CAPÍTULO 21 KASDEYA #2
No sabe qué más decirme, así que suspira y termina de comer en silencio, pero con un aire menos sombrío revoloteando a nuestro alrededor.
Comienza a anochecer y con ello Astra se retira a su habitación.
Permanezco sentada junto a la chimenea, cerciorándome de que Astra esté dormida.
Estoy segura de que si supiese lo que pretendo hacer me llamaría imprudente.
Me levanto y corro hasta el espejo de mi tocador, observo mi reflejo, en específico mis ojos, y me recuerdo a mí misma que yo no soy una dama que acata órdenes, soy una asesina que actúa bajo un propósito y no voy a conseguirlo quedándome aquí sentada esperando a que me abran la puerta de esta jaula.
Camino hacia el armario y rebusco entre la ropa algo más cómodo y que me facilite lo que estoy a punto de hacer.
Después de mucho buscar, encuentro unos pantalones de cuero y una camisola para dormir que tendrá que servir por ahora.
Estoy segura de que esto no debería estar aquí, posiblemente se le haya olvidado a otro invitado o sea algo del equipaje de Astra que se ha mezclado con el mío.
Todo el mundo sabe que las damas de familias adineradas no llevan pantalones.
Estupideces.
Me cambio rápidamente de ropa y me asomo al balcón, donde la brisa de la noche me eriza el vello de todo el cuerpo.
Compruebo lo que llevo días observando: es el cambio de guardia.
Miro a mi alrededor hasta atisbar un balcón a mi izquierda.
Me subo encima de la baranda y clavo los ojos en mi próximo objetivo.
Por suerte en estos días he confirmado que nadie se aloja en la habitación contigua a la mía.
Esta noche podría ser perfecta para terminar con todo.
Después de su visita a mi habitación, estoy segura de que me recibirá en sus aposentos con gusto.
Solo tendré que cubrir sus labios con mi saliva o con mi sangre y todo habrá acabado.
Incluso podría achacarse su muerte a la enfermedad.
Para cuando se den cuenta, me habré encargado de desaparecer.
Correré al Red Fear y exigiré un pago generoso que me permita huir lejos de aquí.
Tal vez me embarque y me atreva a navegar alguno de los temibles mares en busca de un destino mejor.
Sea como fuere, una vez que el rey muera, mi rostro tiene que desaparecer.
No me lo pienso mucho más, convencida de mi decisión.
Me balanceo sobre la punta de mis pies cogiendo impulso y cuando creo que es suficiente, salto hacia el balcón vecino.
Caigo con elegancia, mis pisadas casi insonoras en el silencio de la noche.
Aun así, contengo la respiración a la espera de escuchar algo.
Aguardo un tiempo más que prudencial hasta que me deslizo entre las sombras que brindan las cornisas y observo de nuevo la caída.
Rodeo con la pierna uno de los laterales de la baranda y luego paso la otra.
Caigo con gracia sobre el césped, rodando sobre mi cuerpo y cubriéndome la cabeza con los brazos.
Me pongo en marcha deprisa, fundiéndome con las sombras como tantas otras veces he hecho en las sucias calles de Argevin.
El zarandeo de unos arbustos y los suaves gemidos me avisan del encuentro de unos amantes durante las horas de Azur, dios de los pecadores.
Sé que el rey y la reina duermen en habitaciones separadas, y si mis paseos y la información suministrada por mi pagador son correctas, los aposentos del monarca se encuentran en la parte posterior del castillo.
Tan solo tengo que rodear una parte del edificio para llegar hasta él.
Me sirvo de las sombras, me pego contra los muros cuando es necesario y en todo momento mantengo mis sentidos muy alertas, a la espera de cualquier movimiento o sonido que delate que no estoy sola.
Hay una gran ventana con las cortinas sin correr, así que me tiro sobre el césped y comienzo a reptar.
Estoy en mitad de l a tarea cuando una voz llama mi atención y hace que me detenga en seco.
—¿Has pensado ya en a quién le harás la proposición?
La voz del rey suena casi aburrida, como si esta fuese una pregunta que tiene que hacer más por obligación que porque realmente le interese.
—¿Crees que es el mejor momento para pensar en algo así?
—Tienes razón, tendremos que ver primero quiénes de ellas sobreviven.
La frialdad de sus palabras consigue que se me corte la respiración. Si me quedaba alguna duda de que era un mal rey, ahora se ha disipado. No solo lo es, sino que también es una persona horrible, sin empatía ni escrúpulos.
—Por cierto, ¿cuántas de ellas han perecido o se han contagiado? —sigue hablando.
