CAPÍTULO 28 KASDEYA
—¿Estás loca? ¿Es eso? ¿Cómo se te ocurre pedirle a Pasha que te lleve al burdel en mitad de la noche?
El tono elevado de su voz hace que me retumbe la cabeza.
—Necesitaba comprobar con mis propios ojos que Bryn está bien.
—¿Y lo está?
—Lo estará —digo, intentando convencerme a mí misma.
El recuerdo de lo que pasó anoche me asalta de nuevo.
Es lo único en lo que puedo pensar y lo que veo si cierro los ojos.
El peligro se mezcló con el placer formando una combinación irresistible y adictiva.
No obstante, sé que no se puede repetir.
La próxima vez podría tener un desenlace fatal.
Esta vez hemos tenido suerte, demasiada, y no estoy dispuesta a volver a arriesgarme.
Por no hablar de mi encuentro desafortunado con el rey maldito.
Tocan a la puerta sobresaltándonos a ambas. Astra deja lo que está haciendo para abrir. Al otro lado hay una mujer con el pelo canoso y la cabeza baja.
—Si me disculpáis, la reina Evara quiere invitar a la señorita Kasdeya a salir de palacio con ella.
—¿Cuándo? —pregunta Astra a la vez que yo me pongo a pensar a toda velocidad.
—Ahora mismo.
—Necesito unos minutos para…
—Solo la señorita Kasdeya.
Echo un vistazo a mi reflejo en el espejo y compruebo que estoy presentable para acudir al encuentro con la reina. Me levanto del tocador y paso al lado de Astra lanzándole una mirada que espero refleje la misma curiosidad que veo en la suya.
Sigo a la dama de compañía, que me lleva hasta donde la reina Evara está esperando. Lleva un velo alrededor de sus hombros y dos guardias la custodian.
—¿Está todo listo para ir al templo? —la escucho preguntar.
Uno de los guardias mira por encima del hombro de la reina, buscando algo.
—Sí, majestad.
Los ojos de todos reparan en mí en cuanto me ven llegar, y yo hago una pequeña reverencia acompañada de una leve sonrisa.
—Buenos días, majestad. ¿Quería verme?
—Así es, quiero que me acompañe en mis oraciones en el templo.
Lo dice con orgullo goteando de su voz, e hinchando el pecho.
No puedo negar que su fe me sorprende, más aún cuando la mayoría se ha olvidado de cómo rezar y a quién hacerlo.
El templo a estas alturas es más un sitio turístico para los curiosos que realmente un lugar de culto al que aproximarse los fieles.
No obstante, si queda algo de vida en ese sitio, debe ser por personas como la reina Evara.
—Oh, ¿de verdad? Será todo un honor acompañarla.
Entrecierra los ojos y parece estar evaluándome.
Me pregunto si hay algo en mi rostro que revele todos los pecados que llevo a mis espaldas, si estos quedan a la vista de ojos calculadores como los suyos.
Intento que mi sonrisa más inocente no decaiga en ningún momento.
No puedo evitar hacer comparaciones. Sus ojos no me agradan, son fríos y solo transmiten emociones que me erizan el vello del cuerpo, en cambio, su hijo tiene una de las miradas más cálidas que he visto jamás.
—¿A qué Eterno le rezas?
No es algo extraño que cada persona tenga un dios favorito, aquel al que recurre siempre que reza. No es más que una forma de intentar alimentarles el ego y así ser favorecidos.
Es posible que con estos pensamientos yo no me vaya a ganar el favor de ninguno.
—Sitri, la diosa de la naturaleza. En el reino de Lendorr vivimos de lo que la tierra nos da, así que mis oraciones van para ella, para que siga bendiciéndonos con buenas cosechas.
Parece estudiar mi respuesta, estoy segura de que está buscando cualquier cosa que le sirva para seguir desconfiando de mí.
Para nadie es un secreto que no soy su favorita.
La reina es demasiado inteligente como para no haberse dado cuenta a estas alturas de que tengo la atención de los dos hombres más importantes de su vida, aunque a uno de ellos lo desprecie sin tapujos.
—Pongámonos en marcha.
No sabía que estaba conteniendo el aliento hasta que dejo que este salga de mí, a la vez que la acompaño hasta su carruaje, siempre manteniéndome un paso por detrás.
Una vez que estamos dentro, parece aprobar que me haya cubierto los brazos con los guantes y que mi vestido sea uno de los más conservadores de mi armario.
—¿Está siendo su estancia en palacio agradable?
Me sorprende que se moleste en entablar conversación conmigo. Al parecer ni la reina es inmune al silencio incómodo.
—Sí, las semanas en palacio están siendo muy agradables, majestad. Gracias por su hospitalidad.
