La doncella del veneno CAPÍTULO 31 KASDEYA
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CAPÍTULO 31 KASDEYA

De pie en este pasillo, el eje de mi mundo se está inclinando por completo.

Todo aquello que consideraba cierto se está cayendo a pedazos a mis pies.

El rey Andras sigue vivo, y yo estoy muy segura de haber vertido mi sangre en esa copa.

Lo estoy aún más de que mi sangre es un veneno mortal.

Las docenas de hombres que he matado hasta la fecha pueden confirmarlo.

Sin embargo, él sigue vivo. Ileso. Y con información delicada en su poder.

Sabe lo que pretendía hacer y, aún peor, parece conocerme mucho mejor de lo que creía.

Conoce mis circunstancias. De hecho, no es la primera vez que me atrapa en una situación comprometida y no me delata.

Eso me lleva a pensar… ¿será él quien me ha contratado para esto?

Tonterías, si así fuese, no me hubiese impedido acabar con él hace tan solo unos instantes.

No obstante, nadie aparte de Shaula y el resto de las doncellas del veneno sabe por qué siempre acabo con mis objetivos. La gente lo achaca simplemente a que soy buena con un arma.

Por si no tuviese poco de lo que preocuparme, las palabras e insinuaciones del rey resuenan en mis oídos con fuerza.

No debería importarme en realidad qué camino me lleve hasta la oportunidad perfecta para deshacerme de él; sin embargo, no puedo evitar que la idea de hacerle eso al príncipe me revuelva el estómago.

El alcance de mis mentiras ha llegado demasiado lejos y parece que no me queda otra alternativa que seguir fingiendo y jugando.

Al menos eso es lo que parece desear quién sea que ha pagado por mí.

Estoy demasiado alterada como para encerrarme en mi habitación.

Sé que no pararé de caminar de un lado a otro como un animal enjaulado, así que sigo caminando, sin rumbo.

No me encuentro a casi nadie, excepto algún que otro guardia que se mantiene impasible cuando paso por su lado.

A estas alturas me conozco bien gran parte del castillo, así que evito aquellas zonas en las que pueda cruzarme con alguna de las chicas o, aún peor, con Keir.

No me encuentro ahora mismo con fuerzas para enfrentarme a él y mucho menos explicarme después de haber huido de esa forma.

Por la luz tan escasa que se cuela por los ventanales, supongo que la hora de la cena ya ha pasado.

Dentro de poco será de noche y se esperará que esté en mis aposentos, aunque algo me dice que ningún guardia me obligará a hacerlo.

Las noticias corren más rápido de lo que esperaba.

Me pregunto cuánta gente lo sabe a estas alturas.

Casi dejo que salga una risa de mí cuando me imagino el rostro de la reina Evara.

Una sombra llama mi atención. No, una sombra no.

Una persona encapuchada. No dudo en seguirla presa de la curiosidad.

Llego a un pasillo que se extiende durante metros, flanqueado a ambos lados por antiguas armaduras que me hacen sentir observada mientras camino.

No hay ni rastro de la persona a la que sigo.

Un detalle en las armaduras me hace detenerme en mi búsqueda.

Justo en el frontal, aparece la representación de un fénix.

Alargo la mano y rozo con los dedos el grabado.

No contenta con eso, bajo la mirada a la espada que se posa entre sus pies.

La empuñadura también parece tener algo tallado.

Justo en ese momento oigo el retumbar de unas voces, y la sorpresa hace que mi pie le dé un pequeño golpe a la espada, la cual, al moverse de su posición original, activa algo que pensaba que solo ocurría en los cuentos para niños.

El muro a sus espaldas comienza a abrirse, revelando una entrada.

El ruido que hace al deslizarse es algo que jamás olvidaré.

La abertura no es demasiado grande, lo suficiente para que quepa un cuerpo.

A pesar de no saber a dónde me llevará ni cómo saldré, la atravieso.

Observo atónita cómo vuelve a cerrarse, desprendiendo polvo del techo.

Casi parece como si tuviese conciencia o estuviese embrujada para cerrarse sin que la toques.

Me quedo completamente a oscuras, aunque no es realmente eso lo que me hace salir corriendo despavorida, sino el recuerdo de las voces que retumbaban en el pasillo.

Tal vez se dirijan hacia aquí, y dudo mucho de que les agrade encontrarme.

Camino todo lo rápido que me permiten mis piernas y la falta de visión.

Rozo con mis dedos las paredes, las cuales están frías y algo húmedas.

No se escucha nada salvo mi respiración y un goteo constante.

Huele a tierra mojada. Por la inclinación del suelo, sé que me estoy desplazando hacia abajo.

El olor se intensifica con cada paso. No sé durante cuánto tiempo me desplazo a oscuras hasta que el camino empieza a verse iluminado por antorchas.

No es buena señal. Alguien debe estar aquí abajo y no sé si quiero encontrarme con ellos.

Debería dar media vuelta, no obstante, algo me dice que tengo que seguir.

Mi pie se posa sobre una superficie algo más húmeda que el resto y doy un pequeño resbalón que consigo solventar agarrándome con fuerza a los salientes de una de las paredes.

El jadeo que ha salido de mis labios retumba aquí abajo, y contengo la respiración a la espera de escuchar a alguien viniendo hacia mí tras oír el ruido.

Sin embargo, no ocurre nada y sigo avanzando.

Aquí abajo no hay luz que me indique la hora fuera, pero estoy segura de que ya es de noche y llevo mucho tiempo caminando.

