CAPÍTULO 26 KASDEYA #4
Me gira entre sus brazos y se las arregla para colocar mi sexo encima de su muslo.
Este se siente caliente y duro debajo de mí.
Posa las manos en mis caderas y me hace frotarme contra él.
Es imposible que esto le cause placer y, aun así, sus ojos están completamente negros.
Su pecho sube y baja con esfuerzo. Su boca se acerca a la mía y consigo apartarme en el último momento.
Eso parece divertirlo, como si tan solo estuviese siendo rebelde y no procurando no robarle la vida.
Ya no hace falta que sus manos me marquen el ritmo, mis caderas se mueven encima de su pierna desvergonzadamente.
No puedo evitar imaginarme que son sus dedos los que me están produciendo placer y no el roce de nuestra ropa.
Rozo con la mano la erección que a duras penas se esconde bajo el cuero de su pantalón.
Solo puedo imaginarme lo doloroso que debe ser.
Hago algo de presión encima y su gemido roza mi oído, haciéndome cosquillas.
Me sujeta por el muslo y enredo mi pierna en su cadera mientras que con el otro pie consigo mantener el equilibrio.
Me cubre la cabeza con la capa, escondiéndome del mundo y quedándose para él solo las expresiones de placer que muestra mi rostro.
No soy capaz de cerrar los ojos, por miedo a que ocurra algo si lo hago y también por la impresión que causa en mí el tener su mirara clavada en mí de esa manera.
No me atrevo a pensar que sea la única que ha visto el placer que muestra el príncipe, pero por un breve instante me siento como si así fuera.
No llevo mis guantes, ni el velo con el que siempre me he paseado entre las paredes de este burdel.
Estoy más expuesta que nunca, pero el placer me ha embriagado tanto que no le doy importancia.
El movimiento de mis caderas y mi mano se vuelven más rápidos.
No sé qué necesito más, si alcanzar mi clímax o que me regale el suyo.
Nunca he escuchado a un hombre gemir de placer en mi presencia, siempre han sido gorgoteos de garganta anunciando la muerte.
Lo que estamos haciendo está mal. Muy mal.
La tela del pantalón se sigue rozando contra el responsable de tanto placer.
Puedo sentir la humedad entre mis piernas creciendo y sé que debo terminar esto cuando antes.
Clava los dedos en mi muslo y es esa pizca de dolor lo que desata un mar de sensaciones desconocidas hasta ahora.
Mi mano sigue acariciándolo por encima del pantalón.
Su erección parece enorme bajo mi palma.
Me muerdo los labios con fuerza, ahogando el sonido cuando el éxtasis me alcanza, sin embargo, él niega con la cabeza y aprieta mi mandíbula con su mano, obligando a que mi boca se abra y los jadeos de placer retumben entre nosotros.
Cierra los ojos y gruñe muy cerca de mí.
No me doy cuenta de lo que he hecho hasta que siento unas gotas calentándome la mano.
Deslizo la mirada a tiempo de ver cómo la punta de su miembro asoma por el pantalón y unas cuantas gotas de su semen caen sobre mis dedos.
Permanecemos en silencio, recobrando el aliento.
No intenta taparse de inmediato, cómodo con su vulnerabilidad después del clímax, y yo no soy capaz de apartar la mirada.
Me relamo los labios, no sé si me ve hacerlo.
Cuando se da cuenta de su semen en mis dedos, me agarra la mano, saca un pañuelo de su chaqueta y me limpia con sumo cuidado.
Observo cómo la prueba de lo que hemos hecho desaparece de mi cuerpo, aunque aún siento el cosquilleo entre mis piernas.
Ninguno dice nada, solo se escuchan nuestras respiraciones aceleradas que, poco a poco, luchan por volver a la normalidad y el ruido del gentío a nuestras espaldas.
—Le ruego que me perdone.
—Pensaba que habíamos dejado atrás las formalidades dados los últimos acontecimientos. Me dijiste que te parara y no lo hice. No hay nada por lo que disculparse.
—Sigues siendo una dama. No debería haber hecho esto. Así no es como un príncipe trata a una mujer.
Sonrió un poco al ver que al menos ya no me habla de usted.
Sigue limpiando mi mano y cuando termina, no me suelta, sino que me rodea los dedos.
Me doy cuenta de que lleva guantes. Al menos uno de los dos ha sido lo suficientemente sensato para cubrirse y protegerse.
Él pensaba que lo hacía del frío, no de la muerte.
—Te aseguro que así es como una mujer quiere que un príncipe la trate.
Alza la mirada hasta la mía y la leve preocupación que se escondía ahí desaparece, dando paso a un brillo divertido. Sacude la cabeza, como si pensara que soy un desastre.
—No dejarás de sorprenderme nunca, ¿verdad?
—Mientras siga en palacio, lo dudo. Espero que la futura reina sea igual de imprevisible.
El brillo desaparece, dando lugar a sombras.
Ninguno de los dos puede dejarse engañar por el placer compartido.
Yo soy una asesina que está mintiendo para conseguir un fin, no una muchacha de alta cuna que está esforzándose para que el príncipe pida su mano.
