La doncella del veneno CAPÍTULO 33 KASDEYA #3
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CAPÍTULO 33 KASDEYA #3

Solo puedo escuchar los sonidos que hacemos y el latido fuerte y constante en mis oídos.

Debería importarme que nos descubran, y más en esta posición, pero no encuentro ni una sola parte de mí a la que le importe en este preciso momento.

Me he rendido a mi debilidad, he dejado que el deseo me domine y me he dejado seducir por lo más parecido a un demonio que conoceré jamás.

Desciende por mi cuello plantando besos húmedos y hace saltar los primeros botones de mi camisa con los dedos.

Las colinas de mis pechos quedan a la vista y no pide permiso para recorrerlas con la lengua.

No tiene ni una pizca de caballero, y así me lo hace saber cuando deja de usar la lengua y pasa a usar sus dientes.

Alcanza mi pezón y lo mordisquea. Arqueo aún más la espalda.

No hago nada por detenerlo, dejo que me use, que exprima el placer dentro de mí.

La mano que apretaba mi culo se desliza hacia delante y se cuela dentro del pantalón.

El contacto de las yemas de sus dedos es frío en contraste con mi piel en llamas.

—Andras —susurro.

—¿Ahora no tienes insultos para mí, pequeña asesina?

Llega hasta mi clítoris y lo acaricia a la vez que su boca se traga el sollozo de placer que escapa de mis labios.

Muevo mi cuerpo buscando la fricción y él lo sabe, pues noto cómo curva los labios en una sonrisa creída.

Estoy a punto de alcanzar la satisfacción que ansío cuando sus dedos desaparecen y en su lugar veo cómo se los lleva a la boca.

Se cerciora antes de que v eo el brillo de mi excitación manchándolos. Saca la lengua y los lame lentamente.

—No sabía que el veneno sabía tan bien.

Me mantiene todavía pegada a él con una mano en mi nuca.

Algo se mueve entre mis ropas y sé de quién se trata mucho antes de escuchar el gemido lastimero que sale de los labios de Andras.

A su favor diré que no se retira de inmediato, a pesar de tener los colmillos de mi mascota clavados en el dorso de la mano.

—Parece que no eres la única criatura venenosa que hay aquí abajo —dice casi sin aliento.

Acaricia con un dedo la cabeza de la serpiente y le susurra algo que no consigo entender en este momento. Lo que sea que ha dicho ha conseguido que mi fiel amiga lo libere de sus colmillos y se enrede alrededor de su brazo.

Tal vez no sea tan fiel después de todo.

Dejo de mirarla a ella para observarlo a él y lo que veo es la prueba de la traición que he cometido.

No solo hacia lo que fuese que estaba comenzando a sentir por el príncipe Keir, sino hacia el pueblo de Argevin.

He saboreado los labios del enemigo, sentido sus caricias, y lo he disfrutado.

Sonríe como si pudiese sentir el conflicto dentro de mí, y el contraste de sus dientes blancos con sus labios hinchados y su comisura manchada de sangre me confirman una vez más que Andras Berengar es malvado.

No se me pasa ni por un segundo que sienta una atracción real, más bien creo que soy un peón que quiere utilizar contra Keir y yo me he dejado llevar por la lujuria, por el hambre de sentir, por una vez, que soy una mujer normal.

Recobro el aliento y me alejo de él, poco a poco siendo más consciente de lo que he hecho, ahora que la neblina de la pasión se está esfumando.

Con cada paso que doy pienso con mayor claridad y el arrepentimiento me arrolla.

Antes de darme media vuelta y echar a correr por estos túneles, veo la expresión victoriosa de su rostro.

No me importa que la oscuridad me engulla, así no tendré que ver mis pecados grabados en la piel.

Ahora mismo siento que tengo capas de suciedad sobre mí y llevo lo que he hecho escrito en el rostro para que todo el mundo lo vea.

Algo húmedo y cálido se desliza por mis mejillas y sé lo que es sin necesidad de ver mi reflejo.

Me paso las palmas de las manos y aparto de forma furiosa las lágrimas.

No me merezco llorar después de lo que he hecho.

Para cuando llego al final de los túneles y reaparezco en la iglesia abandonada, soy un desastre, un manojo de nervios, y la única invitada a mi fiesta de autocompasión.

Deshago el camino de vuelta a palacio en un estado casi catatónico sin que me preocupe si me atrapan.

Me muevo por pura inercia, realizo con exactitud todos los pasos que he repetido hasta ahora y, cuando por fin estoy de vuelta en la calidez de mi habitación, no me detengo.

Salgo y deambulo por los pasillos, atreviéndome a cruzar aquellos por los que no lo he hecho hasta ahora, dirigiéndome hacia quien ahora mismo debería evitar a toda costa.

Dos guardias están apostados frente a sus aposentos y dan un paso al lado para bloquearme el paso. Ni siquiera me dejan tocar a la puerta.

—Necesito ver al príncipe.

—Lo siento, señorita. Tendrá que esperar hasta mañana.

—Es… una emergencia. Necesito verlo. —Al ver que ninguna de mis palabras surte efecto, digo lo último que creo que puede darme paso—. Soy su prometida.

Aun así, no hay reacción por su parte.

—Su alteza el príncipe no estará feliz de escuchar que os habéis negado a dejarme verlo.

Con la armadura y el casco no puedo ver bien sus expresiones, pero juraría que uno de ellos arquea una ceja de forma irónica.

Dejo salir el aire de mis pulmones, resignada, y estoy a punto de dar media vuelta y llevarme conmigo el bochorno cuando las puertas de la habitación se abren y ahí plantado está Keir.

Tiene el pelo alborotado, como si se hubiese pasado los dedos por él varias veces y su torso apenas está cubierto por una camisa desabrochada.

—¿Kasdeya? ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Los guardias, al escuchar el tono de preocupación de su príncipe, se hacen a un lado y me dejan acercarme.

Rápidamente Keir atrapa mi muñeca y me arrastra dentro, cerrando la puerta.

Con el sonido de esta al cerrarse me doy cuenta de a qué he venido.

Reiría si tuviese humor para ello. Toda mi vida mis compañeras me han odiado porque no he tenido que usar mi cuerpo para ganarme la vida, y aquí, de pie en las habitaciones del hombre que dice querer tenerme a su lado, sé que he venido a comprar su perdón con él.