—Lo que realmente deberías preguntarte es ¿cuántas de ellas querrán seguir aquí una vez se las deje salir? La enfermedad se pasea por estos pasillos, padre, y estás acogiendo a su creador bajo tu techo.
Una risa sardónica se cuela a través del cristal de la ventana.
—¿Y cuál es tu brillante idea, hijo?
—La mejor manera de acabar con algo es erradicarlo desde la raíz.
—Si le declaras la guerra a ese desgraciado, reinarás entre cenizas y cadáveres.
—¿No confías en las fuerzas de Argevin?
—No es cuestión de confiar o no, es ser realista y consciente de hasta dónde puedes llegar.
Todavía no somos conocedores de todo lo que puede hacer Andras, pero sabemos que le bastó con solo mirar a nuestros guardias para hacerlos morir ante nuestros ojos, ¿lo recuerdas?
Tenerlo cerca nos da la posibilidad de descubrir sus secretos.
Así que lo que me ha contado Keir no es mentira. El incidente en el paso de Pyrothos fue real. Algo dentro de mí siente alivio al comprobar que el príncipe ha sido honesto conmigo.
—Tal vez estés en lo cierto, pero ¿crees que es tan iluso para dejar que los descubramos?
—Todos acabamos cometiendo errores. Solo hay que tener paciencia. Siempre hay lugar para la negociación. Puede que haya algo que podamos ofrecerle a cambio de detener la enfermedad.
—¿Crees que va a querer negociar contigo con el pasado que compartimos?
Silencio.
—¿Acaso piensas que con un chasqueo de sus dedos la Nectumbra se detendrá?
Me encantaría despegarme del suelo y alzar la cabeza para ver las expresiones de sus rostros.
Tengo que reconocer que ambos tienen parte de razón.
Una guerra no es lo que necesita el reino cuando el hambre cada vez está más cerca; no obstante, invitar al rey Andras ha sido una decisión arriesgada que puede traer graves consecuencias.
Está claro que la situación no tiene una solución sencilla y libre de riesgos.
Parecen darse cuenta ellos también, pues dejan por completo el tema.
—¿Qué opinas de la señorita Kendra Chancellor? —pregunta Deimos.
—Una chica muy agradable.
—No tanto como Kasdeya, ¿verdad?
El latido de mi corazón se acelera, puedo sentirlo golpeando en mis labios y mis oídos.
—No he hablado mucho con ella.
El príncipe Keir debe de saber tan bien como yo que su padre no dudará en robar aquello que él más desee. No es la primera vez que algo así ha ocurrido.
—La miras bastante —le recuerda el rey.
—Ah, ¿sí? No me he dado cuenta.
—El resto de invitadas sí se ha percatado. ¿Acaso es a ella a quién piensas elegir?
—¿Habría algún problema si así fuera?
Mi corazón pasa de latir como un loco a saltarse un latido que me deja sin respiración.
No, no, no.
No puede elegirme a mí.
—Ya sabes que aceptamos invitarla porque no conocemos a su familia y tú querías que hubiese chicas de todos los rangos, no solo princesas. Tú y tus ganas de parecer accesible.
Nada de lo que ha dicho es con tono amable, sino despectivo. Es obvio que el rey no está muy de acuerdo con las elecciones que hace su hijo.
—Creo que, dadas tus ganas de declarar una guerra, la opción más conveniente sería la princesa pirata, Kendra.
Veo lo que pretende. Desviar la atención de su hijo a otra mujer, haciéndole creer que es un consejo que viene desde el afecto de un padre. Luego lo remataría restregándole su conquista sobre mí.
—Son piratas, padre, no se puede confiar en ellos.
—Si su hija se convierte en la reina, te aseguro que harán lo que sea para mantenerla a salvo. Me ha contado un pajarito que la única debilidad del capitán Chancellor es su hija. No hay nada que no haría por ella. Y sus hombres son leales a los deseos de su capitán.
—¿Y si Kendra no acepta mi propuesta?
—Harás que la acepte.
—Bueno, te recuerdo que la decisión sigue siendo mía.
Espero atentamente la respuesta de su padre, no obstante, esta no llega.
Capto el sonido de unas pisadas, me pregunto quién de los dos habrá abandonado la sala.
El castañeo de mis dientes delata el frío que el fino material de lo que llevo puesto es incapaz de mantener a raya.
Aun sigo tirada en el césped cuando el graznido de un pájaro me sobresalta.
Me golpeo la cabeza contra el alféizar y tengo que morderme los labios para que no se me escape un gemido lastimero.