La doncella del veneno CAPÍTULO 35 KASDEYA
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CAPÍTULO 35 KASDEYA

Mis planes para encontrar respuestas a las preguntas que me asolan se ven arruinados completamente por un día lleno de preparativos.

Cuando tengo algún momento libre o en el que no tengo a Astra encima de mí, aprovecho para escaquearme y buscar a Keir, pero no tengo éxito.

Al parecer se ha recluido en la sala de guerra con los consejeros de la corte y lleva ahí horas.

No se espera que esté disponible pronto, o eso me hacen saber.

Resignada, regreso a mi habitación, donde me vuelvo a ver asaltada por un séquito de mujeres que dicen venir para probarme diferentes joyas y tocados para mañana por la noche.

Hasta que no se marchan todas y me quedo a sola no me doy cuenta de lo mucho que me costaba respirar a su alrededor.

Aun así, el silencio tampoco es algo a lo que le dé la bienvenida con los brazos abiertos.

Los recuerdos de todo lo que pasó ayer no solo me persiguen ahora, sino que lo han hecho durante toda la noche, en mis sueños.

Parece imposible borrar mis pecados. Ni las atenciones de Keir harán que olvide que he disfrutado de las caricias del enemigo.

Eso es lo peor, saber que lo disfruté. Que por unos segundos me sentí una chica normal.

El rostro de ese pobre hombre también me atormenta cada vez que cierro los ojos, y este conocimiento me está ahogando.

No sé si seré capaz de mirar a la reina y disimular.

Me encantaría gritar a los cuatro vientos los asuntos a los que atiende de noche.

Poco a poco me doy cuenta de que nos lideran un par de monstruos, cada uno de ellos por motivos diferentes pero, al fin y al cabo, depredadores.

Astra abre la puerta de su habitación y entra a la mía, no sin antes mirarme pidiendo permiso.

La verdad es que agradezco que haya venido y la distracción que pueda suponer.

Me ayuda a cambiarme de las ropas del día y ponerme la de dormir. Nos sentamos en el tocador y me arregla el pelo con delicadeza. No destroza las ondas de mi pelo, sino que las respeta y potencia.

—¿Por qué haces todo esto? Sabes que en realidad no eres mi doncella.

—Me siento más útil cuando lo hago —dice mirándome en el reflejo del espejo con una sutil sonrisa.

—Antes de esto, ¿a qué te dedicabas?

—Bueno, hago aquello en lo que se me necesite. Sobre todo, me dedico a atender heridos y enfermos.

—¿Eres curandera?

—Bueno, yo no iría tan lejos. Hago lo que puedo.

—Eso es maravilloso, Astra.

Mi mirada baja a sus manos, pequeñas y delicadas. Sin besar por la crueldad de este mundo, a pesar de que deben haber visto algunas de sus caras más feas cuando ha atendido a enfermos y heridos. Mi cumplido hace que sus mejillas se coloreen de un vívido rosa.

—¿Y Pasha?

Se muerde el labio, como si estuviese preguntándose si responder o no.

No necesito ser muy lista para darme cuenta de que no soy la persona favorita de Pasha y su hermana, por supuesto, lo sabe.

Seguramente se está cuestionando si revelar detalles sobre la vida privada de su hermano es algo que este querría.

—Es… algo parecido a lo que es aquí.

—Oh.

Mi mente se mueve a toda velocidad, intentando descifrar a qué se referirá realmente.

No obstante, decido no presionar con el tema.

La conversación está siendo lo bastante agradable como para no querer arruinarla con algo que en realidad carece de relevancia.

Nada de esto importará cuando nuestros caminos se separen, posiblemente jamás volvamos a vernos las caras.

En el fondo creo que siento algo de pena, la compañía de Astra ha sido una constante durante este proceso y aunque no es la persona más habladora del mundo, sé que ha hecho un gran esfuerzo por mostrarse más cercana.

Entiendo que no es fácil estar cerca de alguien como yo, a veces ni yo misma querría estar conmigo.

—¿Y cuáles son tus planes cuando salgamos de aquí?

—Me conformo con volver a casa.

—Y… ¿te espera alguien allí?

Levanta la mirada de lo que está haciendo para clavarla en la mía a través del espejo.

—¿Te refieres a un amante?

—Bueno… —Me muerdo el labio, nerviosa—. Supongo que sí.

—¿Por qué? ¿Te has enamorado de mí?

Lo dice de forma tan seria que me pregunto si realmente lo cree. Por suerte la expresión de su rostro cambia lentamente hasta mostrarme que solo está bromeando. Sacudo la cabeza.

—Pese a todo lo que he visto de ellos, he descubierto que por desgracia me gustan los hombres.

—Estoy en el mismo barco que tú.

—¿Y bien?

—No, no hay nadie esperándome al volver. Ni un amante ni más familia aparte de Pasha.

