La doncella del veneno CAPÍTULO 28 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 28 KASDEYA #2

De hecho, aún lo pienso. Estoy segura de que eso que se entremezcla entre la sangre de fieles solo es algo para engañarlos.

Se cuenta como una historia para dormir o para asustar a las chicas más rebeldes.

Dicen que, antiguamente, con cada renacer del fénix, una mujer era escogida para ser su compañera.

Era todo un honor, no solo por la gran majestuosidad de la criatura, sino por la conexión de este con el dios de la vida.

Se creía que la muchacha estaría cerca de él también.

Nadie volvía a saber de aquella que fuese seleccionada.

No se sabe si era algo que escogía el destino o era voluntad de la criatura, pero con el paso del tiempo se convirtió en lo que se les dice a las niñas para que obedezcan. Pórtate bien o el fénix te escogerá.

—A veces es difícil creer en lo que uno no ha visto con sus propios ojos. En eso consiste la fe, ¿no crees? —Señala con la barbilla hacia todo ese líquido espeso—. Ahí yace la sangre del último fénix, con todas nuestras ofrendas.

—¿Ofrendas para qué?

—Para que renazca de nuevo. Creo firmemente en que solo él será capaz de erradicar todo el mal que asola nuestro reino. El fénix es prosperidad, no por nada es la criatura del dios Oberon, el dios de la vida.

—¿Y no es esa suficiente señal de que los dioses nos han abandonado?

—Todo esto es una prueba para que demostremos nuestra lealtad.

Sus ojos me miran impacientes, así que deslizo el filo por el interior de mi brazo, cerca del codo, y dejo que caigan unas cuantas gotas.

Al chocar contra la superficie producen un pequeño humo, como si se hubiesen evaporado al entrar en contacto con el líquido.

Retengo el aliento y miro detrás de mí para comprobar si ella también lo ha visto o solo ha sido un engaño de mis ojos.

No obstante, la reina tiene los ojos cerrados y parece que ya ha comenzado con sus oraciones.

Oculto la daga en mi vestido. Por nada del mundo dejaré que rastros de mi sangre estén cerca de la reina.

Me arrodillo junto a ella, imito su postura y cierro los ojos.

En mi cabeza no hay ninguna oración, nada que decir a unos oídos que sé que jamás me han escuchado.

Así que me limito a esperar en silencio, fingir una vez más.

Nadie nos interrumpe, de hecho, creo que seguimos siendo las únicas dentro del templo.

Me pregunto si por orden de su majestad o simplemente no queda nadie con fe en una ciudad que se muere poco a poco.

Pasada una hora, la reina se alza, ignorando el dolor de sus rodillas después de tanto tiempo postrada.

En nuestro camino hacia la salida, reparo en la representación de cuatro dioses que destacan por encima del resto, ya sea por la criatura que los acompaña o por la crudeza de sus imágenes.

Umbros, con los cuernos de su cabeza retorcidos y manchados de sangre, tiene un cuervo blanco de un tamaño demasiado grande para ser real posado sobre su hombro.

Me sorprende ver una imagen del dios exiliado en el templo.

El dios que monta al fénix no puede ser otro que Oberon.

Una mujer besando a una serpiente de tres cabezas con colores blancos y rojos que representa a Saiph y, por último, un hombre con el pecho desnudo que parece estar domando a un dragón en medio de un mar embravecido: Yllvard, el dios de las aguas.

Salimos fuera y el olor de la cera y el cobre de la sangre queda atrás. No sé si es prudente romper el silencio que se ha extendido entre nosotras, pero lo hago.

—Entonces, ¿usted cree en la profecía?

Baja los escalones del templo agarrándose de las faldas.

—¿Cuál de todas, muchacha? Nuestra historia se compone de mitos y profecías, ¿no te has dado cuenta?

Creo que empiezo a hacerlo.

—Cuando encontré el anillo, vi un cuadro. Su hijo me dijo que representaba la profecía de la última sacerdotisa. También me contó que el rey piensa que él es el niño besado por ella.

—Si pensamos que ese beso es más metafórico que literal, podría ser Keir, por supuesto. Estoy segura de que no hay nadie mejor que él para traer la paz que tanto ansiamos.

—Pero, ¿en qué consiste realmente la profecía?

Pone los ojos en blanco, y cada vez estamos más cerca del carruaje que nos espera.

—Sé, posiblemente, lo mismo que mi hijo.

Dos bebés nacidos el mismo día a la misma hora, uno de ellos hace largo tiempo bendecido y reconocido por la última sacerdotisa como el salvador de nuestra tierra.

Del otro se desconoce cuál es su papel en todo esto.

Todos suponemos que su labor es traer el caos al mundo.

Nadie sabe de quiénes se trata ni qué apariencia tienen, solo que fue lo último que dejó escrito la sacerdotisa antes de morir hace casi un siglo.

Abro la boca para hacer otra pregunta, sin embargo, no tengo tiempo antes de que empiecen a escucharse abucheos y los guardias corran para agarrarnos del brazo y hacernos entrar al carruaje cuanto antes.

Apenas se ha cerrado la puerta cuando algo impacta contra ella, dejando una huella de suciedad en el cristal.

Me acerco para ver mejor lo que está pasando fuera.

El pueblo está encolerizado, vociferan hacia donde estamos escondidas, lanzan alimentos podridos hacia nosotras y, entre sus gritos, se puede distinguir la rabia de un pueblo que se siente abandonado a su suerte.

Tampoco me pasan inadvertidos los rostros de aquellos que saben que les queda poco tiempo y no tienen nada que perder enfrentándose a la realeza.

Morirán pronto de todas formas. La reina me mira con ojos abiertos y asustados, buscando lo mismo en los míos, o tal vez alguna especie de consuelo.

No lo encontrará, pues he visto la frialdad con la que actúan ante la muerte, los he visto celebrar unos juegos mientras el pueblo muere. He visto la comida servirse sin medida y tirarse despreocupadamente. Yo formo parte de ese pueblo furioso, aunque no lo sepan.