La doncella del veneno CAPÍTULO 23 KASDEYA
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CAPÍTULO 23 KASDEYA

Sé que regresar a mi habitación va a ser mucho más complicado que salir de ella.

Me adentro en el palacio por una de las puertas destinadas al servicio y deambulo por la cocina a ciegas.

Camino con sumo cuidado de no golpear nada que rompa el silencio de la noche, aunque de eso queda poco.

Se me acaba el tiempo. Los guardias parecen inquietos ahí afuera y es cuestión de tiempo que me atrapen.

Subo las escaleras principales y me dirijo al ala donde duermen el resto de chicas que están en palacio.

Una sombra llama mi atención. Contengo el aliento, creyendo que he sido descubierta, hasta que mis ojos se adaptan aún más y empiezo a distinguir una cabellera larga y negra.

Sus movimientos son los de una persona que actúa con cautela.

Me camuflo en las sombras, observando lo que hace.

Se acerca a una puerta y entra, no sin antes mirar a ambos lados para comprobar que nadie la ha visto.

En cuanto la veo desaparecer me acerco y veo que ha dejado la puerta entreabierta.

Por supuesto, siempre hay que asegurarse la salida.

Observo por la rendija; la habitación está iluminada por una vela que aún no ha terminado de consumirse.

Es entonces cuando todo cobra mayor sentido.

Kendra está en su cama, aparentemente dormida y a escasos metros de ella está Milena.

Lleva algo en la mano. Una jaula. Entrecierro los ojos hasta ver lo que hay dentro de ella.

¿Una rata? ¿Varias? Y por su aspecto diría que están rabiosas.

No me lo pienso mucho más. Entro en la habitación sin hacer ruido mientras ella sigue acercándose con sigilo a la princesa pirata.

Cada vez me queda más claro el motivo de su presencia aquí.

Kendra es la ganadora de los juegos y es obvio que tiene algo de valor que ofrecer al reino.

Si yo he sido capaz de llegar a esa conclusión, ella también.

Antes de que pueda cumplir con su objetivo la alcanzo por la espalda, cubriendo su boca y presionando el filo del cuchillo con el que he acabado con una vida hace apenas unos minutos.

La hoja todavía está manchada, y Milena intenta soltar un grito de pánico que queda bien amortiguado por mi mano.

—Ni un ruido o te rebano el pescuezo aquí mismo —susurro en su oído—. Creo que tú y yo necesitamos tener una charla.

No dice nada, acatando mis órdenes. Nos arrastro a ambas fuera de la habitación e intento poner toda la distancia posible.

A la primera oportunidad la estampo contra la pared.

El impacto hace que deje caer la jaula y esta se abra dejando salir a las ratas rabiosas que llevaba dentro.

Aprieto los dientes, molesta por el ruido.

Se me acaba el tiempo, pero sé que si no cumplo mi amenaza ahora, Milena nunca aprenderá la lección.

Quién sabe si la próxima vez sustituirá la jaula por un puñal para eliminarnos con sus propias manos.

—¿Qué intentabas hacer, Milena? —pregunto a pesar de saber la respuesta.

Sus ojos se agrandan llenos de pánico al reparar en las manchas de mi ropa. No es tan ingenua como para no saber de qué se trata. Si tenía alguna duda de que soy peligrosa, ahora ha quedado descartada. Supongo que deberé ser mucho más convincente en mi amenaza si no quiero que esto salga de aquí.

Descubro su boca y me aseguro de presionar con más fuerza la hoja del cuchillo en su garganta. Parece que ni se atreve a tragar.

—No sé por qué pareces tan ofendida. Sabes tan bien como yo que ella es la opción favorita del rey. Eliminarla nos despeja el camino.

Veo sus intenciones. Intenta apelar a que me está haciendo un favor para que no le haga daño.

—¿Eso fue lo que le dijiste a Odessa para que se deshiciera de mí? ¿Así es como piensas conseguir el compromiso con el príncipe?

