CAPÍTULO 33 KASDEYA
Después de lo vivido anoche, no sé cómo el mundo pretende que siga actuando con normalidad.
No solo he descubierto que la enfermedad está presentando signos extraños, avanzando más rápidamente, sino que ahora sé que hay unos túneles que conectan el palacio con la iglesia abandonada.
Es una información valiosa, algo que podré utilizar cuando tenga que huir al matar al rey.
Porque estoy segura de que el momento está cerca.
Tampoco puedo dejar de darle vueltas a la conversación que escuché. Estoy segura de que escuché cómo se referían a su majestad. Como si ella estuviese al tanto de todo esto. ¿A qué se referían al decir que la reina no estaría contenta?
Astra ha aparecido esa mañana informándome de que tenemos que hacer muchos preparativos.
En dos noches tendrá lugar un banquete para celebrar el cumpleaños del príncipe, aunque ambas sabemos el verdadero motivo, y se espera que aparezca en él reluciente, como si fuese una muñequita.
Toda la mañana y gran parte de la tarde me la he pasado con una modista que el mismísimo rey ha mandado para confeccionarme el vestido más impresionante posible.
Se notaba a la muchacha muy preocupada. Cumplir con un requisito como ese en tan poco tiempo parecía imposible.
Nunca había tenido tantas ganas de que acabase un día como hoy.
Cuando por fin Astra se retira a sus aposentos, dejándome sola junto al fuego, me levanto corriendo y busco en el fondo del armario la ropa que utilizo para salir de aquí.
Por suerte sigo teniendo la capa que me dio Pasha y me la anudo al cuello.
Mi mascota sisea desde uno de los postes de la cama donde se encuentra enrollada.
Dejo que se cuele dentro por mi manga. Me debato un par de minutos entre qué opción sería mejor: la iglesia o el pasillo de palacio.
Sin embargo, experiencias anteriores me dicen que sabré moverme mejor por los jardines, ya parezco haberme aprendido las posiciones, turnos y tiempos de los guardias.
Miro el reloj de bolsillo que descansa en el tocador y veo que es cerca de medianoche.
Se acerca el cambio de guardias. El momento perfecto.
Espero a que las agujas marquen la medianoche para salir por el balcón.
No puedo negar que siento un vuelco en el corazón ante la idea de que el príncipe esté espiándome, como aquella noche en la que acabamos encontrándonos en el burdel.
Si es el caso, no sé cómo me acabaré explicando.
Tal vez por eso tomo una ruta diferente y más larga, con la esperanza de despistar a quien se digne a seguirme.
Para cuando llego a la iglesia, tengo las mejillas completamente heladas.
Me dirijo al armario y no dudo en colarme dentro.
Camino en línea recta, rememorando la ruta por la que me llevó el cuervo.
Será mejor que no me detenga a pensar en lo extraño de aquello.
Ahora comprendo por qué tuve que deambular tanto tiempo a oscuras, teniendo en cuenta la extensión de terreno que recorren los pasadizos.
Las antorchas están encendidas, así que no estoy sola aquí abajo.
O no hace mucho que alguien ha estado aquí.
Lo que veo me empieza a resultar familiar; no obstante, esta noche mi respiración no es lo único que escuchan mis oídos.
Alcanzo a oír unos jadeos, gemidos, no de placer, sino dolorosos.
La sangre que recorre mis venas se enfría poco a poco y, si no sentía suficiente frío antes, ahora creo estar al borde de congelarme.
Veo la entrada a esa enorme sala, pero esta vez actúo con aún más cautela.
Me presiono contra la pared y extraigo del bolsillo de mi pantalón un pequeño espejo que he robado del tocador.
Lo utilizo para comprobar que no hay nadie y eso parece, hasta que reparo en los cuerpos que hay encima de las plataformas.
Al entrar, veo que no corresponden a personas muertas, sino que están vivos y tienen ataduras en sus extremidades que los obligan a permanecer ahí.
A pesar de todo, no parecen tener fuerzas suficientes para luchar, y los sonidos que salen de sus labios son solo los jadeos de alguien que delira o que está entre la realidad y la inconsciencia.
Es obvio que están padeciendo dolor y mi corazón siente un pellizco.
Doy un paso al frente, con la intención de abandonar mi escondite e ir hacia ellos.
¿Para hacer qué? No lo sé. Puede que estén infectados, aunque desde aquí no veo manchas en su piel ni una red de venas oscuras.
No consigo hacer lo que me propongo, pues una mano me agarra por el hombro con fuerza y me estampa contra la pared, robándome el aire de los pulmones. Da igual que estemos rodeados de penumbra, el color y brillo de sus ojos es inconfundible. Dos orbes dorados me miran casi con rabia.
—¿Estás loca?
Mi capacidad de hablar ha desaparecido.
—Si te encuentran aquí, te matarán. Da igual que seas el juguetito favorito del príncipe.
Dada la situación, no me molesto en recordarle que me hable con más respeto. No tengo tiempo para eso.