Estoy a punto de darme por vencida y dar media vuelta, cuando el aire cambia, se vuelve aún más frío, y no pasa mucho tiempo hasta que llego a lo que parece una habitación.

Una bastante grande. Está llena de artilugios que desconozco.

Aunque no es eso lo que captura mi atención.

Observo horrorizada pequeños animales flotando en botes llenos de líquido.

Tienen los ojos abiertos y parecen estar mirándome.

En otros botes hay partes de cuerpos que espero con todo mi ser que no sean humanas.

Mi estómago se revuelve y no sé si lograré salir de aquí sin vomitar.

El olor ha cambiado de tierra mojada a uno algo más fuerte y desagradable. Me quema las fosas nasales.

Tal y como esa noche en la que encontré el cadáver de la muchacha, hay una serie de plataformas de piedra con cuerpos cubiertos por sábanas blancas.

¿Estoy en otra morgue de palacio? ¿Son infectados del castillo que quieren ocultarnos?

Me acerco lentamente, extendiendo los dedos, dispuesta a descubrir por mí misma si tienen las marcas de la Nectumbra pero, antes de poder hacerlo, escucho unas voces masculinas.

Miro hacia la entrada, de donde provienen las voces, y al no encontrar un sitio mejor donde ocultarme, decido salir por donde he entrado y ocultarme ahí. Al menos estaré lo suficientemente cerca para oír lo que sea que tengan que decir.

—¿Cuánto?

—No han sobrevivido más de tres días.

No reconozco ninguna de las voces.

—Avanza mucho más rápido que antes.

—¿Algún otro cambio significativo?

—Sí, mira aquí.

Consigo asomarme lo justo para ver lo que están haciendo. Dos hombres con vestimenta negra y esa máscara extraña que le vi a uno de los médicos que me examinó están pegados el uno al otro, observando uno de los cuerpos. Sus figuras ocultan a la persona así que no alcanzo a ver nada en realidad.

—Tiene calvas en el pelo y parece haber perdido las uñas.

La imagen que se forma en mi cabeza me hace fruncir el ceño.

—Su majestad no va a estar contenta cuando se entere.

Frunzo el ceño.

Dioses, tengo ahora mismo tantas preguntas, tanta curiosidad… si bien esta tendrá que esperar, pues el sonido de un aleteo retumba por los pasillos y llega hasta aquí, alertando a los dos hombres, que miran hacia donde me encuentro escondida. Espero haberme apartado lo suficientemente rápido.

—¿Qué ha sido eso?

—¿El qué?

—¿No lo has oído? Hay algo aquí abajo.

—Serán las ratas.

No me quedo para saber si esa explicación le parece suficiente: comienzo a retroceder sin hacer ruido, agarrándome bien las faldas para que ni siquiera el roce de estas altere el silencio de aquí abajo.

Cuando creo estar lo suficiente lejos, doy media vuelta y empiezo a correr, intentando seguir el mismo camino que antes.

Agarro una de las antorchas de la pared para guiarme una vez que me adentro en la oscuridad.

Para cuando creo haber llegado al punto por donde entré, recorro con los dedos cada una de las piedras, buscando algún saliente, cualquier cosa que abra de nuevo la pared.

Empiezo a inquietarme cuando nada tiene resultado.

Me pregunto si me he equivocado de sitio y, si es así, ¿por dónde diablos entré realmente?

¿Debería haber dejado algo como señal? No, podría haberme delatado si alguien hubiese entrado después de mí.

Puedo escuchar el latido de mi corazón golpeando con fuerza, y la idea de quedarme aquí atrapada toda la noche no me emociona demasiado.

Podría deshacer mis pasos y probar por la otra entrada, aquella por la que vi entrar a esos dos hombres.

Aunque claro… si ellos siguen ahí, tendré que esperar a que se marchen y rezar para que no me encuentren antes.

Un ruido me saca de mis pensamientos y rezo internamente para que de verdad no sean ratas.

Ilumino con el fuego la dirección de la que proviene el sonido y ahí, con las patas posadas en el suelo, el cuello inclinado y dos pequeños ojos brillantes observándome como si me estuviese estudiando, se encuentra un cuervo.

Prefiero no pensar el motivo por el que está aquí abajo.

Por todos es sabido que el animal siente predilección por los muertos.

—No tengo tiempo para esto —me digo a mí misma.

Me giro de nuevo a la pared buscando lo que sea que active la maldita entrada, pero el sonido de las patas del cuervo vuelve a llamar mi atención.

Lo miro y, como si fuese precisamente eso lo que esperaba de mí, mueve las alas y comienza a volar, sosteniéndose en el aire ante mí.

Es entonces cuando mi mente se ilumina. El animal ha debido entrar por alguna parte.

Comienzo a seguirlo, casi quiero gritarle que vaya un poco más lento, pero entonces pienso en lo ridícula que me veo pidiéndole ayuda a un animal.

—Cuando acabe con todo esto estoy segura de que deberán internarme.

El cuervo me lleva por una ruta que estoy segura de no haber recorrido antes, aunque el suave viento que me aparta el pelo de la cara me hace saber que, no muy lejos, debe haber una salida.

Sonrío y el animal grazna, como si supiese lo que estoy pensando y estuviese de acuerdo conmigo.

No veo mucho más allá del pequeño círculo que ilumina la antorcha, pero lo que se encuentra delante de mí es inconfundible.

Dos puertas, no muy grandes, una de ellas entreabierta.

El ave sale por ahí y lo sigo, descubriendo entonces el lugar por el que he salido.

El armario.

El armario que había en el pequeño cuarto que encontré en la iglesia.