La doncella del veneno CAPÍTULO 30 KASDEYA
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CAPÍTULO 30 KASDEYA

Ninguno de los guardias con los que me cruzo me detiene, no es raro ver a una de nosotras deambulando por palacio.

No obstante, dudo que ninguna de ellas lleve la expresión de mi rostro.

A pesar de que el vestido de hoy no me aprieta ni lleva uno de esos instrumentos de tortura llamado corsé, siento que me encarcela, que me falta el aire para respirar.

Me apoyo contra una de las paredes intentando recomponerme.

Le recuerdo a mi cuerpo que solo tenemos que inspirar y espirar. No debería ser tan difícil, pero lo es.

—¿Kasdeya?

Reconozco la voz de Kendra, y también la preocupación en ella. Intento apartar el rostro, mirar a otro lado con tal de que no me vea así.

—¿Estás bien?

—Sí —carraspeo antes de responder.

Tengo la boca completamente seca y me tiemblan los dedos aún más que antes.

¿Por qué se están moviendo las paredes? Se están acercando más y más a mí, será cuestión de tiempo que me atrapen y me quede sin escapatoria.

Voy a morir si no comienzo a correr. Miro a mi alrededor, sin embargo, el pasillo sigue estrechándose.

Trago saliva, pero a esta le cuesta bajar por mi garganta rasposa.

—¿Kasdeya?

Kendra me agarra las manos y las aparto de un tirón.

No parece importarle, pues se queda ahí plantada frente a mí, sin titubear ni dejarme sola.

¿No lo ve? ¿No se da cuenta de que vamos a morir si no comenzamos a correr?

Respiro demasiado rápido, nada del aire que entra en mis pulmones me sirve o me calma.

—Estás sufriendo un desequilibrio de los humores, Kasdeya.

Yo no sufro de desequilibrios. Nunca. Controlo mi cuerpo de una forma casi antinatural. El temblor se extiende a mis piernas, ¿o es que simplemente estas han perdido su fuerza? Las necesito para correr. Tenemos que huir.

—Las paredes… —murmullo.

—¿Qué les ocurre a las paredes?

—Nos van a encerrar.

Escruta mi rostro con más preocupación si es que es posible y, en contra de mi voluntad, me agarra por los antebrazos y tira de mí.

Bien, al menos nos alejamos de aquí. Al fin y al cabo, mis piernas no estaban cooperando.

No miro a dónde me lleva, ahora mismo solo me importa salir de aquí, además, estoy demasiado ocupada intentando respirar y no morir.

Veo puntitos blancos bailoteando delante de mí, parpadeo con la esperanza de que desaparezcan, pero siguen ahí, burlándose de mí.

Abro y cierro la boca, no sé si quiero hablar, gritar o simplemente coger una bocanada de aire.

Escucho una puerta abrirse y lo siguiente que sé es que estoy de cuclillas en el suelo en mitad de una habitación que no es la mía. Kendra se coloca frente a mí y me aparta las manos de la cara. Ni siquiera me había dado cuenta de que me estaba tocando el rostro con ellas.

—Mírame. —Al ver que no obedezco, aprieta su agarre en mis muñecas hasta que cedo y la miro—. Imítame, Kasdeya. Estás perdiendo la razón y estás olvidando cómo respirar.

Mi cabeza no registra lo que está diciendo; sin embargo, el cuerpo a veces es demasiado sabio.

Comienza a imitar lo que ve hacer a la princesa pirata.

Los puntitos que se burlaban de mí, al igual que el temblor de mis manos, desaparecen, aunque la sensación de no poder levantarme o sostener mi cuerpo persiste.

Siento como si me hubiesen drenado completamente las fuerzas.

En la habitación solo se escucha el sonido de nuestras respiraciones y el crepitar de las llamas en la chimenea.

Pasan minutos, tal vez una media hora hasta que creo haber vuelto a la normalidad.

Me invade entonces una oleada de vergüenza, no solo ante las cosas sin sentido que he dicho, sino al haberme mostrado tan vulnerable con alguien a quien apenas conozco.

¿Quiere decir eso que si la conociera me daría igual? No, posiblemente me sentiría igual de avergonzada. No llevo bien el mostrar vulnerabilidad, sea quien sea.

—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás herida?

Las preguntas no dejan de salir de ella. Estoy bien, al menos físicamente. No hay ningún sitio donde me duela. Sin embargo, mi cabeza es otro tema.

—Estoy bien, solo… Me he asustado.

—¿De qué?

La miro a los ojos y busco en ella alguna señal de que puedo fiarme, al menos lo suficiente como para decir la verdad menos peligrosa de todas.

—No puedo ser reina.

La preocupación que había en su rostro se disipa y da paso a algo parecido a la ternura. Me mira como si fuese una niña pequeña que tiene miedo hacia algo estúpido. Deja salir un suspiro profundo.

—Así que el príncipe te lo ha dicho.

Me ayuda a ponerme de pie y hace que me siente a los pies de su cama.

—¿Lo sabías?

Asiente.

—La verdad es que lo sospechaba, solo hay que ver la forma en que te mira.

Tal vez ahora no sea amor, pero no tardará en serlo.

