CAPÍTULO 29 KASDEYA #2
No respondo, porque realmente no sé la respuesta.
Lanzo un suspiro angustiado y me aparto, dejando a Pasha con la duda y me marcho hacia mis habitaciones.
Al entrar, cierro la puerta y apoyo la frente contra ella.
Sé que Keir no es mala persona, creo que de verdad quiere lo mejor para su gente, pero tal vez su juventud lo haga orgulloso e imprudente.
Ni de lejos creo que el rey Deimos sea mejor: es un ser ruin, despreciable; solo hay que ver lo poco que le importa el estado de su mujer tras lo que ha ocurrido hoy y la forma en la que se ha referido al pueblo.
¿Me estoy equivocando? ¿Mis acciones crearán solo más caos? ¿Perjudicaré a inocentes?
Ni siquiera me doy cuenta de que no estoy sola en la habitación, solo me percato al sentir un cuerpo caliente contra el mío. Me tenso unos segundos, hasta que me envuelve el inconfundible olor a limpio, bosque y pino.
—¿Estás bien? ¿Estás herida en alguna parte?
La voz del príncipe suena angustiada, como si él sí estuviese herido, como si algo le doliese.
Tardo unos momentos en encontrar la valentía para girarme y enfrentarme a sus ojos.
No tengo ni idea de cuándo ha ocurrido exactamente, de qué es lo que he hecho para merecer tanta atención por su parte, tanta negativa a dejarme ir.
Tal vez sea el hambre de sentir el afecto de otra persona, el ansia de ser deseada más allá de mi cuerpo, de ser tocada por manos que no hacen daño, que no son egoístas, lo que me lleva a rendirme, a apagar mis pensamientos y solo estar.
Rodeo su cuerpo con mis brazos y descanso la cabeza en su pecho. Escucho sus latidos fuertes y constantes. Sé que mi corazón está nervioso, bombeando sangre como un loco.
—Estoy bien, no me han hecho daño. —Suspiro—. No los juzgo, ¿sabes? Los entiendo. Están desesperados, ven morirse a los suyos de hambre o de enfermedad y nadie hace nada.
Acaricia mi espalda con sus dedos en un toque suave y tranquilizador.
—Kasdeya.
—¿Hmm?
Su pulgar acaricia el dorso de mi mano. No entiendo por qué no me pide que me deshaga de mis guantes. O es demasiado considerado como para pedirme que exponga mis manos al frío o, sin que se dé cuenta, su cuerpo lo está protegiendo de una amenaza que él desconoce.
—¿Qué hacías esa noche en el burdel?
En el fondo sabía que esta pregunta llegaría en algún momento, no creía al príncipe tan idiota como para ignorarlo.
Esa noche tal vez las emociones le hicieron olvidarse de lo realmente importante, pero solo era cuestión de tiempo que su cabeza se centrara de nuevo y buscara respuestas.
Sin embargo, yo también he tenido tiempo para labrar una mentira.
—Una de mis amigas vino hace un tiempo a Zargos, su familia dijo alguna vez algo de un local llamado Red Fear, así que fui con la intención de verla. No tenía ni idea de que era un sitio de ese tipo. Pensaba que sería una taberna o algo así, pero ya ves, me equivoqué.
Me mira intentando encontrar alguna señal de que miento. Jamás la encontrará. Es un arte que he perfeccionado.
—Me habría gustado que acudieras a mí ese día, yo mismo podría haberte llevado y te habría avisado de lo que encontrarías.
—¿Estás celoso de mi guardia?
Entrecierro los ojos.
—Lo estaría si no hubiese visto cómo mira a Kendra cuando cree que nadie se da cuenta.
Abro mucho los ojos ante esta nueva información.
—¿En serio?
Sonríe, pero se lleva una mano a la boca y hace la señal de que sus labios están sellados.
—Además, he hablado con ella y cree que su padre estaría dispuesto a ayudar. En unas semanas llegarán barcos con recursos y alimentos para nuestra gente.
Deshago mi agarre de su cintura y doy un paso atrás, quedando contra la puerta.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—No deberías estar aquí, Keir, no es apropiado. Si alguien te ve…
—Me da igual que me vean. No podía seguir con mis obligaciones sin más, sin comprobar que estabas bien. Además, lo que diga la gente pronto dejará de importar.
