La doncella del veneno CAPÍTULO 24 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 24 KASDEYA #2

Sucede algo extraño en mi interior. Puede que se deba a la gran diferencia entre sus palabras y todas las demás que he recibido a lo largo de mi vida.

A ojos de todos los hombres no solo era débil, era un objeto, algo que utilizar a su antojo para su disfrute.

No era considerada ni siquiera un ser humano.

Al menos tuve la suerte de matarlos a todos.

Aun así, trabajar en el lugar en el que lo he hecho yo, desde una edad tan temprana, deja huellas difíciles de borrar.

—Digamos que tiene razón y soy una asesina, ¿no debería dar la voz de alarma? Podría atentar contra su vida.

—Soy yo quien sujeta el arma.

Hace énfasis en esto apretando la hoja. No puede verlo, pero una sonrisa arrogante curva mis labios. Él sostiene el arma, en cambio, yo soy el arma.

—Por si acaso lo duda, lo que está haciendo no es para nada caballeroso, alteza.

A pesar de la iluminación pobre, veo el blanco de su sonrisa.

—Algo me dice que no está para nada molesta por mi comportamiento poco caballeroso.

Puede que tenga razón, no obstante, no pienso reconocerlo en voz alta.

Bastante tengo con que mi cuerpo me traicione.

Mi respiración no es normal, se queda retenida en mi garganta y tengo que obligarla a continuar.

La proximidad de su cuerpo me pone nerviosa por diferentes motivos y de entre todos ellos, el que más debería importarme, no lo hace.

Me parece sentir que presiona aún más con su rodilla y un sonidito escapa de mi garganta.

Sabe lo que está haciendo, pero no da un paso atrás.

Al contrario, lo siento hundir el rostro en la curva de mi cuello y rozar mi piel con la punta de la nariz.

Aspira profundamente el olor de mi perfume.

Si se frotara un poco más contra mí estoy segura de que conseguiría que me deshiciera aquí mismo.

Nunca he conocido el placer dado por otro que no sea yo misma.

Por la espalda noto el movimiento de Kora, reptando por mi columna.

En una pose incómoda echo el brazo hacia atrás y le ofrezco mi mano.

Se envuelve alrededor. Involuntariamente mis caderas vuelven a moverme sobre su pierna y tengo que apretar los labios para no dejar que otro sonido salga de mi boca.

Debería darme vergüenza actuar así. Mi cuerpo y mi cabeza no parecen estar conectados ahora mismo.

Keir parece tan perdido en esto como yo.

El filo de la hoja tiembla contra mi cuello a la vez que lo hace mi cuerpo.

El ruido de los guardias fuera de aquí rompe la atmósfera.

Da un paso atrás, poniendo distancia y con ello permitiéndome recobrar un poco la compostura y respirar con normalidad.

A pesar de ello, su rodilla no es lo único duro que he sentido.

Me parece distinguir entre las sombras que agarra una lámpara de aceite. Antes de que consiga iluminar la estancia, lo agarro por la muñeca.

—¡No!

Aparto rápidamente mi mano de su piel y me presiono aún más contra la puerta.

—¿Qué ocurre?

No puedo dejar que me mire bien. Estoy segura de que llevo la verdad escrita en los ojos, no solo del crimen que he cometido esta noche, sino de las cosas que le hace mi cuerpo y que yo me niego a admitir.

—Llevo la ropa de dormir… No sería adecuado que me viese así.

Se hace el silencio, parece estar pensando en mis palabras.

Sin previo aviso, me lanza lo que parece una capa.

No parece que esté dispuesto a ceder ante mi petición.

Esta es la mayor concesión que obtendré hoy.

Actúo con rapidez, escondo a Kora debajo de ella y me la anudo al cuello.

Compruebo que es lo suficientemente larga para rozar el suelo y cubrir mis zapatos.

Me aferro con fuerza a ella, no permitiendo que deje ni un solo centímetro de mi ropa a la vista.

Keir enciende la lámpara de aceite y la luz naranja acaricia los rasgos de su rostro, formando sombras sobre él.

