La doncella del veneno CAPÍTULO 34 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 34 KASDEYA #2

—Estoy seguro que Uzur te creó para pecar. Mírate, eres una visión.

A pesar de que sus palabras alimentan mi ego y me hacen sentir bien, no puedo dejar de pensar en por qué hago esto.

Estoy dispuesta a entregarle mi cuerpo a cambio de algo de consuelo, de deshacerme de parte de mi culpabilidad.

Como si esta intimidad pudiese arreglar todo lo que he hecho, desde las mentiras hasta los besos con el enemigo y todo lo que vendrá después.

¿Keir llorará la muerte de su padre? ¿O se alegrará?

Tal vez… No, no puedo pensar en eso. Aunque no haya amor entre ellos, su deber lo llevaría a buscar venganza y castigar por sus crímenes al culpable.

—Y ahora que me tienes a tu merced, ¿qué vas a hacer conmigo, señorita peligrosa?

El color chocolate de sus ojos ha desaparecido dando lugar a dos pozos negros.

—Recuéstate sobre las almohadas.

Sonríe, al parecer excitado con la idea de que le dé órdenes.

Obedece, aunque no por completo, pues tira de mi muñeca y me lleva consigo.

Quedo a horcajadas sobre las sábanas, cerca de él.

Su mirada me consume sin vergüenza alguna.

El peso de sus ojos bajando por mi cuerpo, deteniéndose en mis pechos y l uego prosiguiendo por mi ombligo hasta llegar al vértice entre mis piernas eriza toda mi piel.

—Tócate —digo con tono bajo.

Su sonrisa se hace más amplia, mostrándome los dientes, aunque tiene un pequeño toque oscuro que me sorprende. Estoy acostumbrada a sus gestos risueños, algún coqueteo indiscreto, pero desde la noche en el burdel no he visto la lascivia tan clara irradiando de él.

—Solo si me das algo que ver mientras lo hago.

—¿Mi desnudez no es suficiente para ti?

Baja la mirada a su miembro.

—Sabes que sí. —Agarra mi mano y con los dientes tira de la punta de uno de los dedos, llevándose con la boca el guante—.

Pero no me parece justo ser el único vulnerable aquí.

Si no quieres que sea yo quien te toque, hazlo tú.

Muéstrame otra vez cómo te ves cuando te rompes.

Recuérdame cómo se escucha el placer al salir de tu boca.

Sin previo aviso deja salir un hilo de saliva que empapa mis dedos y, aprovechando mi sorpresa, lleva mi mano hasta mi sexo, asegurándose de que me acaricio ahí donde más lo necesito.

El impulso de cerrar las piernas para aliviar la sensación tan intensa es inmediato, pero chista para frenarme de hacerlo.

Agarro su mano con la mía libre y la llevo hasta su erección para que empiece a darse placer.

Aprieta los dedos alrededor de la base y veo la punta cubierta de su excitación, furiosa, pidiendo alivio.

Mi respiración cada vez es más acelerada, al igual que sus movimientos y los míos.

El miedo me sujeta la garganta a la vez que el deseo susurra en mi oído.

Muevo mis dedos a lo largo de mis labios humedecidos, el pensamiento de que tengo su saliva en una parte tan íntima solo incrementa la lascivia que gotea de ambos.

Es lo más cerca que estaré de tener su boca entre mis piernas y sé que es un pensamiento pecaminoso, pero en un momento como este no encuentro la capacidad para sentir vergüenza, solo hay pensamientos oscuros rodeando mi cuerpo, incitándome a seguir.

Observo cómo pasa el pulgar por el glande y se lleva la humedad que ahí se acumula.

Dejo salir un jadeo que él acompaña rápidamente con un gruñido.

—Disfruta de esto, Kas —dice entre respiración y respiración—. Porque una vez que seas mía no pienso follarme mi puño y esos ruiditos tan excitantes no serán culpa tuya, sino de mis manos y mi polla.

Sus palabras me impactan de la mejor forma, ganándose un gemido.

Tanteo con la punta del dedo mi entrada y es el tirón de su mano libre en mi pezón lo que me da el empujón que necesito para deslizarlo dentro de mí.

Mis paredes lo aprietan, pidiendo que libere mi cuerpo de esta agonía lenta.

Keir clava su atención en lo que hago, consume cada uno de mis movimientos, y eso solo hace que el latido de mi corazón vaya más rápido.

Mi humedad empapa mi dedo y se desliza hasta mis nudillos.

Estoy segura de que habrá una mancha en las sábanas cuando termine.

Estupendo, tendré que preocuparme de deshacerme de ellas antes de que ocurra una desgracia.

Me fijo en la fuerza con la que empuña su miembro, en las venas que lo recorren tanto a él como a su mano. El calor ya ha subido por su pecho y colorea sus mejillas.

—Keir… —susurro.

—Así es, di mi nombre cuando te rompas.

Abro más las piernas y añado un segundo dedo.

