CAPÍTULO 34 KASDEYA
Sin esperar el ofrecimiento me acerco al fuego, con la esperanza de disipar el entumecimiento de mi cuerpo, aunque sé que no es cuestión de frío.
Al principio rehúyo su mirada y debo confesar que, al verlo así al abrir la puerta, casi he sentido deseos de que hubiese alguien más aquí dentro.
Tal vez así no me sentiría tan mal. Mientras que él luchaba contra los deseos de sus padres para tomarme como reina y tenerme a su lado, yo estaba fraternizando con el enemigo.
Ya que estoy aquí debería hacer preguntas, indagar sobre lo que he descubierto y ver si la persona que está frente a mí es la que pensaba que era, sin embargo, no siento que tenga derecho a hacerlo ahora mismo.
—Di algo, por favor.
Al fin me atrevo a mirarlo y a pesar de mis ganas de romperme, no lo hago. Se acerca más a mí y sostiene mis manos entre las suyas. Aunque llevo guantes, el calor de su piel se filtra hasta calentar la mía.
—¿Qué ves cuando me miras? —pregunto.
—¿Qué veo cuando te miro? —repite, y sé que tiene una sonrisa en su boca—. ¿A qué viene esa pregunta?
—Por favor… —suplico.
No es consciente de que estoy al límite.
Los acontecimientos de estos últimos días, ligados a los de esta noche, me están llevando a un lugar al que pensaba que no volvería después de la muerte de Zia.
Presumo de controlar mi cuerpo, ¿pero mi mente?
Creo que ahora mismo es mucho más peligrosa y me lleva a cometer imprudencias.
—Veo inteligencia, coraje, rebeldía. Por supuesto, belleza. Una como ninguna otra.
—¿Y las cosas malas?
Inclina la cabeza, divertido.
—Creo que tanto tú como yo sabemos que las cosas malas no las llevamos escritas en la cara para que todo el mundo las vea. —Suspira—. Así que dímelo tú, ¿cuáles son tus cosas malas? ¿Qué es lo que te está frenando de ser feliz con mi propuesta?
Ahora mismo no es la razón quien habla.
—Soy una mentirosa.
—Nada que no supiese ya —responde con una sonrisa arrogante.
—Te haré daño. Soy peligrosa.
—Estoy aterrorizado.
Él no lo comprende. No es capaz de entender el alcance de mis palabras.
Cuanta verdad hay en ellas. La única forma de que me crea sin pensar que estoy loca sería demostrándoselo con actos y eso no es algo que esté dispuesta a hacer.
Roza el dorso de mi mano con el pulgar y ese pequeño gesto solo trae de vuelta el pecado que he cometido hace apenas un rato.
Cuando cierre los ojos esta noche ¿rememoraré el momento?
¿Sentiré sus manos y su cuerpo contra mí?
¿Me perseguirán sus ojos dorados? Cierro los párpados con fuerza, intentando frenar a mi cabeza.
Keir se da cuenta de que algo no está bien y me agarra de los antebrazos, para llevarme hasta una de las butacas próximas al fuego. Me dejo caer con suavidad en el asiento. Él se pone de cuclillas frente a mí, sin dejar de tocarme.
—Sé que escondes secretos y que, por protegerlos, harás lo que sea necesario. No te juzgo y no te voy a obligar a que me los cuentes. Solo te pido que seas un poco egoísta y que si existe en ti una parte que desea estar a mi lado, le hagas caso.
—¿Y si no existe?
Arquea una ceja, y no sé cómo consigue mostrar algo de humor a pesar de que la conversación parece muy seria.
—Para decir ser una mentirosa, se te da muy mal.
—Juguetea con mis dedos y desearía en este momento no tener mis guantes para poder sentir su piel, con la esperanza de que el contacto borre lo que ha pasado—.
A expensas de parecer un engreído, sé cuándo una mujer siente deseo por mí.
No miras a un hombre con el que no quieres nada de la forma en la que tú lo haces.
Al parecer mi cuerpo no lo desea solo a él, si tengo en cuenta la reacción que he tenido ante el rey maldito. Cómo he seguido el beso, actuando como un animal hambriento.
—Digamos que tienes razón, sigo siendo peligrosa para ti.
—Claro que eres peligrosa para mí, callas a la voz sabia de mi cabeza.
No lo comprende. Solo lo hará cuando se lo muestre, y no creo que sea capaz de soportar que dos personas conozcan esta noche de lo que soy capaz.
No sé si estoy preparada para ver cómo cambia la forma en que me mira, pues estoy segura de que lo hará.
Aunque el rey me obligue a casarme con el príncipe, su muerte sigue siendo mi misión.
Así que no puedo desvelar mi secreto, sería demasiado arriesgado.
Interpreta mi silencio como señal de rendición y desliza su mano a lo largo de mi brazo hasta llegar a mi cuello.
Se levanta y aproxima el rostro al mío, dándome tiempo para reaccionar.
Y así lo hago. Antes de que sus labios rocen los míos, me muevo y acaba besando mi mejilla.
No parece molestarle, de hecho, deja sus labios posados ahí más tiempo del que se esperaría.