Entre mis ropas se produce un movimiento que con el tiempo he aprendido a reconocer muy bien. Es cuestión de tiempo que mi peculiar mascota haga una aparición y algo me dice que la pelinegra no la recibirá con los brazos abiertos.

—¿Qué más da cómo lo consiga? Seré reina. Eso es lo que importa.

—No serás reina —aseguro—. Eres una chica patética, Milena. Yo lo sé, la reina lo sabe y el príncipe también. Hazte un favor a ti misma y deja de estar tan desesperada.

Un sonido de sorpresa se queda retenido en su garganta, no por miedo a ser escuchada sino porque Kora ha comenzado a asomar su hocico entre mi pelo.

Los ojos azules de Milena parecen salirse de sus órbitas.

Está completamente paralizada por el miedo.

Una sonrisa que no podría describir de otra forma que no sea diabólica se extiende en mi rostro.

—¿Qué ocurre? ¿Estás asustada? —Chisto—. Te advertí que no querías tenerme como enemiga.

No encuentra ninguna de sus respuestas mordaces.

No hago por detener a la serpiente que poco a poco ha comenzado a acercarse a su rostro.

Roza la lengua áspera contra su mejilla y todo el cuerpo de la chica se encoge con repulsión y miedo.

No es capaz de huir, demasiado temerosa del arma que aun sostengo contra ella.

—A partir de ahora, tanto Kendra como yo hemos dejado de existir para ti, ¿lo entiendes?

Quiero que te olvides de nosotras y nos dejes en paz.

De lo contrario, dejaré que mi mascota se divierta contigo y tal vez me dé por retocarte la cara.

No querrás sufrir el mismo destino que tu amiguita, ¿verdad?

Quito el cuchillo de su cuello para presionar la hoja debajo de su ojo. No ejerzo la fuerza suficiente para abrirle la piel, pero sí para que la amenaza sea clara.

Kora cada vez parece más interesada en Milena.

Se adentra entre los mechones de su pelo y estoy segura de que escucha sus siseos en el oído.

A pesar de estar en penumbra creo que percibo cómo se le eriza la piel, además de un olor que una muchacha que ha vivido en las calles y transita las peores zonas de la ciudad reconoce de inmediato: orina.

—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?

Esta vez Milena no es la única que se queda paralizada en mitad del pasillo.

La presencia de Andras hace que ponga recta la espalda y dé un paso atrás.

Llamo a mi mascota para que vuelva a la seguridad de mis brazos.

Si la serpiente no era suficiente motivo, la incorporación del rey maldito es lo que termina por quebrar a la pelinegra.

No duda ni un segundo en echar a correr, dejándome a solas con Andras.

El ruido de unas pisadas metálicas nos llama la atención a ambos.

Mi corazón da un vuelco al pensar en la situación tan comprometida en la que van a atraparme.

Sin embargo, el rey es más rápido y me agarra por la cintura, ocultándonos a ambos entre las sombras.

Los guardias pasan de largo sin darse cuenta de nuestra presencia.

En cuanto dejo de oírlos, me revuelvo y me deshago de su cercanía.

—Aléjate de mí, monstruo.

—No creo que estés en posición de hablar —Recorre con la mirada mi vestimenta percatándose de la sangre que la mancha—. Además, ¿esa es forma de hablarle a una persona que acaba de ayudarte?

—¿Ayudarme? No tendría que andar escondiéndome si por tu culpa no estuviésemos obligadas a permanecer encerradas.

—¿Por mi culpa? —finge estar ofendido.

—No hagas como si nada de esto tuviese que ver contigo. Eres el rey maldito. Toda esta enfermedad es cosa tuya.

Mis intenciones de marcharme se ven frustradas cuando me agarra de la muñeca y vuelve a tenerme acorralada entre su cuerpo y la pared. Por primera vez no me preocupa estar tan cerca de él. Puede que incluso estuviese haciendo un favor al mundo si acabara con su vida.