—Lo siento.

—Ha pasado mucho tiempo, ya me he hecho a la idea.

Deja salir un suspiro y suelta el peine en mi tocador, dando por finalizada su tarea.

Está a punto de darse media vuelta y desaparecer en su habitación, lo sé y por eso le hago otra pregunta.

En parte porque necesito conocer la respuesta, pero también porque la idea de quedarme sola con mi mente me asusta.

—Entonces, ¿se hace más sencillo con el paso del tiempo? La pérdida.

Se humedece los labios y puedo sentir cómo se pierde durante unos instantes en su mente. Posiblemente pensando qué responderme.

—Tristemente, sí. El tiempo borra los detalles, el sonido de su voz, el tono exacto de sus ojos, cómo se oía su risa.

El tiempo borra todo, incluso las heridas.

Tal vez un día, sin previo aviso, huelas algo en mitad de la calle que te trae de nuevo a esa persona y entonces los recuerdos te asaltan y pasas el resto del día con un pinchazo en el corazón.

Porque te darás cuenta de que llevabas más tiempo del que pensabas sin reparar en la ausencia de ese ser querido.

Pero pasará una semana y volverás a olvidar.

Sé que tiene razón. Ya no recuerdo la voz de Zia, y solo los ojos de su hija me recuerdan el tono de su mirada.

Para otra persona podría resultar ridículo que su muerte me siga afectando así años después; no obstante, es el recuerdo constante de que mis actos tienen consecuencias, aunque no sea yo directamente quien las sufra.

Mi egoísmo hace sufrir a inocentes. Inocentes como el pueblo, quienes sufren a manos de unos reyes crueles mientras que yo me paso la noche en vela preocupada por cosas tan inútiles como mis sentimientos.

Debo acabar con esto ya y, quién sabe, a lo mejor no debería solo matar a un rey sino también a una reina.

—La muerte afecta a los vivos más que a los que se han ido. Lloramos realmente por nosotros, por lo que hemos perdido, por lo que ya no podremos vivir a su lado, pero ellos son felices allá donde estén. Han dejado de sufrir la crueldad de un mundo que demuestra más de una vez que no nos ama.

Tal vez se ha dado cuenta de lo mucho que me han abrumado sus palabras, pues se retira sin decir nada más.

Antes de verla desaparecer, la expresión de su rostro se me queda grabada.

Es la cara de alguien que ha sufrido y perdido mucho.

Eso me hace sentir algo de empatía hacia Pasha también, a pesar de nuestras diferencias y de no soportarnos la mayoría del tiempo.

Esa noche mi mente tampoco se queda en blanco y tranquila, me asalta con rostros que no conozco, todos ellos me miran con resentimiento y me gritan que la culpa es mía.

Que yo los he matado. Me despierto cuando el sol ya está en lo alto, con el sudor bañando mi cuerpo.

Solo tengo unos minutos para recomponerme antes de que el mismo séquito de mujeres de ayer entre en mi habitación, instigándome a comer y colmándome de atenciones en cuanto termino.

Astra también está entre ellas, lanzándome miradas cómplices cuando nadie nos ve.

No creía posible que un cuerpo pudiese untarse en tantos aceites y cremas hasta este día.

Más que para un baile, parecen estar preparándome para algún rito ceremonial.

Pido que nos dejen a solas a mi doncella y a mí, queriendo que sea ella quien se encargue de mi pelo.

Es algo que ya se ha convertido en un ritual entre nosotras y no quiero que hoy sea diferente.

La modista llega en plena tarde y me muestra su vestido, que una vez puesto, reconozco que roba el aliento.

Es de un fuerte color verde, con bordados en dorado que estoy segura que han sido creados con hilo de oro.

El tono resalta aún más el color de mis ojos y de mi piel bronceada.

La parte superior del vestido se ciñe perfectamente a mi cuerpo, resaltando mis pechos sin llegar a lo obsceno.

Las mangas son de un color más claro y un material que se transparenta.

En el momento en el que Astra se coloca detrás de mí y rodea mi cuello con un collar de esmeraldas, entre su mirada y la mía se produce una conversación.

Sé que espera de mí que ponga punto final a esto y puede que la conversación que mantuvimos me haya dado el coraje que necesito para hacerlo. No tengo más tiempo para vacilaciones.

Esta noche, con suerte, tal vez consiga respuestas y evite tener un encuentro incómodo con el rey maldito. No creo pedir tanto.

Tocan a la puerta y veo asomar a Pasha, quien está vestido con las ropas más elegantes que le he visto jamás.

Sigue dejando claro que es mi guardia, pero hoy parece el guardia de una futura reina, que es lo que soy a ojos de todo el mundo.

En teoría hoy se hará el gran anuncio y en poco tiempo se decidirá una fecha para el esperado día.

Aun así, los rumores ya han comenzado a circular.

—¿Estás lista?