La doncella del veneno CAPÍTULO 21 KASDEYA
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CAPÍTULO 21 KASDEYA

Tal y como el príncipe me avisó, con los primeros rayos de sol, los guardias aporrearon las puertas de todos los ocupantes del castillo indicándonos que por órdenes del rey no podríamos salir de las habitaciones hasta nuevo aviso.

De eso ya hace dos días. Al principio escuché las quejas, el caos abriéndose paso, el miedo aferrándose a las gargantas de todo el mundo.

Con cada hora que pasa, las paredes parecen menguar más, inquietándome.

No puedo parar de caminar por mi habitación como un animal enjaulado.

Por las noches miro al cielo y recuerdo cuán diferentes eran mis noches hace apenas una semana.

Pienso en el Red Fear y eso me lleva a recordar a Bryn, ¿me estará echando de menos?

¿Noelle le está leyendo antes de dormir como siempre?

¿Sigue igual de risueña e inquieta? En el fondo, uno de los motivos que me llevaron a estar aquí fue ella.

Si deshacerme de un rey inepto asegura un mejor futuro para el reino solo puedo esperar que también sea un mejor futuro para la pequeña de pelo rojizo.

—Me voy a volver loca.

La serpiente me mira entre mis manos con sus ojillos rojos y la lengua asomando cada pocos segundos. Si pudiese hablar, estoy segura de que me diría que perdí el juicio hace bastante. La dejo que juguetee entre mis manos, completamente ajena a que su dueña esté a punto de cometer una locura.

—A veces me gustaría ser tú, ¿sabes? Podrías irte en cualquier momento y nadie te detendría. Te tienen demasiado miedo.

Si alguna de las sirvientas de palacio se encontrase con ella, estoy segura de que saldrían corriendo. No estaría mal poder ser como ella un rato. Escapar de aquí sin que nadie me pare.

La pequeña puerta que conecta mi habitación con la de Astra se abre, puntual como un reloj.

Después de estos días, hemos llegado al acuerdo silencioso de pasar tiempo juntas.

A veces nos sentamos en silencio junto a la ventana, otras compartimos la cena que dejan frente a la puerta con alguna conversación liviana y trivial.

Creo que hacemos todo esto para evitar que se nos vaya la cabeza a ninguna de las dos.

Sin embargo, esta vez, cuando observo el rostro de la doncella, puedo ver su inquietud.

No dice nada, sino que cierra la puerta y se pasea por mi habitación, dirigiéndose directamente a recoger la cena.

Una vez que la tiene en sus manos, la dispone sobre la pequeña mesita junto a la chimenea que permanece apagada.

Kora ha desaparecido de mis manos nada más escuchar el ruido de la puerta.

No le gusta mucho estar en presencia de nadie que no sea yo.

Ocupo mi asiento habitual frente a Astra y observo en silencio cómo desmenuza una hogaza de pan y se lleva un pedazo, acompañado de queso, a la boca.

Hace todo esto con la mirada perdida y el rostro tenso.

Espero paciente a que sea ella la que me diga lo que le ronda el pensamiento.

No diría que somos amigas, hace tiempo que no lo busco, pero al menos estos días de cautiverio han servido para que se cree entre nosotras cierta confianza, así que, cuando parece que no va a decirme lo que ocurre, pregunto sin rodeos.

—¿Ha ocurrido algo?

No responde de inmediato, sino que sigue masticando su comida en silencio, aún con la apariencia de estar perdida en sus pensamientos. Parpadea pasados unos momentos y parece enfocarse en mí.

—¿Qué has dicho? —pregunta.

—Te he preguntado si te ocurre algo.

—Ya han pasado dos días.

Exacto, y lo más inquietante es que no se escucha ni un solo ruido.

Me pregunto si al salir de aquí quedará alguien, o si están todos muriendo mientras nosotras permanecemos ajenas a lo que está ocurriendo fuera de estas cuatro paredes.

A veces me asomo al balcón con la esperanza de avistar a alguien.

Tal vez al príncipe o a la reina, sin embargo, salvo la aparición de algún guardia, los jardines están desiertos.

Sigo estudiando sus comportamientos, el tiempo entre cambios de ronda, sus horarios…

—Espero que podamos salir de aquí pronto —comento.

—No he sabido nada de Pasha.

—Seguro que está bien.

Alza la mirada, clavando sus enormes ojos azules en mí.

—Eso no lo sabes —responde con cierta rabia en la voz—. Podría estar retorciéndose de dolor en alguna parte de este castillo y ninguna de las dos lo sabría hasta que se hubiese ido de este mundo.

Toda la rabia que he percibido al principio se ve sustituida poco a poco por amargura.

De hecho, sus últimas palabras se quiebran en su garganta.

Me miro las manos enguantadas y tomo una decisión que me sorprende incluso a mí.

Me levanto de mi asiento y poso la palma sobre su hombro, en señal de apoyo y consuelo.