—Si me permites darte un consejo… —Se inclina hasta estar cerca de mi oído, como si fuese en realidad a contarme un secreto que no debe llegar a los oídos equivocados—. No deberías acusar a la gente sin pruebas, y mucho menos si crees que son tan peligrosos como dices.

Siento el roce de sus dedos en mi oreja apartándome el pelo.

—Al fin y al cabo, si lo que dices es cierto, tal vez baste una caricia de mis dedos o… un roce de mis labios para desatar la enfermedad que tanto temes.

Como si quisiera remarcar sus palabras, sus labios hacen justo lo que dice y rozan fugazmente el lóbulo de mi oreja.

Se me cruza el pensamiento de mover mi rostro hasta que mis labios rocen los suyos.

Aprovechar su cercanía para librarnos de él.

No obstante, si hay algo que él sepa que pueda ayudarnos contra la Nectumbra, se perdería si lo mato.

Lo escucho aspirar con fuerza y alejarse de mí.

Me clavo las uñas en las palmas de las manos.

—¿Es eso una amenaza?

—¿Amenaza? —Deja salir una risa que es demasiado bonita para provenir de alguien tan horrible—. Jamás me atrevería a tal cosa. Solo te estoy dando un consejo.

—No te tengo miedo.

—¿No? —Arquea una ceja, poniendo en duda mis palabras—. No lo parecía hasta hace un momento. Has dicho que soy un monstruo. ¿No te contaron de niña que siempre tienes que temerlos? Quién sabe lo que alguien tan despiadado como yo es capaz de hacer…

No aparto la mirada de la suya ni por un momento. No pienso permitir que me acobarde y se salga con la suya. Se piensa que es el único capaz de hacer daño de los dos.

—Eres despreciable.

—Un monstruo, un ser despreciable… La lista de halagos que me has dedicado en un solo día no para de crecer. Estoy expectante por escuchar qué será lo próximo que salga de esa lengua venenosa tuya.

Decido que he llegado a mi límite y lo golpeo con fuerza en el pecho para librarme de él. Da un paso atrás dejándome escapar. No me lo pienso demasiado y empiezo a caminar sin rumbo. Lo que sea con tal de perderlo de vista.

—Deja de seguirme.

—El egocentrismo no es un rasgo atractivo, Kasdeya. Solo me dirijo a mi habitación.

—Pues ve por otro lado, no quiero que te vean cerca de mí. Además, pensaba que a estas alturas ya estarías de regreso a tu reino moribundo.

Alza las cejas con sorpresa.

—¿Por qué haría eso? Todavía tengo asuntos que tratar con el rey.

—Creo que ya has hecho suficiente en este reino. Vuelve al nido de ratas del que has salido.

No da señales de que mis palabras le molesten, sigue caminando a mi lado, con esa expresión despreocupada que me saca de quicio.

Gritaría si no fuese porque llamaría la atención de los guardias.

Mientras que yo camino con la tensión irradiando por cada uno de mis poros, él no muestra signos de preocupación, aunque es normal, él no tiene nada que temer, es el palacio entero el que está aterrorizado.

—Eres una mujer cruel…

—No te haces una idea —replico.

—Oh, sí… Sí que me hago una idea.

—¿Qué quieres decir?

El color y la intensidad de su mirada es inconfundible a pesar de las sombras. Consigue erizar todo el vello de mi cuerpo. Me siento desprotegida, desnuda.

—Sé lo que has hecho ahí fuera.

El color abandona mi rostro. Lo sé sin necesidad de mirarme en un espejo. Aprieto los puños con fuerza.

—Y como la niña traviesa que has demostrado ser, deberías ser castigada.

No me da tiempo a preguntar a qué se refiere pues se mete los dedos en la boca y suelta un silbido capaz de levantar a todo el palacio.

Lo miro con todo el odio que soy capaz de reunir y él me devuelve una mirada perversa, oscura y traviesa.

Con el corazón galopando dentro de mi pecho echo a correr.

Su risa taladra mis oídos. No obstante, como una idiota, vuelvo a echar la vista atrás, encontrando el pasillo vacío.