La doncella del veneno CAPÍTULO 25 KASDEYA
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CAPÍTULO 25 KASDEYA

Mi pequeña escapada nocturna ha tenido consecuencias, por supuesto.

La seguridad se ha triplicado y cualquier esperanza de poder volver a salir ha quedado descartada.

Los días siguientes me los he pasado rememorando cada pequeño detalle de mi encuentro con el príncipe.

Me pregunto si fui lo suficientemente convincente o si habré sembrado dudas en su mente sin pretenderlo.

¿De verdad creería que yo tenía algo que ver con la muerte del guardia?

Evidentemente, fui yo, pero no es normal que un hombre crea a una mujer capaz de semejante delito a sangre fría.

El veneno suele ser nuestra arma favorita, no desangrar a alguien como a un cerdo.

Después de cinco días de encierro, un médico golpea mi puerta para revisar mi estado de salud y lo dejo pasar con mucho gusto.

Va completamente vestido de negro, con una máscara del mismo color que me recuerda al aspecto de un cuervo.

Durante todo su escrutinio, no puedo evitar tensarme.

Gracias a los dioses lleva guantes. Observa mis brazos en busca de manchas, al igual que el resto de mi cuerpo.

Me hace abrir la boca y examina su interior, comprueba mi temperatura y como broche final pincha mi dedo y vierte unas gotas sobre una lámina de cristal.

La contempla bajo los rayos de sol que se cuelan por el balcón.

—¿Por qué hace eso? —pregunto.

No sé si percibe el nerviosismo en mi voz.

Pese a que su traje parece no dejar ni un ápice sin cubrir, jamás podría estar tranquila con mi sangre en sus manos.

Un pequeño accidente y todo se echaría a perder.

A lo mejor podría fingir que el médico estaba infectado, pero sospecho que me acusarían de haberlo matado porque tengo miedo de que descubran que estoy marcada por la enfermedad.

Si tuviera suerte me encerrarían y esperarían a que la muerte viniese a por mí, cosa que no ocurriría, y terminarían por acusarme de alguna tontería como que soy aliada del rey maldito o del dios Umbros.

Al fin y al cabo, todos los males o aquello que se salga de lo natural parece ser culpa de uno de los dos.

En el peor de los casos me sacrificarían con tal de evitar que la enfermedad se siga propagando.

Ninguna de las opciones me deja tranquila.

El médico gira el cuello para mirarme, o eso creo, pues con esa máscara es difícil precisar hacia dónde está mirando.

—La sangre infectada se oscurece hasta volverse negra, señorita. —Su voz suena amortiguada—. Puede estar tranquila, la suya es roja como las amapolas.

Se acerca hasta la chimenea encendida y lanza en ella el cristal con mi sangre, seguido de sus guantes.

Debe de tener los bolsillos llenos de oro para permitirse tirar unos guantes de cuero con tanta facilidad.

Las llamas estallan y me sobrecojo. Mientras el hombre termina de recoger sus cosas, observo cómo el fuego consume lo que le ha sido arrojado.

—Está libre de enfermedad, así que por el poder que me ha concedido la corona, le permito salir de esta habitación. Su doncella tampoco ha presentado ningún signo, así que es seguro acercarse a ella.

Asiento a modo de agradecimiento y en cuanto pasa un tiempo prudente desde su marcha, me lanzo hacia la puerta, dispuesta a caminar y caminar por el castillo y no volver a mi habitación hasta que me sea imposible seguir en pie.

No parezco ser la única que ha tenido la misma idea, pues me cruzo con algunas de las muchachas que llegaron conmigo, entre ellas Milena, quien se encoge y evita mirarme al pasar junto a mí.

Por sorpresa, Kendra aparece a mi lado, con su doncella pisándole los talones.

—Unos días interesantes, ¿no crees?

—No sé si yo los llamaría así.

—¿Escuchaste lo que pasó? Ya sabes, el asesinato de ese guardia…

La miro de reojo, preguntándome si sabrá más de lo que aparenta. Dibujo una sonrisa débil y niego con la cabeza.

—También hay rumores de que una muchacha salió de los aposentos del príncipe. Curioso, ¿no crees?

—Me pregunto quién será la persona que está esparciendo dichos rumores.

—Solo quiero que sepas que, si fuiste tú, te apoyo.

Me detengo por un instante, preguntándome si sabe mi secreto. Logro que la voz no me traicione.

—¿Si fui yo qué?

—Quién estuvo en la habitación del príncipe. —Me guiña el ojo—. Ya sabes que está mal visto que las mujeres hagamos ese tipo de cosas, pero una pirata nunca te juzgaría. No habrías hecho nada que no haya hecho yo antes.

—No, no fui yo.

—¿Tampoco fuiste tú la que sacó a Milena de mi habitación? —susurra—.Te vi, Kasdeya. Y que sepas que tu secreto está a salvo conmigo. Gracias por salvarme de lo que sea que tuviese preparado esa arpía.

Dibuja una sonrisa cómplice. La doncella de Kendra dice algo, pero estoy tan concentrada en asimilar que la princesa pirata sabe lo que hice que no logro escucharlo con claridad.

