CAPÍTULO 29 KASDEYA
En palacio las noticias viajan rápido, así que en cuanto ponemos un pie fuera del carruaje, todas las muchachas que están aquí para intentar ganarse la atención del príncipe se encuentran frente a las escaleras de entrada, esperando ver a la reina y colmarla con sus deseos de que esté ilesa.
Ninguna repara en mí, yo carezco de importancia o también se han dado cuenta de que la reina jamás dejará que sea yo la elegida por su hijo, así que no les supongo una gran competencia.
Observo el estado del carruaje, lleno de suciedad y astillado en algunas partes por las pedradas.
No encuentro dentro de mí la capacidad de sentirme molesta con ellos por lo que han hecho.
Los entiendo. La desesperación, la falta de soluciones y de comida, te lleva a cometer actos imprudentes y desesperados.
Si supieran realmente a lo que se dedica la realeza en su impenetrable castillo, lo que ha ocurrido hoy solo sería un juego de niños en comparación con lo que pasaría.
No puedo evitar sentirme mal e hipócrita por estar aquí.
—¡Madre!
Alzo la mirada a tiempo de ver a Keir bajar los escalones con prisa, el rostro desencajado con preocupación y los puños cerrados como si fuese a golpear a alguien.
En cuanto alcanza a su madre, la agarra por los hombros y busca en ella alguna herida.
Estoy tentada de poner los ojos en blanco y decirle que su madre no ha sufrido ningún daño.
No puedo decir lo mismo de los guardias.
Las muchachas les dejan espacio, retrocediendo varios pasos.
Keir murmura algo que no alcanzo a oír bien y lo que sea que la reina responde, hace que levante la mirada hacia mí.
No me sonríe, pero creo sentir por un segundo que hay preocupación en su rostro.
—Subamos —dice—. Debéis estar conmocionadas por lo que ha pasado.
¿Se pregunta por qué estaba con su madre esta mañana? ¿O ya lo sabe? ¿Le habrá molestado? Me reprendo a mí misma. No hay tiempo para estas preguntas de chiquilla estúpida.
Comenzamos a ascender los escalones hasta la puerta principal de palacio, con el resto de invitadas detrás de nosotras.
Sigo al príncipe y a la reina, pues parece que es eso lo que se espera que haga.
Sus pisadas retumban por los pasillos de techos altos y no entiendo hacia dónde nos dirigimos hasta que abre dos pesadas puertas con fuerza y entramos a una sala que parece dirigida a tomar decisiones de guerra.
Dentro se encuentran el rey Deimos y Andras Berengar.
Ambos están sentados en torno a una pequeña mesa donde está dispuesto un tablero de ajedrez.
Por la posición de las piezas, parece que los acabamos de pillar en plena partida.
—¿A esto te dedicas mientras a tu esposa la abuchean y la apedrean al salir del templo? —grita Keir.
Jamás lo había escuchado tan enfadado y, viendo el rostro del rey, él tampoco.
No es que no sea capaz de entenderlo, su hijo, su heredero, lo está poniendo en evidencia delante de un público bastante extenso.
No solo con todas nosotras mirando, sino frente a su enemigo con el que en teoría quiere negociar.
¿Estás en posición de hacerlo cuando ni tu propia familia te respeta?
Andras parece estar pensando lo mismo que yo, pues tiene una mirada calculadora, felina, y los labios estirados en una de esas sonrisas burlonas que consiguen enervar.
—¿Estás bien, querida? —pregunta.
—Sí, los guardias…
—Le preguntaba a Kasdeya.
Todo el mundo en la sala contiene un sonido de horror. Incluso a mí se me transforma el rostro. No soy capaz de articular palabra, así que solo asiento.
—¿En serio, padre?
—Hasta donde alcanzo a ver, tu madre está de una sola pieza e ilesa. El pueblo tiene momentos como este de vez en cuando, no es nada preocupante. Se castigará a los implicados y se expondrán sus cuerpos para advertir al resto de lo que les sucederá si se atreven a hacer algo así de nuevo.
Aprieto los puños y me muerdo la lengua para que no salgan de mi boca las palabras que se agolpan en ella.
—¿No ocurre lo mismo en Valyndra, rey Andras? —pregunta el rey a su compañero de ajedrez—. El pueblo es desagradecido y celoso.
—Bueno, no puedo decir que mi pueblo me haya atacado alguna vez.
El rey Deimos aprieta tanto la mandíbula que creo escuchar sus dientes rechinar. En cambio, el rey maldito sonríe con inocencia, como si su comentario no hubiese tenido la intención de agravar más la situación.
—No me importa lo que ocurra en Valyndra, me importa lo que sucede en las calles de Argevin.
Y a ti también debería, padre. El pueblo se revela porque sabe que las cosas no están bien y, en vez de solucionarlas, estás aquí echando una partida de ajedrez con la fuente de uno de nuestros mayores problemas.