No se mira así a cualquier mujer. Hace unos días habló conmigo.

Siendo sincera, creo que quería tantearme.

Ver si mis aspiraciones eran el trono o algo más.

Debió darse cuenta de que no tengo ningún interés en convertirme en la reina de Argevin.

Mi vida está entre las velas, los camarotes y el romper de las olas contra la proa.

Solo quiero lo mejor para los míos. Esta mañana volvió a visitarme, esta vez con una propuesta.

—¿Qué propuesta?

—Transportar alimentos, recursos, ropa, cosas de utilidad para el pueblo.

A cambio de ayudar a Argevin, seremos reconocidos oficialmente como un reino independiente y absueltos de los crímenes que se nos han achacado hasta ahora.

Tendremos un acuerdo, una alianza entre nosotros, sin necesidad de un matrimonio. Así lo quiero yo y así lo quiere él.

—¿Tu padre está de acuerdo?

—Mi padre sabe que soy hija del mar, y el mar no se casa con nadie. No hay quien pueda controlar una fuerza como esa, y mucho menos un hombre. —La expresión de sus ojos se suaviza—. ¿Cuál es tu motivo para no poder ser reina?

Me humedezco los labios resecos con la lengua y a pesar de que sé que no puedo contarle la verdad, desearía poder hacerlo.

No es sensato confiar en nadie, menos en palacio donde todo el mundo tiene secretos y estaría dispuesto a negociar con los de otro con tal de conseguir lo que quiere.

Ojalá no fuese así. Así que me toca buscar algo que decir que se acerque a la verdad.

—No estoy hecha para ser reina, este no es el mundo al que pertenezco.

—Eres una dama.

—No soy una dama.

Nos miramos a los ojos de forma directa y dejo mi máscara a un lado, dejo que vea en mi rostro la verdad que mis labios no pronuncian.

Mi mirada no es la de una dama frágil y protegida de los horrores y el pecado del mundo.

Mi mirada es la de una mujer que haría lo que fuese necesario para sobrevivir y lo lleva haciendo hasta ahora.

Matar, convertirme en un arma. Lo que sea necesario.

Estos ojos han visto más horrores de los que ella pueda imaginar.

La vida en el mar puede ser cruel, pero yo vengo del mismísimo Pozo.

Lo que sea que vaya a decir queda olvidado, pues unos golpes apresurados en la puerta llaman nuestra atención. Cuando Kendra la abre, me queda claro que es a mí a quién buscan.

—Kasdeya, el rey quiere verte.

El rostro de Astra está serio y repleto de sombras. Que el rey requiera mi presencia no es algo tranquilizador. Asiento y me aparto de la cama, dirigiéndole una especie de saludo a la princesa pirata antes de salir de su habitación.

—¿Cómo estás? —pregunta.

Me sorprende su pregunta, aunque me las ingenio para aparentar normalidad.

—Bien. No juzgo al pueblo por reaccionar así. Yo hubiese hecho lo mismo.

—Me alegra oír que estás bien. Debe de haber sido un poco inesperado. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa. ¿Cómo estás de verdad? Después de la visita del príncipe…

No me mira como si me estuviese echando nada en cara, más bien parece compadecerse de mí. Sabe que estoy en una posición complicada y delicada.

—¿Tú también lo sabes?

—La puerta que conecta nuestras habitaciones no es tan gruesa como crees. —Al ver que no digo nada, sigue hablando—. No te preocupes, sé que acabarás con esto pronto. El rey quiere verte, es una gran oportunidad.

Entiendo todo lo que queda implícito en esa frase.

Astra se detiene frente al despacho donde vi por primera vez el cuadro que últimamente colma mis pensamientos.

Con un asentimiento de cabeza, mi doncella me deja sola.

Golpeo con los nudillos la puerta y escucho la voz grave del rey invitándome a pasar.

Una vez dentro, el calor es lo primero que me golpea, seguido muy de cerca del olor a alcohol y humo.

El rey Deimos no está sentado tras su escritorio, sino que se encuentra apoyado contra la chimenea.

Las llamas crean sombras sobre su rostro.

No se gira de inmediato, tarda un par de segundos que se hacen dolorosamente lentos.

—Mi querida Kasdeya, siéntese. Por favor.

Obedezco, sentándome en la silla frente al escritorio y colocando mis manos sobre mi regazo.

—Supongo que mi hijo ya le habrá comunicado las buenas noticias.

Al fin me mira, y ojalá no lo hubiese hecho, porque su mirada está repleta de sentimientos retorcidos que me erizan la piel.

—Así es, majestad —digo en voz queda.

—Al principio me negué por completo. —Sacude la cabeza—.

Reconozco que su razonamiento es lógico.

Usted misma habló de la riqueza de Lendorr, de sus fértiles tierras.

Aun así, todavía tenía de mi parte el hecho de que no tenemos barcos suficientes ni hombres dispuestos a hacer una travesía tan peligrosa, pero ese maldito niño tiene soluciones para todo.

—Deja salir una risa agónica e inquietante—.

No me extraña que tenga al pueblo comiendo de su mano.

Es listo, debo reconocérselo. Hasta la princesa pirata ha aceptado su propuesta.