Astra se une a nosotras. Una vez que estamos fuera, el sol del mediodía calienta mis mejillas y las partes de mi cuerpo que el vestido no logra ocultar.

Astra y yo nos quedamos un momento alejadas de las demás, permitiéndonos el lujo de observarlas mientras ellas siguen sin haber reparado en nosotras. La única que sí parece haberlo hecho es la reina.

—¿Has notado la forma en que te mira la reina? —murmulla mi doncella.

—Es difícil no hacerlo.

—¿Crees que sospecha algo?

Me quedo por un momento callada, reflexionando.

—Creo más bien que sabe que el interés que tiene su hijo hacia mí no es bueno. Una mujer astuta sabe reconocer a otra cuando la ve.

—¿Y si son celos?

—Evara debe estar ya harta y acostumbrada a los deslices de su marido. Más que celos, yo diría que es rabia, el orgullo herido por tener que soportar que te falten el respeto una y otra vez.

—Eso es peligroso, Kasdeya —dice con tono solemne—. Una mujer con el orgullo lastimado es más peligrosa que una mujer con el corazón roto. Si como dices, la reina Evara es astuta, tienes que andarte con ojo. Creo que te estará vigilando muy de cerca.

Tiene razón, sé que vigila cada uno de mis movimientos y que está esperando el mínimo fallo que cometa para señalarlo. A ser posible, en presencia de su hijo para ridiculizarme. Justo en ese momento lo vislumbro, está tras su madre, observándola con un inmenso cariño.

Noto un pinchazo extraño entre las costillas que al principio no sé reconocer, pero que con cada segundo que pasa empiezo a entender que es anhelo. Algo que no me permito demasiado sentir y que, cuando lo hago, es una dolencia física como ninguna otra.

No tengo ningún recuerdo de tener una madre, una familia.

Solo conozco el frío de la calle, la dureza del suelo, el dolor del hambre en el estómago cuando este intenta comerse a sí mismo.

No conozco lo que es la caricia suave de un padre sobre tu cabello antes de que te quedes dormida, tampoco lo que es que otros brazos te sujeten y te alcen para que alcances el cielo con tus manos infantiles, y mucho menos sé lo que es reír sin tener que preocuparte de que tu risa llame la atención de alguien que quiera hacerte daño.

No lo conozco, pero me pregunto muchas veces cómo habría sido.

No tengo conocimiento de si me abandonaron o asesiné a las personas que me dieron la vida. Moriré sin saberlo.

Y sentiré que algo me falta todos los días.

—Mirar así es peligroso. —Me sobresalto al escuchar la voz grave de Pasha detrás de mí—. Desear las cosas que no puedes tener es el primer paso para cometer errores.

Miro a mi alrededor, fulminando a Astra con la mirada por alejarse sin avisar. Traicionera.

—¿Sabes mucho de eso? —replico.

—Yo no, pero he visto a hombres hacer cosas estúpidas por sentimientos parecidos a ese. No olvides cuál es tu objetivo.

—Como si tú fueses a permitir que lo olvidara.

—Entonces ¿por qué estás mirando en la dirección equivocada?

Señala con la barbilla hacia uno de los balcones del castillo y sigo la dirección de su gesto.

Allí, con las manos tras la espalda se encuentra el rey, quien podría parecer que solo echa un vistazo al jardín, sin embargo, puedo sentir el peso de su mirada sobre mí.

Al menos durante un tiempo, hasta que decide posar su mirada en alguien más.

Desplazo la vista hacia su nuevo objetivo y veo al príncipe, sonriendo ante algo que ha dicho su madre.

Cuando su risa muere, levanta la mirada hacia mí.

Y el rey lo presencia todo.

—No te compliques más las cosas. En el balcón está el objetivo fácil, ya casi lo tienes. No pierdas el tiempo jugando a las casitas con algo que nunca podrás tener.

Me giro hacia él, frunciendo el ceño ante la crudeza de sus palabras.

—¿Por qué me odias, Pasha?

—No te odio, solo miro por la seguridad de todos nosotros. Estoy dejando que hagas las cosas a tu manera, pero estás jugando con fuego y te da igual quien se quede atrapado en el incendio.

—Nunca pondría en peligro a Astra.

—Y a la madre de Bryn tampoco, ¿verdad?

Abro la boca sin saber qué decir. Él no debería saber eso.

Nadie salvo las chicas más antiguas del Red Fear saben lo que pasó, así que no me queda otra opción que pensar que Shaula se lo contó.

¿Con qué intención? No lo sé, ¿tal vez darle un arma contra mí?

Pasha no me mira con satisfacción, sino que sus rasgos permanecen duros.

—Yo… yo no quería que ocurriese.

—Seguro que no.

—Eres un imbécil.

—Eso ya lo he oído antes. —Suspira y saca de la parte trasera de sus pantalones un pequeño papel arrugado—. Creo que esto es para ti.

Se asegura de dármelo sin ser visto.

—¿Qué es?

—Una nota del Red Fear.