El rey no puede soportar más las faltas de respeto y se levanta de su asiento, caminando con paso decidido hasta estar a escasos centímetros del rostro de su hijo.
A los dos parece no importarles nuestra presencia y que su enemigo esté teniendo un asiento en primera fila para ver los problemas familiares de los Blackburn.
Por muy de acuerdo que esté con el príncipe, no creo que tener esta discusión delante del rey maldito sea lo más inteligente. No obstante, ya es demasiado tarde.
—¿Y qué propones tú, hijo mío? ¿Declaramos la guerra y mandamos a cientos de súbditos a la batalla?
Ni siquiera sabes lo que es una lucha de verdad.
Te crees importante porque te llaman en las calles el príncipe dorado, prometes la paz al pueblo, pero no les dices que, para ello, antes planeas matarlos en una guerra que no puedes ganar.
Dime, hijo, ¿cómo se combate algo que no puedes ver?
¿Crees que matando a Andras parará la enfermedad que nos asola?
Qué iluso eres. El mal ya se ha expandido, puedes matar al pecador, pero no el pecado.
La expresión de su rostro y la forma en la que salen sus palabras lo hace parecer casi demente.
El silencio es absoluto, la rabia en el rostro de Keir ha hecho que sus mejillas se hayan coloreado de rojo y es el sonido de un carraspeo lo que alivia la tensión en el ambiente. Al menos momentáneamente, pues lo que salga a continuación de la boca de Andras Berengar puede agitar más la sala.
—Debo admitir que me encuentro francamente sorprendido.
Keir, qué osado eres. —Se dirige a él por su nombre y la forma en que lo pronuncia carece de formalidad o respeto.
Casi parece un hombre reprendiendo a un niño, a pesar de que estoy segura de que no están muy alejados en edad—.
Esperaba recibir una disculpa por el daño irreparable que se me ocasionó hace unos años, pero ahora veo que tus intenciones son otras.
Declararme la guerra, ¿a mí? Tal vez mi tierra no sea prolífica, pero te aseguro que mi pueblo no se muere de hambre como el tuyo.
¿Sabes por qué? Porque un rey busca soluciones para su gente.
Y eso ha hecho que mis hombres sean fieles hasta la médula.
Llévame a la guerra, Keir Blackburn, y te mostraré cómo pelea un pueblo de verdad.
Por su rey. Y no contra él. —Suelta una carcajada—.
Solo eres un niño con el ego demasiado inflado, pero te dedicas a llorarle a papá porque las cosas no salen como quieres.
Te aseguro que yo no soy el culpable de vuestros males, porque yo no soy un monstruo como vosotros.
Nadie se atreve a hablar. Lo que ha tenido lugar aquí, ahora mismo, deja claro que cualquier posibilidad de acuerdo, de descubrir una cura de la boca del rey maldito, queda por completo olvidada.
Andras se dispone a salir de la habitación, inclinando la cabeza hacia todas nosotras a modo de despedida.
Sus ojos dan con los míos y se quedan ahí más tiempo del necesario.
Se asegura de que sus dedos rocen mi codo al pasar.
Tras su marcha, ninguna se siente cómoda estando aquí.
No hace falta que nadie nos diga que nos marchemos, aunque la mirada de la reina Evara indica que no soporta nuestra presencia ni un segundo más.
Cada una se marcha a sus aposentos excusada del resto de eventos del día, sin embargo, yo necesito algo de aire.
Me cuelo por una de las puertas que da a una de las muchas terrazas repartidas por el palacio.
Me apoyo contra la balaustrada e intento volver a respirar con normalidad.
Lo que acabamos de presenciar ha sido intenso y puede que el principio de una guerra.
Sabía desde hace tiempo las intenciones de Keir y, aunque no creo que nazcan desde el egoísmo, sino desde la desesperación al ver que la enfermedad avanza y no hay solución, aún guardaba una pequeña esperanza de que los métodos del rey no fuesen del todo inútiles.
Tal vez inflarle el ego a Andras nos consiguiese las respuestas que necesitamos, la cura que ansiamos.
Él dice que lo que está ocurriendo no es culpa suya, pero yo no he oído hablar de nadie más que sea capaz de hacer lo que él hace.
Los rumores siempre nacen de un poco de verdad.
—Parece que iremos a la guerra, al final.
La voz de Pasha me sobresalta. Miro hacia abajo y lo veo apoyado contra el muro de la balaustrada.
—¿Ya te has enterado?
—En palacio las noticias vuelan.
—Empiezo a cuestionarme si de verdad debemos matar al rey. No has escuchado la manera en la que Andras ha hablado… Parece tranquilo, como si lo tuviese todo bajo control. Si le dejamos el camino libre a Keir… Podría haber mucho más caos.
—Ni tú ni yo estamos aquí para pensar, Kasdeya. Estamos para completar el trabajo por el que nos han pagado.
—Sí, pero ¿y si hacemos más mal que bien?
—¿Empiezas a cuestionar los métodos de tu querido príncipe?