CAPÍTULO 27 EL CUERVO
La noche ha resultado más interesante de lo que esperaba.
He sobrevolado toda la ciudad siguiendo a la muchacha, preguntándome qué la llevaba a querer salir del palacio con tanta urgencia.
Al verla salir del burdel del brazo del príncipe, no he podido evitar seguirlos.
Me preguntaba si el joven alcanzaría un final prematuro por jugar con lo que no debe.
No obstante, la noche no parecía que fuese a acabar en tragedia.
Los he seguido desde el cielo mientras recorrían a caballo la distancia hacia palacio.
No me he perdido detalle de nada de lo que pasaba y con cada minuto me he dado cuenta de que los sentimientos de estos dos están creciendo.
Tampoco es que yo entienda mucho de sentimientos como el amor, pero puedo ver el cambio en el brillo de sus ojos poco a poco.
Es una de las ventajas de estar cada día por aquí, veo y me doy cuenta de cosas que al resto le pasan desapercibidas.
La traición dolerá el doble, eso estaba claro.
Espero a que la muchacha se quede sola en su habitación para posarme en el balcón.
Se mueve con nerviosismo y puedo ver el temblor de sus manos, el sudor perlándole la frente.
Se deshace de la ropa con agilidad y se adentra en la sala de baño.
Una lástima que no pueda seguirla hasta ahí sin llamar su atención.
Un rato después reaparece con un camisón blanco, dispuesta a dormir, y es en ese momento cuando repara en mí.
Su rostro no muestra miedo como lo hace el del resto de la gente, sino que entrecierra los ojos y me mira con interés y sospecha.
No dura demasiado, pues redirige su interés a cubrirse con las sábanas.
Vuelvo a emprender el vuelo en busca de algo que sea más interesante que ver a la chica de ojos verdes dormir, o más bien intentarlo.
Presiento que el sueño no acudirá a ella pronto.
Paseo por los jardines hasta dar con dos figuras que conversan.
Mantengo el silencio y me poso sobre la copa del árbol más próximo a ellos, con la intención de captar su conversación.
—¿Cómo se te ocurre llevarla hasta allí?
—¿Qué otra cosa podía hacer? Si no la llevaba yo, iría sola.
Reconozco al guardia y la doncella de la muchacha.
—¿Crees que tendrá éxito en su misión?
La doncella mira a su hermano como una niña pequeña que busca todas las respuestas en un adulto, llena de esperanza, pero también miedo.
—No lo sé, Astra. Es muy peligroso tener la atención de dos hombres como ellos. No son de fiar y lo sabes.
Esta asiente.
—¿Qué haremos si la descubren?
—Huir.
—¿No intentaremos ayudarla?
—Si la descubren, no habrá nada que nosotros podamos hacer para ayudarla. La matarán.
Puedo sentir que la pequeña de los dos hermanos no está para nada de acuerdo con lo que se está diciendo. Veo preocupación y una pizca de rebeldía en su rostro. Curioso.
—¿Se lo has contado?
—¿A quién?
—Ya sabes a quién.
El guardia mira a ambos lados, comprobando que no hay nadie, y se inclina hacia su hermana para hablarle en voz más baja.
—Me dijo que no me comunicara con él. Bajo ninguna circunstancia.
No parece ser la respuesta que ella esperaba escuchar.
Suspira y se aferra más a su capa. Intercambian un par de frases más sin importancia y pone rumbo de regreso a su habitación.
Puedo entender a los hermanos, sobre todo al mayor de ellos, quien es evidente que siente la responsabilidad de cuidar de la menor.
Las acciones de Kasdeya repercutirán en sus vidas y el guardia no está dispuesto a perder la suya y la de su hermana por una muchacha que está jugando peligrosamente con fuego.
Para ellos la tarea parece sencilla: entrar a palacio, seducir al rey, conseguir estar cerca de él y matarlo.
Sin embargo, las cosas en la vida nunca son sencillas. Mucho menos cuando entra en escena el amor.