Se ríe, pero no es una risa bonita.
—Por favor, no hace falta que me mienta, querida.
Sé que los acontecimientos de las últimas semanas han sido…
traumáticos. Tanta enfermedad, tanta muerte…
Por no hablar de esos juegos ridículos con los que tanto insistió mi marido.
—No duda en menospreciar a su esposo delante de mí, sin importarle lo que piense o lo que pueda decir después—.
Para él solo sois un entretenimiento más, pero eso ya lo sabe ¿verdad?
Por un segundo me pregunto si esta es solo una prueba más a la que me veo sometida bajo su escrutinio, pero el claro desdén en su voz me hace sentir que es seguro darle la razón. Asiento de manera breve.
—Me recuerda mucho a mí, ¿sabe? —Estira las comisuras de sus labios en un gesto que no podría terminar de clasificar como una sonrisa—.
Por eso sé que no es adecuada para mi hijo.
Entre iguales nos reconocemos. Veo inteligencia en esos preciosos ojos verdes, pero también veo que es usted una buena jugadora, una manipuladora.
Y no hay pobre diablo más fácil de manipular que un hombre enamorado.
¿Es ahí de donde viene su rabia? Su marido es obvio que no está enamorado, sino no andaría metiendo su miembro en cada agujero caliente que se encuentra.
Y sin amor, no hay posibilidad de manipulación.
El rey es ahora mismo un niño jugando a ser un adulto con demasiado poder y no hay nadie que lo controle.
Por supuesto, no digo nada de esto. Aprecio que mi cabeza siga unida a mi cuello.
—No obstante, quiero que sepa que alabo su personalidad, Kasdeya. Si las circunstancias fuesen otras, no dude de que la tendría en gran consideración.
Supongo que ya no tengo que fingir que no me doy cuenta de sus desprecios frente a su hijo, de su mirada fría cuando estamos en público. Ella misma acaba de confesarme que no me quiere cerca del futuro rey.
—Estoy más que segura de que se habrá encargado de que su hijo elija sabiamente. —No contengo mi sonrisa arrogante—. Pero no tiene de qué preocuparse, no albergo ningún deseo de convertirme en la reina de Argevin.
—Eso me preocupa aún más —dice en tono algo burlón—. ¿Qué mujer inteligente no querría ese poder?
—El poder no te hace libre.
Se hace el silencio dentro del carruaje, aunque nuestros ojos mantienen una conversación fuerte y clara.
Ella es la reina, pero ¿su libertad dónde está?
Permanece atada a un hombre que no la ama, que no la respeta, y cuya actitud ni siquiera es de admirar.
¿Qué hay más triste en este mundo que obtener el respeto de gente de la que ni siquiera conoces el nombre y, del único que debería hacerlo, no recibir ni las migajas?
¿Qué hay peor que sentir que la persona a la que estás unida de por vida no es más que un chiste?
Todo eso y más es lo que se dicen nuestros ojos, no obstante, ninguna de las dos lo dirá en alto.
Yo por instinto de supervivencia, y ella por vergüenza a reconocer que una mujer tan inteligente como dice ser está siendo ridiculizada por un hombre patético.
El carruaje se detiene y doy gracias por ello.
No sé hacia qué lugar peligroso nos hubiese llevado esta conversación.
Estamos muy cerca del templo, solo tenemos que subir unas escaleras de piedra en las que, si me fijo bien, parece haber piedras preciosas profundamente incrustadas.
Cuánto miedo debe tener el pueblo a la furia de la reina.
Si alguno se atreviera a robar las piedras del templo vería sus manos cortar en cuestión de tiempo.
Lo que tardaran los guardias en encontrar al culpable.
Al entrar dentro, me quedo sin palabras, tal vez a causa del frío casi glaciar que me roba el aliento.
Los techos son altísimos, con frescos decorando cada uno de sus rincones.
Dos columnas recubiertas de oro adornan el final de la sala, dando paso a un altar en el que solo hay lo que parece una pila llena de agua.
Nos acercamos poco a poco y voy dándome cuenta de que no hay nadie aparte de nosotras.
Todo está recubierto en el tono naranja de las llamas de los cientos de velas que iluminan el sitio.
Cuando quedamos frente al altar, la reina extrae una daga de la manga de su vestido y sube los escasos escalones hasta la gran masa oscura que se encuentra ahí.
Se rasga la palma con la hoja y deja caer su sangre.
Acto seguido se da media vuelta y me pasa el arma, indicándome claramente que es mi turno.
Conforme subo los peldaños, el familiar olor cobrizo me azota las fosas nasales y quedo frente una bañera de sangre mezclada con algo dorado.
—Sangre de fénix —aclara tras mi espalda.
—Pensaba que eso era un mito.