CAPÍTULO 24 KASDEYA
Si me atrapan, no habrá nada que pueda decir en mi defensa.
Llevo las pruebas de mi delito encima. Tal vez podría contar la verdad, que el guardia quería hacerme daño.
Sin embargo, no podré evitar las preguntas sobre qué hacía fuera de mis aposentos a estas horas de la noche, sobre todo cuando el rey ha dado la orden de no hacerlo.
No me queda otra que deshacerme de esta ropa lo antes posible e intentar con todas mis fuerzas no ser atrapada en el intento.
Decido entonces buscar refugio en unas habitaciones de las que no veo luz salir por debajo de las puertas.
Echo mano de la manivela de una de ellas, pero no tengo suerte.
Está cerrada. Los guardias me pisan los talones así que no hay tiempo para intentar forzar la cerradura.
Pongo rumbo a otra habitación intentando ser todo lo silenciosa que puedo ser.
Los guardias no me lo ponen fácil, tengo que ir esquivándolos, haciendo que me adentre en zonas que a plena luz del día no me ha sido posible explorar.
Poco a poco el castillo se convierte en un laberinto del que no sé si podré salir.
En vez de acercarme a mi habitación me da la sensación de estar adentrándome en las entrañas de este sitio.
Pruebo suerte abriendo otra puerta y el golpe de perfume es inmediato.
Intuyo que la dueña de la habitación está dormida por el bulto que veo en la cama.
Soy lo más silenciosa que puedo mientras mis ojos se acostumbran a la oscuridad y rebusco entre sus cosas algo que ponerme.
En el armario veo un par de camisones de dormir perfectamente doblados y debo reprimir el suspiro de alivio que quiero soltar.
Me deshago de la ropa, apretando los dientes cuando el sonido de las prendas rozando mi piel rompen la calma de la noche.
Contengo el aliento, esperando oír algo que me avise de que la mujer dormida ya no lo está tanto; sin embargo, no ocurre nada.
Me aseguro de limpiar mis manos lo máximo y una vez lista decido esconder las pruebas del delito en lo hondo de un cajón lleno de mantas gruesas y con aspecto polvoriento. Con suerte tardarán en encontrarlas.
Vigilando muy bien mis pasos, deshago el camino hasta la puerta. Cierro los ojos mientras la abro y pongo un pie fuera de ella. No he hecho más que cerrarla tras mis espaldas cuando vuelve a desatarse el infierno.
—¡Por allí! —grita un guardia.
Mi cabeza empieza a trabajar a toda velocidad.
Corro por el pasillo hasta que veo un gran ventanal con sus correspondientes cortinas pesadas hasta el suelo.
No tengo otra opción así que me escondo.
Contengo la respiración y cierro los ojos pensando que ha llegado mi final, pero las pisadas pasan de largo, sin reparar en mí.
No tengo ni la más remota idea de dónde me encuentro, pero sigo avanzando, alejándome del ruido de las armaduras y adentrándome más en un pasillo que parece achicarse.
No dejo que la ansiedad se apodere de mí. Todavía.
Rozo con los dedos lo que a todas luces es la barandilla de una escalera y empiezo a subirla.
Esta tiene forma de caracol y junto con la penumbra, consigue que esté totalmente mareada y desorientada una vez que piso el último escalón.
No tengo demasiado tiempo para recomponerme, pues unos ruidos vuelven a ponerme en alerta.
Corro, intentando que mis pasos no me delaten en medio de la noche.
Giro pasillo tras pasillo, sin saber hacia dónde voy.
Mi corazón late con fuerza contra mi pecho y temo que en cualquier momento se me vaya a salir por la boca.
No sé qué me encontraré cada vez que doblo una esquina.
Estoy a punto de adentrarme en otro pasillo cuando veo dos guardias apostados en él.
Detrás de mí escucho el inconfundible s onido de botas.
Maldigo para mis adentros. Voy a ser descubierta y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
Como si los dioses hubieran escuchado mis plegarias, un golpe llama la atención de los dos guardias, que salen corriendo para encontrar su origen.
No me lo pienso, me meto en la primera habitación que encuentro.
Preguntándome si estará vacía y podré esconderme en ella hasta que sea el cambio de guardias o el ambiente se relaje un poco.
¿A quién pretendo engañar? Estoy en un buen lío.
Espero que al menos haya un balcón por el que escapar si siento que las cosas se complican aún más.
Entro y cierro a mis espaldas, apoyándome contra la puerta en un intento de recobrar el aliento y que mi corazón vuelva a unas pulsaciones normales.
Entra algo de luz a través del balcón cuyas cortinas se encuentran corridas y hay unas cuantas velas cuya llama pinta la estancia de tonos anaranjados.
Solo doy un par de pasos antes de que una sombra se mueva a toda velocidad por la habitación y me tenga de nuevo contra la puerta.
Mis ojos no han tenido tiempo de acostumbrarse a la luz y la tensión todavía recorre mi cuerpo.
