La doncella del veneno CAPÍTULO 26 KASDEYA
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CAPÍTULO 26 KASDEYA

No puedo dejar de darle vueltas a lo que viene escrito en ese trozo de papel arrugado.

He reconocido la caligrafía de Noelle al instante.

No sé si ha conseguido hacerme llegar esta noticia con el permiso de Shaula, pero no pienso quedarme aquí de brazos cruzados.

Bryn está enferma. La posibilidad de que se trate de la Nectumbra me hiela la sangre.

Después de la cena con el resto de chicas, vuelvo a mi habitación.

Camino en círculos por ella, tarareando de forma nerviosa la canción favorita de la pequeña.

La decisión está tomada mucho antes de que me dé cuenta.

Posiblemente sea imprudente, pero tengo que salir de aquí, tengo que comprobar cómo se encuentra con mis propios ojos.

No se me ocurre ninguna forma de salir de los terrenos de palacio sin ser descubierta, así que decido que mi única opción es acudir a Pasha, por mucho que me moleste admitirlo.

Una cosa es moverme entre los jardines y otra muy diferente intentar cruzar sus barreras.

Así que hago lo que ya he hecho en una ocasión.

Me pongo unos pantalones que he robado y una camisa que he conseguido sisarle a Astra y me asomo por el balcón, contando mentalmente los segundos que tarda el guardia en pasar por debajo.

Cuando repito la acción varias veces y estoy segura de poder conseguirlo, me subo a la barandilla y me abalanzo sobre el balcón unos metros más abajo.

En cuanto mis botas tocan el césped, escucho una voz que a estas alturas es demasiado familiar para mi gusto.

—Sea lo que sea que pretendes hacer, no lo hagas, venenosa.

Me giro con los brazos colocados en jarras. Andras está apoyado contra el muro, de brazos cruzados y con sus irreales ojos dorados clavados en mí. No tiene una expresión divertida en el rostro, como suele ser habitual.

—¿Qué haces esperando debajo de mi balcón? Tus comportamientos son cada vez más parecidos a los de un acosador, rey Andras.

—No parece inquietarte demasiado la idea. Pero, si te deja más tranquila, solo estaba disfrutando de la tranquilidad nocturna dando un paseo.

—¿No vas a delatarme? —pregunto sin andarme con rodeos.

—Algo me dice que no necesitas de mi ayuda para complicarte la vida, Kasdeya.

—No lo parecía la otra noche. Casi me atrapan fuera de mi habitación en mitad de la noche por tu culpa.

—¿Qué te preocupaba más? ¿Que te acusaran del asesinato de ese pobre guardia o que te encontraran en mitad de la noche conmigo?

Deja de apoyarse en el muro y da un par de pasos hacia mí. Esta vez mi cuerpo decide mantenerse firme y no hacer ademán de huir.

—No sé qué te hace pensar que yo asesiné a ese guardia o por qué los demás pensarían que sería capaz de hacer algo así.

Se ríe, y me atrevería a decir que parece una risa genuina. Debo ser mucho más graciosa de lo que creía.

—Mientes bien, eso te lo concedo, pero conmigo no te funciona. —Se acerca un poco más—. No sé cómo ese chiquillo malcriado puede haber captado tu interés. Te lo comerías vivo, venenosa.

—¿Y quién debería haber captado mi interés? ¿Tú? —replico con tono jocoso.

—Oh, no, por supuesto que no. No sobrevivirías a mis atenciones.

—Eso está claro, eres un monstruo.

—Somos dos monstruos, querida, pero no es eso lo que más me preocuparía.

—¿No? ¿Entonces de qué se trata?

Se queda pensativo. Es posible que no se esté dando cuenta de cómo su cuerpo cada vez parece aproximarse más al mío.

Yo tampoco hago nada por alejarme. Los bordes de su chaqueta negra rozan el fino material de lo que llevo puesto.

No sé si el escalofrío que baja por mi espalda es debido a la brisa de la noche o algo más.

—Sé cómo juegas, venenosa. Estás acostumbrada a que los hombres caigan rendidos a tus pies. Olvídate de eso conmigo. No soy el príncipe Keir.

—Ni en mil vidas podrías ser él, eso está claro.

Vuelve a reírse, y esta vez su risa retumba contra mi cuerpo.

No parece preocuparle que nos encuentren los guardias y algo me dice que él tampoco sería bien recibido a estas horas de la noche, deambulando por ahí.

Solo me queda suponer que estamos a salvo, por ahora.

No creo que me quede mucho tiempo antes de que la siguiente ronda de guardias se ponga en marcha.

—No quiero parecerme ni una pizca.

—Creía que ya habíamos tenido esta conversación, Andras. Los celos no te sientan bien.

—¿Sabes lo que sí me sentaría muy bien? —Se inclina hasta quedar a la altura de mi oído.

Se asegura de rozarme la piel con los labios al hablar.

Mi cuerpo se tensa como la cuerda de un arco.

Él lo percibe y puedo sentir la satisfacción recorriendo su ser—.

La sangre de mi enemigo empapándome las manos y la mujer que él desea brincando sobre mi regazo.

Frunzo el ceño con desagrado a pesar de que algo oscuro dentro de mí parece cobrar vida con sus palabras crudas y obscenas. Eso es algo que él nunca sabrá. Me alejo, esta vez sí.

