CAPÍTULO 21 KASDEYA #3
Estoy buscando al molesto pájaro cuando este vuelve a graznar.
Es un cuervo. Se hace brevemente el silencio y la conversación de unos guardias que están a punto de girar la esquina llega a mis oídos.
Me pongo manos a la obra, reptando el tramo que me queda de la ventana y echando a correr en cuanto no estoy a la vista.
Sopeso si seguir corriendo alrededor del edificio o encontrar un escondite entre los arbustos y árboles de los jardines.
Al final gana la segunda opción. Echo a correr hacia ellos, ocultándome detrás de unos grandes arbustos.
Miro entre ellos a los dos guardias que pasan charlando animadamente.
No es que se tomen muy en serio la seguridad de este sitio, por lo que parece, o tal vez están demasiado convencidos de que nadie será lo suficientemente valiente o estúpido como para atentar contra la familia real.
El crujido de una rama seguido del choque metálico de una armadura hace que gire el cuello con la velocidad de un latigazo. Un guardia me mira fijamente, con el pene aún en la mano y una mancha oscura en el tronco del árbol junto a él.
—¡Eh, chica! ¿Qué diablos te piensas que haces ahí?
Dioses, qué fuerte habla.
Necesito silenciarlo.
Me levanto, sacudo mi ropa, y pongo mi cara más inocente. Abro la boca para inventar alguna excusa, pero ni a mí me parecen creíbles. Así que me quedo callada, notando cómo se impacienta. Al menos tiene la amabilidad de esconder su flácido miembro de mi vista.
—No deberías estar aquí, está prohibido que salgáis de vuestras habitaciones.
Sé, sin lugar a dudas, que no puedo dejar que este hombre siga respirando.
Informará a alguien de mi atrevimiento y puede llegar a oídos del rey o el príncipe.
No necesito levantar más sospechas sobre mi persona.
Dejo que siga acercándose a mí y puedo ver en sus ojos que se pregunta si soy una chiquilla estúpida.
Mi falta de palabras le pone de los nervios.
Cuando está lo suficientemente cerca de mí, me rodea los brazos con sus asquerosas manos y me sacude.
—¿Te ha comido la lengua el gato o algo así, niña?
El cuervo vuelve a graznar. Es casi como si estuviese presagiando el peligro.
Me acerca a él, como si así fuesen a calar mejor en mí sus palabras.
La fuerza de su agarre hace que mis brazos queden completamente pegados a mi cuerpo.
En sus pasos hacia mí he visto los contenidos de su cinturón, así que me las ingenio para mover los dedos lentamente y con destreza hasta que estos rozan la empuñadura de una pequeña daga.
Todo ese metal pesado sobre su cuerpo le impide notar cómo deslizo el arma de su cinturón y lo empuño con fuerza.
Noto el momento exacto en que sus ojos empiezan a mirarme con un aire distinto.
Parece que está reparando en mi aspecto.
Su mirada se desliza por mi cuerpo de una forma que me revuelve las entrañas.
No me pilla por sorpresa, estoy acostumbrada; sin embargo, mi mente siempre me avisa cuando estoy cerca de un depredador.
—A lo mejor debería divertirme contigo antes de devolverte a tus habitaciones.
Podría dejar que se saliera con la suya, sería cuestión de segundos o minutos que cayese muerto sobre mí.
Lo que pasa es que hoy no me apetece tener que lidiar con su recuerdo después.
Así que me arriesgaré a mancharme las manos.
Sigue diciendo obscenidades, aparta el cabello de mi cuello mientras que yo busco el lugar en que la armadura deja desprotegida su ingle.
No tiene tiempo a plantar un beso sobre mi piel antes de que clave la hoja afilada en su cuerpo.
Me suelta, llevándose la mano instintivamente a la herida.
Se saca la daga y sé tan bien como él que ha sido un error.
La sangre sale a borbotones. Intenta cubrirla, pero la sangre se filtra sin control entre sus dedos.
Veo sus intenciones de gritar y agarro una piedra para noquearlo antes de que avise a los demás guardias.
Cae desplomado en el suelo y observo durante unos segundos lo que he hecho.
No siento remordimiento alguno. De hecho, me produce cierta insatisfacción saber que morirá estando plácidamente inconsciente.
Me hubiese gustado verlo sufrir cada segundo, sabiendo que la vida se escurre entre sus dedos y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
Las heridas en una arteria son fatídicas.
Bajo la vista a mi ropa cubierta de su sangre y solo me queda esperar no encontrarme con nadie más en mi camino de regreso.
Creo que una muerte es suficiente por esta noche.
Me deslizo entre las sombras y escucho de nuevo el aleteo de un pájaro.
Miro al árbol más próximo a mí y entonces distingo unos pequeños ojos negros y brillantes mirándome con atención.
El cuervo.
—De nada por el festín —digo señalando el cadáver a mis espaldas.
Por un momento parece entenderme, inclina la cabeza y grazna.
Sonrío y echo a correr en la noche, escuchando detrás de mí su aleteo y el inconfundible sonido de la carne abriéndose.