Noto el frío filo de una cuchilla en mi cuello y, poco a poco, entre las sombras, distingo los rasgos de un hombre.
El olor a pino y limpio me abraza y me pregunto cómo no lo he notado antes.
—Kasdeya —susurra.
Parece que él tiene mejor visión que yo si me ha reconocido tan pronto. Aun así, no baja el arma con la que me tiene acorralada. Intento no respirar demasiado fuerte por si la cuchilla acaba rasgando mi piel.
—¿Qué diablos hace aquí?
Tiene una rodilla entre mis piernas y no sé si es consciente de la posición tan delicada en la que nos encontramos. Si alguien más entrase en esta sala, sería un escándalo.
—Responda, Kasdeya.
Por su tono de voz, autoritario y frío, estoy segura de que está al tanto de lo que ha ocurrido en sus jardines. Es muy posible que haya entrado de lleno en su lista de sospechosos. Así que lo mejor será que actúe lo más rápido posible para salir de ella.
—Me asusté.
—Se asustó… —saborea las palabras, no muy convencido.
Mi cabeza piensa a toda velocidad en una excusa.
—Vi a alguien en mi balcón. Un hombre. Me he asustado y he salido corriendo. Para cuando he querido darme cuenta todo estaba lleno de guardias y pensaba que me castigarían por haber incumplido con las órdenes del rey.
—¿Cómo era ese hombre?
No se deja ablandar por el miedo fingido en mi voz. Ante mí no está Keir el hombre, sino el príncipe.
—No lo sé, no lo he podido ver bien. No era muy alto y parecía fuerte. Con la oscuridad no he podido ver su color de pelo, pero diría que era oscuro.
Se hace el silencio, solo interrumpido por mi respiración errática y la suya tranquila y pesada.
No hace ademán de apartarse de mí, lo que debería incomodarme, teniendo en cuenta lo cerca que están nuestros rostros, lo fácil que sería que mi saliva entrara en contacto con él y acabara haciéndole daño.
Si ya me estaba resultando difícil salir indemne de lo ocurrido esta noche, no quiero imaginarme lo que ocurriría si algo así tuviera lugar.
Sorprendentemente, la idea me incomoda. No quiero hacerle daño a Keir.
Supongo que empiezo a pensar que dentro de la familia real no son todos despreciables y tal vez él es la esperanza que el pueblo necesita.
—Debería haber hablado con uno de los guardias.
—No sabía si me creerían.
—Cuando piense que no creerán lo que diga, dígales que me busquen. Yo la escucharé.
—¿Y me creerá?
—Dependerá de lo convincente que suene.
Tal vez la situación esté haciendo cosas extrañas con mi cerebro, pero las palabras del príncipe han dejado de sonar como las de una autoridad buscando respuestas y más a un hombre coqueteando con una dama en mitad de la oscuridad.
Me debato entre seguirle el juego y salir de esta o limitarme a ser lo más correcta posible sin darle esperanzas.
Al fin y al cabo, no es él quien mi interesa.
—¿Ahora no le parezco suficientemente convincente, alteza?
Intento que mi voz no suene provocativa, sin embargo, no hace falta.
La posición en la que nos encontramos, su pierna entre las mías, su rostro cerca, el calor de su cuerpo irradiando en oleadas y su olor envolviéndome como un abrigo, es suficiente para que el ambiente se cargue con un ligero aroma lascivo.
Mis caderas se mueven sin permiso hacia su cuerpo.
Su muslo, fuerte y ancho, se roza contra el vértice entre mis piernas.
—No lo sé, señorita Vikena, tengo la sensación de que está acostumbrada a que la crean simplemente por poner voz dulce y rostro inocente.
—¿Insinúa entonces que mis motivos para estar en esta habitación son otros?
—Tal vez.
—¿Qué motivos tengo, pues?
Mis labios casi rozan los suyos al hablar, pero me alejo tanto como puedo chocando la cabeza contra la pared, todavía prisionera del cuerpo de Keir, que no parece querer dejarme marchar.
Si el príncipe aún no ha resultado herido por la cercanía entre nuestros cuerpos es por intervención de los dioses.
Como ese hombre del callejón que después de probar mis lágrimas y mi sangre caminó ileso.
Ese pensamiento me hace plantearme la posibilidad de que sean la misma persona, aunque me resulta poco creíble.
Keir es un caballero y el hombre oculto entre las sombras no lo era en absoluto.
—Hace un rato mi guardia me ha comunicado que han encontrado a uno de mis hombres muerto en los jardines.
—¿Y cree que yo he tenido algo que ver?
Esta vez no hago nada por ocultar mi risa.
—¿Y por qué no? ¿Piensa que soy de los que asumiría que una mujer no puede matar a un hombre por ser considerada el sexo débil? Me creo un poco más inteligente que eso. Y tengo la impresión de que usted no tiene nada de débil. De hecho, creo que es tan inteligente que no necesita usar la fuerza.