado cuándo será la boda, ¿tienes alguna preferencia? —pregunta, llenando el silencio.

—¿La tienes tú?

—¿Qué te parece en dos meses? Cuando comience la primavera.

—¿Será suficiente? Sé que ahora mismo hay muchas cosas que requieren de tu atención.

—Nos las arreglaremos —asegura con una sonrisa—. No te preocupes. Vamos a hacer las cosas bien, estoy seguro.

Debería fingir estar contenta, sé que los invitados esperan que me deshaga en sonrisas. Si supieran la verdad…

Nos detienen varias veces para felicitarnos, aunque no estoy segura de que lo hagan de corazón.

Los hombres lo miran a los ojos como si estuviesen alabándolo por la elección que ha hecho, tal vez con un poco de envidia, y las mujeres no pueden disimular sus miradas llenas malicia.

Estoy segura de que ocuparían mi lugar sin rechistar si se les diese la oportunidad.

—Los barcos de la familia de Kendra llegarán en unos días —dice sin previo aviso.

Abro mucho los ojos, sorprendida ante tal información y también un poco aliviada.

—Eso es estupendo, ¿no? Aunque no creo que sea suficiente para aliviar al pueblo.

Sacude la cabeza.

—Sé que no, pero es un paso adelante. Después de todo este tiempo, parece una pequeña victoria.

Lo que pasó el otro día con Andras, ver que nada de lo que mi padre ha hecho ha dado resultados…

Me siento ridículo, ¿sabes? Tiene razón al decir que no conozco la crueldad de la guerra, jamás he estado en una, pero sabía que él no nos daría la solución que esperamos.

Está maldito por una razón, y estoy seguro de que los Eternos saben de su maldad, por eso lo castigaron así.

Lo afirma totalmente convencido de lo que dice y, como si la mención de su nombre fuese suficiente para invocarlo, la sombra de su figura se cierne sobre nosotros, acompañada de ese característico aroma que lo rodea.

Hasta ahora no me había dado cuenta de que es superior en altura al príncipe.

Dibuja una sonrisa que quiere aparentar inocencia, aunque no lo consigue.

Al verlos tan próximos no puedo evitar ver las diferencias.

Son la luz y la oscuridad. El sol y la luna.

Ángulos afilados y letales contra bordes redondeados y delicados.

Ojos dorados llenos de malicia y promesas perversas frente a dos pozos marrones que prometen besos dulces y susurros en la noche.

—¿Le importa si bailo con su prometida? Me gustaría tener el honor de un baile con la futura reina antes de regresar a Valyndra.