Al ver la confusión reflejándose en mis ojos curva los labios lentamente, con una sonrisa cargada de ternura y algo más. Me agarra por los antebrazos con suavidad. Me apartaría si no fuese porque llevo puestos mis guantes de seda.
—Lendorr cuenta con tierras fértiles, tenéis buenas cosechas, buen tiempo. El hecho de estar aislados del continente por el mar ha hecho que la enfermedad casi no os roce, ¿no es cierto? —Asiento—. Entonces tu padre podría ayudarnos.
—No tanto como lo haría el capitán Chancellor.
—El capitán Chancellor solo quiere un buen acuerdo y la felicidad de su hija. Kendra no tiene deseos de convertirse en reina, solo está aquí para llegar a un trato conmigo.
—¿Qué clase de trato?
—Eso carece de importancia ahora. Lo que quiero decirte es que he hablado con mi padre y tengo su aprobación.
—¿El rey ha dado su bendición? Qué despreciable.
Me quiere como amante a la vez que me convierto en la esposa de su hijo—.
Kas… puedes gobernar a mi lado. Sé lo que piensa mi madre, que no es sensato tener a una mujer como tú junto a mí, que tus ideas me harán dudar en los momentos importantes y que el amor me llevará a ablandarme cuando tenga que actuar con mano dura.
Me da igual. No tengo miedo a tu inteligencia, a tus ideas, a la idea de enamorarme de ti.
Sé que podemos hacerlo bien, que podemos hacer muchas cosas buenas por Argevin.
Si tú quieres, claro. Si crees que eres capaz de amar mi tierra como lo hago yo y de velar por su gente como si fuese la tuya.
Es mi gente, quiero gritar.
Soy una asesina sin apellido ni hogar, pero el reino de Argevin, sus calles llenas de suciedad y su gente hambrienta, son más mías que de cualquier hombre con corona que se siente en el trono.
—Kendra es la opción correcta para Argevin.
Kendra alimentará al pueblo, será una buena reina, lo sé.
No viene de una familia cuya riqueza se remonte a siglos atrás, viene de piratas, hombres que han puesto en riesgo sus vidas para conseguir lo que quieren.
Tal vez no sean buenas personas, no obstante, Kendra lo es.
Lo siento en mis huesos. Una persona como ella es lo que necesita Argevin.
Una mujer que sabe lo que cuestan las cosas, que ha visto a su padre desde pequeña jugarse el pellejo, alguien que ha navegado mares peligrosos y aun así sonríe.
La propuesta del rey aún resuena en mis oídos: la próxima vez que nos veamos solo tengo que decir que sí y dejar que me lleve a su habitación.
Pondré fin y huiremos los tres, Astra, Pasha, y yo.
Habremos liberado el camino del príncipe para que tome el trono y erradique la amenaza de Andras Berengar antes de que haga más daño.
—¿Y cuál es la opción correcta para mí? —pregunta.
—La opción correcta para un rey es la que es mejor para su reino.
—No te está preguntando el futuro rey, te está preguntando Keir. Solo Keir.
Levanto la mano, cometiendo el atrevimiento de acariciar el contorno de su rostro con mis dedos. Ojalá poder sentir de verdad el tacto de su piel bajo mis yemas, aunque es mejor así.
—Sois la misma persona —susurro.
Su cara pasa por muchas emociones en cuestión de segundos, de la confusión a algo parecido al dolor y después el enfado.
—¿Por qué me sigues apartando?
—Porque sé que no soy buena para ti.
—Pensaba que esa era solo una excusa que usábamos los hombres.
Porque eso es lo que es, una excusa. Mírame a los ojos y dime que no lo sientes.
Que tu corazón no late más deprisa cuando estás cerca de mí.
Que parece que llevamos toda la vida alrededor del otro.
Los Eternos te han mandado hasta aquí porque somos lo correcto.
Niego con la cabeza repetidas veces, negándome a escuchar nada de lo que dice ni dejarme fantasear en sus palabras.
—Pensaba que no eras una cobarde, Kasdeya Vikena.
Mi nombre en sus labios parece veneno. Mis cuerdas vocales se han quedado congeladas, en parte por las ganas de decir que sí y vivir la fantasía y el miedo ante una verdad que no puedo revelar si quiero seguir con vida.
A tientas busco el pomo de la puerta y la abro, huyendo de mi propia habitación y dejando atrás a un príncipe que me elige a mí.
Solo que él no sabe lo que está eligiendo.