—Sigue soñando, rey maldito. Eso jamás sucederá.

Me doy media vuelta y lo escucho chasquear la lengua.

Requiere un enorme esfuerzo no volver la vista atrás.

La imagen de Bryn acude a mi cabeza y me recuerda por qué estoy aquí afuera ahora mismo.

Destierro lo sucedido y cualquier pensamiento que tenga que ver con Andras y me pongo en marcha.

Repito el mismo proceso que la última vez, con la suerte de no encontrarme a ningún guardia con los pantalones bajados.

Conforme me acerco a la zona donde los guardias descansan, puedo escuchar risas, conversaciones y el crepitar de las llamas.

Me escondo todo lo que puedo y asomo solo la cabeza, viendo a varios de ellos sentados alrededor de una hoguera, compartiendo lo que parecen ser anécdotas de su adolescencia.

Algunos, por su aspecto, no parecen ni haber terminado de atravesarla aún.

Pasha se encuentra ahí también, sentado con las piernas abiertas y una jarra colgando de sus dedos.

Sonríe abiertamente, lleva el pelo algo desordenado y suelto, y la verdad es que parece haber encajado a la perfección con el resto de sus compañeros.

Espero, quedándome casi congelada en el sitio, hasta que mueve la cabeza y sus ojos se cruzan con los míos.

Frunce las cejas, pero relaja el rostro rápidamente para no alertar al resto.

No se levanta de inmediato, sino que espera un tiempo más que prudente, les dice algo a los demás, que sueltan una carcajada, y se aproxima a mí. Intento desaparecer tras un árbol.

Con la espalda apoyada en el tronco, escucho sus pisadas cada vez más próximas y, cuando creo que se plantará frente a mí, escucho el inconfundible sonido de alguien orinando a mis espaldas.

—¿Se puede saber qué demonios haces? —susurro, exasperada.

—Mear. ¿Y tú? ¿Se puede saber qué haces aquí en mitad de la noche? —pregunta enfadado—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Astra está bien?

En su última pregunta puedo sentir la preocupación comenzando a ahogarle.

—No, Astra está bien —respondo—. Necesito que me ayudes a salir de aquí.

Bufa.

—Estás loca.

—Lo digo en serio, Pasha. Necesito ir al Red Fear.

—Sabía que darte la nota iba a traer problemas —rumia.

Salgo de mi escondite, rezando para que haya terminado lo que estaba haciendo y no vea algo que sin duda no me apetece ver.

Por suerte, así es. Su imponente forma cubre la mía por completo.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y su rostro no parece el de una persona que se vaya a dejar convencer.

—Si no me ayudas, lo haré yo sola, y sabes tan bien como yo que no conseguiré cruzar los muros. ¿Qué excusa debería ponerles a los guardias que explique por qué la hija de un duque se escabulle en mitad de la noche para salir fuera del castillo?

—Es tan fácil como que te quedes en tu maldita cama durmiendo, Kasdeya.

—Necesito ver a Bryn.

—¿Y luego qué? No hay nada que puedas hacer.

—Eso no lo dictaminas tú. —Me cruzo de brazos, imitando su postura—. ¿Vas a ayudarme o no?

—Estoy deseando acabar con todo esto para perderte de vista.

Sonrío de medio lado.

—Cuando menos te lo esperes, me habrás cogido cariño.

Pone los ojos en blanco, creyendo eso imposible, y se da media vuelta.

No sé qué hacer, así que vuelvo a esconderme detrás del árbol, asomando la cabeza con cautela para ver qué es lo que hace.

Lo veo sentarse de nuevo con sus compañeros.

Me hierve la sangre al ver que ha ignorado mi ruego completamente.

Me muerdo el interior de la mejilla para no gritar y aprieto los puños.

Estoy decidida a dar media vuelta e intentarlo por mi cuenta cuando lo veo levantarse.

Desaparece dentro de lo que sin duda es el edificio asignado para los guardias y sale minutos después con una capa entre las manos.

Se despide de sus compañeros y comienza a caminar en mi dirección.

Cuando está a mi lado, me agarra de los hombros y me insta a caminar delante de él.

Usa su cuerpo para ocultar el mío hasta que estamos completamente apartados de cualquier par de ojos curiosos.

—Ponte esto.

Me lanza la pesada capa marrón. Hago lo que me pide. Me cubro la cabeza con la capucha y me envuelvo bien con la capa.

—¿Y ahora qué?

—Hay una zona cerca de aquí que utilizan los guardias para meter y sacar a las prostitutas a las que contratan. El guardia de la puerta hace la vista gorda con ellos. Así que…

Así que tendré que dejar de fingir que soy una dama respetable y convertirme en lo que los hombres llevan pensando de mí toda mi vida.

Damos un rodeo y agarra a uno de los caballos. No se sube en él, sino que camina a su lado. Yo lo sigo de cerca, dejando que nos guíe hacia esa supuesta zona por la que los guardias cuelan a las mujeres. De un momento a otro se detiene abruptamente y se da la vuelta para mirarme.

—Mantén la cabeza gacha, no te separes de mí y, por lo que más quieras, ni se te ocurra matarme con esas manos tuyas.