—Pasha es un hombre fuerte, estará bien.

Conforme las palabras salen de mi boca, sé que son mentira. La Nectumbra no hace distinción entre hombres y mujeres, ricos o pobres, fuertes o débiles. Ante ella y la muerte todos somos iguales.

—Él no quería aceptar el encargo, ¿sabes?

Decía que había muchas posibilidades de que esto acabase mal.

No le hice caso y ahora míranos, estamos en un palacio infestado, encerrados, esperando la muerte cuando podríamos estar muy lejos de aquí.

Podríamos habernos marchado a alguna isla donde la enfermedad no ha llegado y la gente es feliz.

—¿Te arrepientes de estar haciendo este favor?

—No.

La voz dentro de mi cabeza me pide que siga indagando, pero mi conciencia me dice que no me aproveche de una situación así. Astra está asustada, es vulnerable. No obstante, nunca me he creído buena persona.

—No me imagino quién podría tener tanto interés en que el poder cambie de manos salvo el príncipe, ¿acaso él te ha pagado para que te asegures de que tengo éxito eliminando al rey?

En este tiempo he podido pensar y reflexionar.

Hay muchas opciones bailando en mi cabeza y, aunque la posibilidad de que sea el propio príncipe no suena para nada disparatada, no me imagino a una persona como él recurriendo a terceras personas.

Keir no parece uno de esos que se esconde y deja que los demás hagan las cosas por él.

Tampoco parece un hombre sin honor, y creo que no hay cosa más deshonrosa para un guerrero que asesinar a alguien con la mano de otro.

Al menos ten la decencia de blandir tú mismo la espada, siente la sangre derramarse por la empuñadura y bañar tu mano, siente su último aliento acariciarte las mejillas y el miedo a la muerte en los ojos de tu víctima.

Mis pensamientos, tan gráficos, me sorprenden por un momento. Puede que el tiempo sin hacer aquello en lo único que soy excelente me esté pasando factura.

La risa burlona de Astra es lo que me saca de la espiral.

—Estoy bastante segura de que no trabajo para el príncipe ni nunca lo haré.

Quiero seguir indagando, pero sus ojos me dicen que no obtendré ninguna respuesta más por su parte, así que desvío la conversación.

—Hace unas noches el rey vino a verme a mis aposentos.

—¿Qué? —Inclina su cuerpo por encima de la pequeña mesita donde descansa nuestra comida—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—No lo sé, creo que he tenido demasiadas cosas en la cabeza. —Fuerzo una sonrisa—. Está sucediendo todo como esperaba que ocurriese.

—¿Estás segura?

Nos miramos un par de segundos a los ojos. El rostro de Astra está bañado de escepticismo e incluso un poco de preocupación. No creo que se deba a mí, sino a lo que conllevaría para ella y su hermano que me atrapen.

—El otro día no fue la primera vez que he estado a solas con él. Lo encontré en su galería de arte. Empezó a hacerme preguntas sobre Lendorr, y entonces, de un momento a otro, lo tenía casi encima.

—Es un maldito depredador —rumia con rabia. Yo asiento—. ¿Qué cosas quería saber sobre Lendorr?

—Cómo era, si el rey seguía sin herederos y quién le sucedería en caso de que muriese sin engendrar hijos.

—¿Y se lo dijiste?

—El príncipe nos interrumpió.

Cierra los ojos y deja salir de entre sus labios algo que no sé si es una maldición o un agradecimiento.

—El hecho de que el duque Vikena sea pariente del rey es una carta que tendremos que jugar si las cosas no salen como esperamos.

Quien sea que me contrató, tuvo la suficiente inteligencia como para elegir uno de los reinos más desconocidos. Todo el mundo teme a los remolinos de Isernia y solo llegan rumores que nadie ha podido confirmar.

—¿Crees que el rey se atrevería a tomar como concubina a la hija del que podría ser el próximo rey de Lendorr? —pregunta.

—Lo veo tan estúpido como para hacerlo. Podría hacer que su interés crezca: no olvidemos que le encanta tomar por la fuerza lo que no puede tener y así ostentaría aún más poder, incluso frente a otros reinos.

O puede que me haga casarme con su hijo para conseguir una alianza con un reino que promete ser próspero.

—No necesitamos que mates al príncipe, te lo recuerdo.

—Lo sé. —Mi voz se ensombrece—. Tampoco es mi intención. No obstante, si me casara con el príncipe por razones puramente estratégicas, estoy segura de que aun así el rey intentaría acercarse a mí. Sería aún más tentadora.

—No lo sé, Kasdeya, no lo sé.

—¿Qué crees que estará haciendo el rey maldito?

—Supongo que estará también recluido en sus aposentos. El rey todavía querrá hablar con él una vez que termine todo esto. Puede que con mayor interés dados los últimos acontecimientos. O quién sabe, a lo mejor está campando a sus anchas por palacio sembrando el caos.

—Puede que tengas razón.