—Última oportunidad para ser sincera, Kasdeya, ¿es usted una asesina?

Apoya el filo del arma en mi barbilla y lo utiliza para alzarme el mentón. No aparto mi mirada de la suya, eso sería casi como declararme culpable. No, me limito a observarlo fijamente, no dejando que mi rostro me traicione de ninguna forma. Me obligo a reprimir mis emociones.

—No, alteza. No soy una asesina.

Las mentiras deberían saber mal en mi boca, pero no hay nada que no esté dispuesta a hacer por mi supervivencia. Mentir es lo de menos.

Mi rostro parece convencerle, pues aparta la hoja afilada de mi cara y la deja abandonada sobre una mesita. Aprovecho ese momento para observar dónde me encuentro. No parece la habitación del príncipe, ni siquiera hay una cama.

—¿Dónde estamos?

Parece pensarse si responderme o no. Traga con fuerza.

—Es una de las habitaciones olvidadas de palacio. Con los años lo he convertido en un sitio al que venir para pensar, leer, pintar…

Hasta ahora solo había notado su característico olor corporal, pero es cierto que hay ciertas notas químicas bailoteando en el aire.

Cerca del balcón hay dos caballetes cubiertos por una sábana.

Me pican las puntas de los dedos ante la curiosidad de lo que se pueda esconder debajo.

¿Se le dará bien? ¿Dibuja paisajes, rostros o composiciones abstractas?

Como si pudiese leerme la mente se acerca a uno de ellos y tira de la sábana.

Espero que mi decepción no sea notable, aunque creo que por la forma en que se ríe, no he sido demasiado disimulada.

—Llevo un tiempo sin ser capaz de pintar o crear nada. Esperaba poder aprovechar que esta noche seré incapaz de pegar ojo para intentar dibujar.

El lienzo está completamente en blanco, no hay ni una sola pincelada.

—¿Y cree que estará inspirado al fin?

Clava en mí sus dos ojos marrones como chocolate fundido y sucede algo extraño para lo que no tengo palabras.

Una corriente eléctrica me recorre todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies.

No sé si es por la forma en que me mira o por ser realmente consciente de la situación.

Estamos a solas en una habitación, podría hacer cualquier cosa conmigo y nadie tendría que enterarse.

Podría obligarme a mantener silencio. Siempre he deseado ser de otra forma, poder disfrutar de la vida como cualquier otra mujer, pero creo que jamás tanto como ahora.

—Puede que haya encontrado a mi musa.

Estoy segura de que escucha cómo mi respiración se entrecorta.

—No se lo recomiendo.

—¿El qué?

—Tenerme como musa.

—¿Y eso por qué?

—He oído que los artistas se vuelven locos cuando pierden a su musa, a su fuente de inspiración.

—No perdería a mi musa si la convierto en mi esposa, ¿no cree?

Me aferro con más fuerza a la capa y aunque intente poner distancia entre nosotros, es imposible. Tengo la puerta a mis espaldas.

—Le aseguro que tampoco quiere tenerme como esposa, alteza.

Guardamos silencio unos segundos que parecen minutos, horas, hasta que deja salir una profunda bocanada de aire. Se recoloca el pelo hacia atrás con la mano y parece relajarse un poco más.

—Déjeme que hable con los guardias para que les dé la descripción del hombre que ha creído ver en su balcón. Después uno de mis hombres la custodiará hasta su habitación.

Y así hace. Pasan un par de minutos en los que permanezco sola en la estancia y después el príncipe vuelve con uno de sus guardias.

Este no hace preguntas, se limita a mantener el rostro serio y la boca cerrada.

Camina a mi lado, y no puedo evitar echar un último vistazo atrás.

Keir está en la puerta, viéndome marchar.

—Acate las normas, Kasdeya, nada de salir de su habitación hasta nueva orden.

Aun así, no cierra la puerta, sino que me observa hasta que giro el pasillo y desaparezco de su campo de visión. Una vez de regreso en la seguridad de mi habitación, no soy capaz de sacarme su imagen de la cabeza y mucho menos sus palabras.