CAPÍTULO 33 KASDEYA #2
—¿Qué diablos es eso? —pregunto, o eso intento, pues su mano amortigua mis palabras.
No responde de inmediato, tal vez esté disfrutando de mi agonía, o tal vez el hecho de ver entrar a la reina Evara en la sala, ataviada con un vestido sencillo de color gris, lo haya dejado tan perplejo como a mí.
—¿Cuáles son los resultados?
—Actúa muy rápido, majestad.
—¿No es eso lo que queremos?
—Cundirá completamente el pánico.
La expresión en el rostro de la reina es de indiferencia absoluta mientras, a escasos metros, el hombre sigue experimentando lo que sin duda tiene que ser un dolor atroz. Sus gemidos retumban en las paredes de este lugar, creando una serie de cacofonías que me erizan la piel.
—Los síntomas son muy parecidos a los de la Nectumbra, ¿no es así? —apunta ella con ojo clínico.
—Así es, majestad.
Por fin, la persona detiene sus movimientos y parece descansar. Su cuerpo cae laxo y lo único que me confirma que sigue vivo es el movimiento de su pecho. Ya tenía un color enfermizo antes, y ahora solo se ha agravado aún más.
—¿Cuánto tiempo estimáis que le queda?
—Tres días como mucho.
—¿Puede hablar?
—Como ya hemos observado en los demás, las fiebres son demasiado altas, les produce delirios y no son capaces de pensar con claridad. No les quedan fuerzas para hablar, a duras penas respiran. La enfermedad avanza rápido, los devora por dentro.
—Bien, soltadlo en las calles de la ciudad. Que el pueblo lo vea.
Estoy petrificada en el sitio y, hasta que el cuerpo de Andras no me rodea aún más, no me doy cuenta de que, si no fuese por él, habría corrido hasta la escena.
Posiblemente a buscar mi muerte, porque el rostro de la reina Evara no me deja dudas de la crueldad que sabía que se escondía tras sus ojos azules.
—Eso, mi querida Kasdeya, es la enfermedad de la que con tanto empeño me acusas.
El rey maldito me aparta de la escena arrastrándome hasta que quedamos lejos de oídos indeseados, donde las antorchas no nos alcanzan.
La oscuridad nos engulle, pero sus ojos dorados son demasiado brillantes para no verlos.
Se convierten por un momento en lo único que soy capaz de ver, el faro al que me aferro.
—No, no puede ser… Eso…
Mi estado de negación le parece gracioso y me lo hace saber riéndose cerca de mi oído. Su risa retumba dentro de mí y es lo único que parece cálido en un lugar como este. La pared fría de estos túneles se clava en mi espalda.
—¿De verdad te sorprende? Evara haría lo que fuera por su hijo. Es lo único que tiene. —Mis ojos se acostumbran a la oscuridad y empiezo a distinguir los rasgos de su rostro—. Y ella sabe que el miedo te concede poder.
—¿Keir lo sabe?
Sacude la cabeza, y estoy segura de que piensa que soy una niña estúpida.
—No lo sé, ¿qué te dice la razón?
Se empeña en jugar con mi mente y no entiendo por qué, aunque si eso es lo que quiere…
Mi razón me dice que no puede tener conocimiento de esto, no después de hablar con tanta pasión sobre su pueblo, sobre su gente.
Él quiere lo mejor para ellos, quiere salvarlos, aunque todavía no conozca del todo la opción correcta.
El acuerdo con Kendra ha sido un gran paso en la dirección correcta.
Todo esto tiene que ser cosa de Evara. Solo ella podría actuar con tanta crueldad.
—¿Cómo lo sabías?
Chista con la boca, como si eso no fuese lo que estaba esperando escuchar de mi boca.
—Soy mucho más observador de lo que piensas.
—¿Por eso sabías lo de la copa?
Bufa a medio camino de otra risa.
—Sé muchas cosas sobre ti, Kasdeya Vikena. —Me acaricia con el dedo el perfil del rostro y baja lentamente por la curva de mi garganta hasta juguetear con el fino tejido de mi ropa, que nada hace por protegerme del frío de sus manos—. Tiene que ser una existencia muy solitaria la tuya, ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
Aparto el rostro y miro hacia las profundidades oscuras del túnel, sin saber si ahí se esconde algo más o si solo hay vacío. Todo me parece mejor que enfrentarme al rostro de este rey engreído y mucho más peligroso de lo que creía.
—Podemos jugar a hacernos los tontos, si eso es lo que quieres, pero no borrará la verdad. Has intentado asesinar al padre del muchacho del que te has encaprichado. Al que, por cierto, ni siquiera has besado porque eso lo mataría, pequeña asesina.
Un sonido de sorpresa sale de mi boca. Ya suponía que sabía mi secreto, pero escucharlo en voz alta es algo completamente distinto. Es él.
El hombre del callejón.
—¿Qué vas a hacer con esa información?
—¿Qué crees que haré?
—Déjate de rodeos, dime lo que quieres.
—¿De ti? Nada. No hay nada que puedas darme. —Aprieto los dientes hasta el punto de ser doloroso. Él acaricia mi mejilla con el filo de su nariz—. Aunque siento curiosidad, ¿qué estarías dispuesta a dar por mi silencio?
—¿Por qué mi sangre no te afectó?
