CAPÍTULO 32 EL CUERVO
El sabor de la carne ha cambiado.
Los cuervos podemos saber de qué has muerto por el sabor de tu cuerpo y estoy seguro de que la enfermedad ha cambiado.
La Nectumbra lleva tiempo sin saber igual.
No puedo precisar con exactitud desde cuándo.
He encontrado esos pasadizos secretos por casualidad.
Estaba aburrido al no poder ver a la muchacha a través de ninguna de las ventanas y, sinceramente, ver al príncipe deambular por su cuarto suspirando por un amor prohibido ya ha perdido la gracia.
Así que me he puesto a explorar. No sabía qué iba a encontrar, pero sin duda, encontrarme a la muchacha de ojos verdes le ha dado más emoción.
Tiene el rostro mucho más pálido de lo habitual y de ella proviene un ligero olor a cobre.
La herida de su brazo, claro. Puedo ver la costra de sangre seca formándose.
Me pregunto si es solo cansancio lo que refleja en su rostro o es que ha visto ahí abajo lo que llevo meses sospechando.
Seguro que eso la ha inquietado bastante.
Sin embargo, no es como si pudiese hablar y preguntarle yo mismo. Tendré que observar, como hago siempre.
La he ayudado a salir del lío en el que ella solita se ha metido no por amabilidad, sino por propio egoísmo. Quiero seguir viendo cómo se desarrolla la historia. No por nada soy el animal favorito de Umbros. A ambos parecen corrompernos unos sentimientos oscuros y deleznables.
—Si no fueses un animal ni yo una criatura venenosa, creo que te besaría ahora mismo.
Uh, no. No lo creo.
El pecho de la muchacha no para de subir y bajar con respiraciones pesadas y dificultosas.
Supongo que se ha llevado un buen susto ahí abajo.
La idea de dormir en un sitio como ese tampoco me resulta apetecible.
Debería alzar el vuelo y desaparecer, buscar a otros a los que observar con la esperanza de descubrir alguna pieza más de esta historia que se está fraguando lentamente.
No obstante, la chica ejerce un poder magnético sobre mí.
La observo sacudirse el vestido, aunque los bajos están completamente arruinados.
—Estupendo, me va a tocar subir por el balcón.
Y eso contando que tenga suficiente suerte y no sea atrapada deambulando en plena noche fuera del castillo.
La realeza no valora demasiado tener a sus invitadas explorando pasada la cena.
Irónicamente, el príncipe se ha encaprichado de aquella que se escurre como agua entre sus dedos.
En estas semanas observando a la chica he comprobado que tiene un espíritu salvaje, fiero.
La he visto matar en dos ocasiones sin vacilar y eso me ha fascinado lo suficiente como para distraerme.
El príncipe dorado cree que esa es la clase de mujer que quiere a su lado, pero ¿cuánto tardará en aborrecerla cuando se dé cuenta de que los valores de esta son mucho más fuertes e incorruptibles que los suyos?
No creo que lo que sientan sea amor, más bien son una muchacha hambrienta de afecto y un hombre obsesionado con lo prohibido. Ambos se cansarán, él cuando la tenga y ella cuando se dé cuenta de que todo ese brillo es un espejismo.
Aunque, ¿qué sé yo del amor? Solo soy una criatura a ojos de todos maldita, presagio de mala suerte, de la muerte y del dios exiliado.
Acompaño a la muchacha a atravesar la silenciosa noche, vigilando sus pasos, diciéndome que lo hago para que el espectáculo continúe y no porque haya creado ningún vínculo con ella.
Hoy debe ser su noche de suerte. Muchos de los guardias están apostados alrededor de la hoguera, disfrutando de cerveza agria y chistes sin gracia.
Vigilo cómo trepa de un balcón a otro, moviendo las piernas para darse impulso, sin preocuparse de lo que las faldas de su vestido puedan dejar a la vista si alguien pasa por debajo.
Supongo que tiene otras preocupaciones más importantes.
Antes de entrar finalmente a su cuarto por el balcón, vislumbro la expresión de su rostro y sé en ese momento que esta no será la última vez que la chica haga algo imprudente. Estoy seguro de que volveré a verla en esos pasadizos y tal vez, solo tal vez, la acompañaré.
Me marcho entonces, dejándola que persiga el sueño. Sin embargo, sigo posándome en alféizares sin invitación, escuchando conversaciones privadas, espiando momentos íntimos y confesiones a la luz de la vela.
No hace mucho el principito ha entrado en tromba y con aparente enfado en las habitaciones de su majestad el rey.
No sé con seguridad el motivo, no obstante, puedo hacerme una idea y, si mis oídos no me fallaban, las cosas están a punto de complicarse más para la belleza exótica que tiene toda mi atención.
Sobrevuelo el palacio, posándome en una ventana cuyo interior está alumbrado por decenas de velas.
La reina Evara está arrodillada a los pies de la cama, mirando directamente un cuadro de una mujer desnuda, dedicándole sus plegarias.
No obstante, la mujer demuestra lo atenta que está a los detalles, pues al sentir el pequeño sonido del aleteo de mis alas y el de mis patas al posarse en el alféizar, me mira directamente a los ojos.
No grita ni intenta espantarme por pensar que soy un presagio de la muerte.
Tal vez su corazón tan devoto cree que es Umbros el que ha escuchado sus plegarias, al fin y al cabo, el cuervo es el animal que relacionan con el dios exiliado del paraíso al que llaman Eternyx.
Realmente la criatura del dios es un cuervo blanco, tan irreal que los humanos se conforman con aquellos de plumaje negro.
La mujer y yo nos miramos durante minutos hasta que me canso de esa mirada fría y abandono el lugar, encontrando al par de hermanos que parece conspirar en las sombras.
Por último, casi cuando estoy resignado a buscar un lugar en el que descansar, encuentro a una princesa pirata asomada al balcón.
Puede parecer que se ha desvelado de su sueño y solo busca el fresco de la noche, sin embargo, la veo agarrando algo.
Un papel. Grazno. La muchacha vuelve al interior y se deja caer sobre la cama leyendo lo que hay escrito en él.
Puede que sea una nota de amor, pero sospecho que no.
Para cuando termino mi ronda, ninguno de ellos, salvo la creyente reina, se ha percatado de mi presencia alrededor de palacio, de mis ojos brillantes observando todo lo que acontece entre estas paredes. Sin duda, las cosas van a ponerse mucho más interesantes.