Los curvo en mi interior, como sé que me gusta, para alcanzar más rápido el clímax.

Fijo mi atención en lo que hacen sus manos.

La piel de su miembro se estira con cada sacudida y la forma en que se contrae su abdomen es señal de que está tan cerca como yo.

Mis gemidos y los suyos crean una sinfonía que retumba en las paredes de la habitación.

—Keir.

—Dilo más alto. Quiero que te escuchen, Kas.

—Keir…

No sé quién de los dos llega primero, tal vez yo caigo antes y él me sigue por el precipicio, pero observo fascinada cómo da las últimas sacudidas y mancha su cuerpo con su semen. Mi propio orgasmo se desliza libremente por mi pierna, confirmándome que tendré que ocuparme de esto inmediatamente.

Nos quedamos en silencio, recuperando el ritmo normal de nuestra respiración, sin dejar de mirarnos.

Una parte de mí está fascinada ante lo que acabamos de hacer.

Creía imposible cualquier tipo de intimidad, aunque claro, ningún hombre me ha dado confianza suficiente como para explorar y tampoco es que ellos quisieran eso conmigo.

Solo querían la calidez momentánea que creían que mi cuerpo les brindaría, y el silencio que sus monedas me obligaría a mantener.

Al menos tengo la satisfacción de saber que eran personas horribles que ya no están.

Keir se reincorpora y baja la mirada solo un momento al desastre que hay sobre sus abdominales. Se despeina con los dedos y, por una fracción de segundo, parece avergonzado. Me dedica una sonrisa pequeña.

—Deja que limpie… esto.

Aprieto los labios para contener una carcajada y asiento con la cabeza.

En cuanto lo veo desaparecer en su sala de baño, arranco las sábanas de la cama y me pongo la camisa, intentando poner alguna barrera entre nosotros.

Cuando regresa a la cama, no parece extrañarse ante lo que he hecho, o prefiere ignorarlo.

Estoy de rodillas sobre el colchón y oculto mis manos bajo mi cuerpo.

—¿Estás bien?

—¿Y tú?

Busco su mirada y lo que veo es puro. Es imposible que él sea un monstruo. Eso solo lo soy yo. No merezco su afecto.

—Yo estoy bien… Más que bien. Pero he sido yo quien ha preguntado, Kasdeya.

Hace ademán de acariciarme la mejilla, y le dejo durante unos segundos en los que me pierdo en la suavidad de su contacto. Me toca como si fuese algo sagrado. No son las manos de un mal hombre. No pueden serlo. Me niego a pensarlo.

—Estoy bien. Cansada.

Se tumba a escasos centímetros de donde me encuentro, con la espalda apoyada en el cabecero y los tobillos cruzados.

—¿Por lo que acabamos de hacer o por tu escapada nocturna? —Me mira con interés, aunque no veo enfado—. Llevas la ropa con la que te pillé en el burdel. Así que solo puedo suponer que vienes de un paseo nocturno.

—¿Y no vas a decirme nada?

—¿Quieres que lo haga?

Si hiciese preguntas, ¿qué le diría? ¿Confesaría la verdad?

¿Le contaría lo que he visto? ¿Le pediría que me confirme que él no tiene nada que ver con lo que hace su madre?

Es algo que necesito saber, pero el pestañeo cansado de sus ojos me dice que no es el momento.

Me atrevo a alargar la mano y acariciarle el pelo.

No una ni dos veces, sino tantas como son necesarias hasta que su respiración se hace pesada y cae en un sueño agradable.

Enredo los dedos una última vez en sus mechones y me aparto.

Junto al fuego hay una manta que uso para cubrirle el cuerpo.

Recojo lo que queda de mis pertenencias antes de salir de la habitación con las sábanas bajo mi capa.

Las miradas que recibo por parte de los guardias me dicen que han escuchado perfectamente lo que ha pasado ahí dentro.

No siento vergüenza, perdí esa capacidad hace tiempo.

Cuando estoy de vuelta en mis aposentos, lo primero que hago es arrojar las sábanas al fuego y observar cómo las llamas las consumen poco a poco.

Lo que he hecho esta noche ha sido muy arriesgado y lo peor es que, salvo el placer momentáneo, no me siento mejor que antes.

No sé qué esperaba.

Mostrarme desnuda frente a Keir y provocarle un orgasmo, aunque no haya sido con mi propia mano, no iba a arreglar nada. Hoy sin duda no es mi mejor noche.

Intento irme a la cama y no darle más vueltas al asunto, cosa que parece imposible.

Kora repta por la cama y la siento hacerse un ovillo en el hueco que hay debajo de mis manos, entre mi pecho y el vientre.

Es como si ella pudiese sentir mi desconsuelo.

Mi cabeza viaja al beso una y otra vez, solo interrumpido por las imágenes de ese hombre retorciéndose bajo la mirada fría y calculadora de la reina.

Mañana.

Mañana haré preguntas.