Si él no va a responder a mis preguntas, yo tampoco a las suyas.
—Porque algo como eso no puede matarme. Ni el veneno, ni la enfermedad, ni las heridas.
Solo puede matarme el paso del tiempo. —Al ver que no respondo y el miedo en mi mirada, sonríe de oreja a oreja en una sonrisa lupina—.
¿Qué? ¿Sorprendida de no ser la única que puede sobrevivir a cosas que los demás no?
—Esto solo demuestra una vez más que eres un monstruo.
—Entonces, ¿qué eres tú, querida?
Me quedo callada y aprovecha mi silencio para rozar mi cara con sus nudillos. Es entonces cuando me doy cuenta de que ni una sola vez su contacto me ha puesto nerviosa, ese miedo que visto como una segunda piel no está aquí entre nosotros.
—Tu sangre, tu sudor, tu saliva… —enumera, rozando mis labios con la última palabra—. Nada de eso me afecta.
Me doy cuenta de que me está ahorrando la vergüenza de reconocer que no somos tan diferentes, al fin y al cabo.
—Es una lástima. —Consigo decir con voz temblorosa.
—Tiene que ser desolador que la única persona a la que puedes besar sin matar sea a mí.
El frío que pudiese estar sintiendo hasta ahora queda en un segundo plano.
Mi cuerpo solo es consciente de su cercanía, del calor que desprende su pecho contra el mío, del roce de sus nudillos contra mi piel y del latido de mi corazón, tan fuerte que ensordece todo lo demás.
Me quedo muy quieta, incapaz de hacer algo más que no sea quedarme aquí, de pie, mirándolo con el desafío grabado en la mirada.
A él no parece inquietarle lo más mínimo.
Desliza la mano hasta estar cubriendo mi nuca.
Creo que tirará de mi pelo para llamar mi atención o simplemente por el placer de hacerme daño; en cambio, juega con él con sumo cuidado.
Su olor es completamente diferente al de Keir: donde uno huele a limpio y a bosque, el rey maldito huele a bergamota, a una calma inquietante.
Puede que por eso sienta de repente una tranquilidad desconocida hasta ahora, o que sean sus ojos, tan fuera de este mundo que parecen haberme capturado en un hechizo del que no soy capaz de salir.
—¿No dices nada?
—Aprendí desde muy pequeña que cuando no se tiene algo importante que decir, es mejor quedarse callada.
—Una niña muy inteligente, por lo que veo.
—Parece que tú eso no lo aprendiste, porque no dejas de hablar. Eres un bocazas.
Si el desprecio tiene un olor, no tenía ni idea de que era uno tan delicioso, tan embriagador.
Su cuerpo cubre el mío y su aliento choca contra mis labios.
Me quedo congelada ante una proximidad tan peligrosa.
La Kasdeya que conozco no está aquí, quien domina mi cuerpo es esa pequeña parte a la que mantengo retenida porque es la que tiene anhelos, la que sueña con historias de pasión que no puede tener.
Ante mí ahora se encuentra la promesa de sentir sin hacer sufrir y es una tentación demasiado grande para que mi cuerpo no se replantee la idea.
Andras parece leerme a la perfección, o a lo mejor hay algo en mi rostro que revela mi debilidad, pues un segundo sus ojos están consumiéndome y al siguiente son sus labios los que lo hacen.
Ahogo un jadeo de sorpresa en su boca que, avariciosa, lame mis labios y pide entrada a mi interior.
Se lo doy, y con ello me declaro la traidora que sabía que era.
Sus caderas presionan las mías, o tal vez es al revés y es mi cuerpo el que se mueve contra el suyo.
No lo sé. No creo tener control sobre nada.
El beso no es tierno ni amoroso. Es un beso pasional de dos personas que en el fondo se detestan, pero que necesitan esto del otro.
¿Le ocurre igual que a mí? ¿Sus besos enferman a quien los recibe?
¿Por eso parece sediento contra mi boca?
¿Somos dos criaturas necesitadas que se aferran a la primera persona que puede hacerlos sentir normales?
A lo mejor es eso lo que necesito decirme a mí misma para no sentirme culpable.
Silencia mis pensamientos mordiendo mi labio inferior, sin miedo a las consecuencias. Su lengua y la mía se rozan, conociéndose en el campo de batalla que hemos formado entre nosotros. Su sabor es dulce y hace desaparecer el amargor en el fondo de mi garganta.
—Ya sé cómo cantas, ahora deja que descubra cómo suenas cuando gimes.
—¿Cómo…?
No me deja terminar la pregunta. Vuelve a besarme y con una mano me sostiene por la nuca, como si quisiera retenerme de escapar del beso.
Con la otra baja lentamente por mi cuerpo hasta agarrar una de mis nalgas.
No hay espacio alguno para la delicadeza, su boca consume y consume, convirtiéndonos en un desastre de mordiscos, lamidas y roces húmedos.
Cuando tiro de su labio entre mis dientes no lo hago con suavidad, sino con furia.
Lejos de desagradarle, gime contra mí y cuela su muslo entre los míos, presionando deliciosamente donde la tela del pantalón es más gruesa.
Clavo las uñas en su camisa con la esperanza de reunir la fuerza necesaria y apartarlo de mí.
Sin embargo, no soy tan fuerte. Resulta que soy más humana de lo que pensaba.