Y él debe recordar que hay opciones mucho más prometedoras que la hija de un duque del que nadie sabe nada y cuyo territorio se encuentra al atravesar un mar que alberga horrores.
—Yo también lo espero. —Pestañea un par de veces, recobrando una expresión normal—. Marchémonos de aquí antes de que alguien reconozca mi identidad. A no ser que quieras… quedarte a encontrar lo que sea que estuvieses buscando.
Hay una pizca de celos en sus palabras. Me contengo de dibujar una sonrisa, eso solo complicaría más las cosas. Debo actuar con indiferencia.
—Creo que he encontrado lo que estaba buscando. Podemos irnos.
Asiente y me ofrece su brazo. Me aseguro de que la capa está en su sitio, ocultando mi rostro, aunque ninguno de los clientes habituales del local me ha visto jamás sin el velo. Fuera, Pasha aguarda junto al caballo. Su cuerpo se pone en tensión en cuanto ve al príncipe a mi lado.
—Alteza.
Hace una pequeña reverencia.
—Puedes marcharte. Yo me encargo de llevar a la señorita de regreso a palacio.
Abre la boca para protestar, pero la cierra en cuanto recuerda que no está en posición de replicar. Asiente aunque veo en su mirada que no está conforme con este giro de los acontecimientos. Keir espera hasta que Pasha desaparece con el caballo para prestarme de nuevo atención.
Me ayuda a montar en su caballo y luego toma su lugar frente a las riendas.
El camino de regreso a palacio se produce en silencio, aunque dentro de mi cabeza solo hay ruido.
La voz de la razón no para de gritar, riñéndome por lo que he hecho, y otra que no puede ser fruto de nadie más que Azur, me dice que al fin he sentido placer de verdad. Placer de la mano de un hombre.
Si los libros de romance que a veces me ha prestado Noelle son ciertos, nos hemos saltado algunos pasos importantes.
Primero son los roces de manos, esas caricias breves que te erizan la piel.
Supongo que alguna de esas hemos compartido.
Después vienen los abrazos, ese gesto donde puedes sentir todo el cuerpo de la otra persona pegado al tuyo.
Se parece mucho a montar a caballo, ¿no?
Después el beso, al principio uno breve y casto, tal vez después uno profundo e incendiario.
Eso es algo que jamás podré tener. Por último, ese momento donde la ropa sobra y los cuerpos se unen hasta ser solo uno.
Solo pensar en ello me hace reír de forma amarga. Todas esas cosas siempre serán desconocidas para mí, al menos unas en las que ambos disfrutemos y mi compañía no acabe sufriendo, o peor, muriendo.
El príncipe no interrumpe mis pensamientos y el trayecto, pese a ser largo, me lo paso encerrada en mi propia mente.
Me gustaría saber qué pensamientos lo mantienen ocupado a él.
Cuando llegamos a los establos reales, el cielo ya ha comenzado a teñirse de rosa.
Keir me ayuda a desmontar y con pasos ágiles me lleva al interior del palacio.
Parece que no soy la única que se ha aprendido a la perfección los movimientos de todos los guardias.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que nos detenemos frente a las puertas de mi habitación.
Me suelta al fin la mano y se revuelve el pelo, visiblemente nervioso.
—Deberías descansar, ha sido una noche larga.
—Tú también deberías —respondo.
Dibuja una sonrisa pequeña.
—Me encantaría, pero me temo que dentro de unas horas tengo que reunirme con la señorita Chancellor.
—¿Y puedo saber el motivo?
Me encantaría decir que se trata de una simple curiosidad.
—Mi padre insiste en que tenga un encuentro con ella. Ya sabes, antes de que la Nectumbra apareciera en palacio se suponía que debía tener una cita con la ganadora de los juegos y esa fue Kendra.
—Ah, ya recuerdo.
—Buenas noches, Kasdeya.
Percibo cómo titubea. Parece que quisiera hacer algo más que darse media vuelta y desaparecer. Así que, movida por un sentimiento extraño que nunca he sentido, vuelvo a hablar con la esperanza de tenerlo solo un par de minutos más.
—¿Harás con ella lo mismo que has hecho esta noche conmigo?
Esto ha sido mala idea. Debería callarme la maldita boca.
Da un paso al frente.
—¿Celosa?
—En absoluto.
—Si fueses tú la que hubiese ganado, tal vez sí. —Se aleja y respira hondo—. Y no creas que tú y yo no tenemos una conversación pendiente. Buenas noches, Kasdeya.
—Buenas noches, alteza.
—Pensaba que habíamos dejado atrás las formalidades cuando estamos solos.
Sonrío y a tientas busco el pomo de la puerta.
—Buenas noches, Keir.
No rompe nuestras miradas hasta que cierro, y al fin puedo respirar de verdad, sin sentir que estoy caminando sobre cristal. Él no es el único que se comporta de forma imprudente cerca del otro. Ambos sabemos en el fondo que nunca podremos estar juntos y, aun así, nos empeñamos en jugar.
Parece que no pararemos hasta que uno de los dos salga herido.