Mi corazón empieza a hacer otra vez de las suyas, pensando en todas las cosas que pueden salir mal.
Controla tu cuerpo, Kasdeya.
No dejes que te domine.
—¿Estás reservando los besos para el matrimonio? —pregunta, divertido.
—Algo así —respondo con la respiración entrecortada.
Roza mi mentón y baja por la columna de mi garganta; siento partes de mí erizarse bajo su contacto.
Cierro los puños y me digo que por eso he venido.
Necesito borrar lo que he hecho con otras caricias.
Necesito suplicar perdón en silencio. Sigue bajando por los botones desabrochados de mi camisa, explorando.
Debajo no encontrará nada más que cubra mi desnudez, así que sé lo que está viendo.
Mis pechos, con los pezones erizados y ligeramente más oscuros que el tono de mi piel.
Me mira a los ojos y me pide permiso con ellos.
Me quedo completamente muda; mis cuerdas vocales congeladas ante la oleada de sensaciones.
La culpabilidad es demasiado fuerte como para permitirme parar.
Necesito esto con la esperanza de que erradique lo demás.
Pone la palma sobre uno de mis pechos y juguetea con el pezón, rozándolo con la yema del pulgar.
Abro los labios para dejar salir una bocanada entrecortada.
No estoy acostumbrada a caricias tan gentiles, mi cuerpo solo ha conocido la violencia de los que estaban a punto de morir.
Esto se parece a la adoración y no creo merecerla.
Sería mucho más fácil para mí si actuara con avaricia, como si fuese un mero producto que consumir.
Igual que ha hecho Andras. Ahora mismo me siento demasiado sucia y sus manos parecen demasiado puras para alguien como yo.
No sé qué me pesa más, haber besado a Andras y disfrutarlo, o estar mintiendo a Keir constantemente sobre mis verdaderas intenciones. Tal vez sea cierto y exista deseo por mi parte, sin embargo, eso nunca ha sido tan importante como cumplir mi objetivo.
Salgo de mis pensamientos en el momento en el que noto el roce de unos dientes en mi pezón, tirando de él con delicadeza.
Me permito solo unos segundos para disfrutarlo y luego el miedo toma posesión de mí.
Lo agarro por los hombros para apartarlo de ahí, pero no me detengo solo con eso.
Me levanto y guío mis manos por encima de su camisa, deshaciéndome de los botones.
El calor se filtra a través de la seda de mis guantes.
Acaricio las superficies de su pecho, musculosas, propias de un h ombre que pasa largas horas entrenando.
Se nota que su piel ha sido besada por el sol y no hay ni una sola marca que rompa una imagen tan perfecta.
—Ya veo —dice—. Nada de besos, pero tocar y mirar está permitido.
—Para mí sí.
Espero que entienda las implicaciones de lo que he dicho.
—Espero que sepas que cosas tan ridículas como la virginidad no significan nada para mí. No tienes que guardar nada para nuestro matrimonio.
Arqueo una ceja y, por primera vez desde que entré en la habitación, siento que he recobrado algo de mi verdadero yo.
—¿Crees que no te dejo tocarme por miedo a perder mi virginidad?
—Puedo ser muy convincente con las manos.
Me guiña el ojo y respondo dándole un tirón a su camisa, deshaciéndome de ella. Queda con el torso desnudo, pero eso no es lo que más llama mi atención. El bulto en sus pantalones es difícil de ignorar.
—¿Piensas hacer algo al respecto?
Alzo la mirada hasta la suya y, con desafío en los ojos, llevo mi mano hasta su erección y la acaricio por encima del pantalón.
Sisea entre dientes y se muerde el labio de una forma dolorosamente sensual.
Lo que daría por que fuesen mis dientes y no los suyos.
No obstante, ese pensamiento dura poco, sustituido por el eco de mis gemidos en los túneles, el hambre con el que mordí los labios de Andras y el rastro de sangre que vi en las comisuras de su boca como prueba de ello.
Cierro los ojos y sacudo la cabeza para apartarlo durante unos minutos.
Mis dedos actúan por sí solos, aflojando sus pantalones y tirando de ellos sin mostrar vergüenza.
Su erección salta en cuanto lo libero de la tela que la mantenía oculta y queda a escasos centímetros de mi cara.
El príncipe contiene la respiración a la espera de saber qué será lo que haré a continuación.
Me reincorporo y lo agarro por los hombros, conduciéndole hasta el filo de su cama.
Con un suave empujón lo hago caer y sé que está dejando que haga con él lo que se me antoje.
—Déjame verte, te lo suplico.
—Los príncipes no suplican.
—Por ti sí.
La poca contención que me queda desaparece con sus palabras y la mirada de deseo en su cara.
Lentamente me deshago de mi ropa y quedo frente a él, a los pies de la cama, desnuda.
Abre sus piernas para dejarme hueco entre ellas y mi mirada baja en picado a su erección, que apunta orgullosa hacia el ombligo.
Keir no solo ha sido bendecido con belleza y una personalidad atrayente, sino que tiene un miembro con el que estoy segura que ha hecho gritar de placer a muchas damas.
Si es que se le da igual de bien eso que seducir.