—Esa gente está viva. Están sufriendo.
—¿Y a ti que más te da? No finjas que tienes escrúpulos.
—Tal vez no los tenga cuando se trata de gente como tú o como el rey.
Que lo meta en una misma frase con el rey Deimos parece hacerlo enfurecer aún más.
A pesar de las sombras, distingo el movimiento de su mandíbula al tensarse y al bajar la mirada puedo ver sus puños apretados.
Debajo de mi capa siento el movimiento de la serpiente, que parece estar notando la creciente irascibilidad en el ambiente, y está más que dispuesta a atacar si es necesario.
—¿Es eso lo que te dices para consolarte por las noches?
Sonríe de medio lado, como si así fuese a conseguir engañarme. Sé que mis palabras han dado en el blanco.
—Me consolaría más saber que estás muerto. —Lo imito apretando mis puños—. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Estás espiando los asuntos del rey?
Arquea una ceja y no me pasa inadvertido lo irónico de todo esto.
—Podría decir lo mismo de ti. ¿Qué haces aquí, Kasdeya?
—No es asunto tuyo.
—Oh… Esta noche va a resultar muy interesante. No te haces una idea de lo mucho que la voy a disfrutar.
—¿Qué quieres decir?
—Observa.
Al ver que no obedezco de inmediato, me agarra con fuerza de las mejillas y me obliga a girarme.
Me mantiene firme en su agarre, apretando su cuerpo contra el mío.
Puedo sentir en mi espalda el sube y baja de su pecho al respirar, y me gustaría dejar de pensar en el resto de partes de su cuerpo que están apretadas contra el mío.
Al principio estoy demasiado distraída con eso como para darme cuenta de lo que tengo delante.
La llegada de dos hombres, posiblemente los que vi anoche, consigue que deje de pensar en quién tengo detrás y me centre en lo que tengo frente a mí.
La persona jadeante que estaba en una de las plataformas parece haberse rendido a la inconsciencia, pero lo hacen salir de ella vertiendo agua sobre su rostro.
Boquea como un pez y su cuerpo no reacciona con normalidad: sus movimientos son lentos.
Intenta hablar sin éxito, lo que sea que le ocurre no le deja expresarse con coherencia.
—¿Qué le pasa? —murmuro tan bajo que me sorprende que me escuche.
—Lo han drogado.
Sus labios rozan mi oído al hablar. Sé que debería alejarme, nuestra proximidad me metería en aún más problemas si nos encontraran. Sin embargo, él se niega a ceder ni un poquito, manteniendo mis mejillas bien cautivas bajo el yugo de sus dedos.
—¿Por qué?
Al menos, si tengo que estar junto a él, obtendré las respuestas que necesito y que no creo poder obtener sin su ayuda.
Parece saber demasiado. O ha hecho muy bien su trabajo estos días, observando todo lo que ocurre en palacio, o tiene un espía dentro que le informa de todo lo que no alcanza a descubrir por su cuenta.
Alguien en quien la gente confía y que puede moverse libremente por aquí.
—No te adelantes a los acontecimientos, querida. Observa lo que tienes delante y obtendrás las respuestas que esperas.
En su voz puede sentirse lo mucho que está disfrutando de esto.
Y eso no puede significar nada bueno viniendo de una persona como él.
Mi cuerpo se tensa aún más, si es que es posible, y observo con perplejidad lo que acontece delante de nosotros.
Estoy segura de que, si alguno de esos dos hombres se molestase en mirar atrás, vería mi expresión de horror.
Esta se acrecienta más y más cuando veo lo que sin lugar a dudas es una jeringuilla con el cilindro lleno de un líquido negro.
Algo que tiene ese aspecto no puede ser bueno.
Observo con una mezcla de expectación y miedo cómo inyectan el líquido en las venas del hombre, que apenas tiene fuerzas para mantener los ojos abiertos.
Al principio no ocurre nada, solo hay un silencio que inquietaría hasta a los propios muertos.
El agarre de los dedos de Andras parece haberse aflojado un poco, aunque todo es una falsa ilusión, pues en el momento en el que el hombre tumbado en la plataforma se retuerce sobre sí mismo, adquiriendo posturas que parecen antinaturales, la mano del rey maldito cubre mi boca por completo, evitando que salga de mí ningún ruido.
No sé si lo consigue, lo que sí es seguro es que los sonidos de agonía de esa persona se han encargado de camuflar el horror en mi voz.
Incluso desde esta distancia puedo ver las venas de su cuerpo, sobre todo las de su cuello, coloreándose del mismo color de aquello que le han inyectado.
Sus ojos y los míos conectan durante una fracción de segundo antes de que vomite en el suelo espumarajos rojizos.
No soy tan estúpida como para no saber que se trata de su sangre.
Me retuerzo contra Andras, quien expulsa un leve gruñido contra mi oreja cuando nuestros cuerpos se rozan más de lo necesario.