CAPÍTULO 20 KASDEYA #2
El olor del príncipe se hace notable cuando se coloca junto a mí.
Una mezcla de limpio y notas de pino difíciles de ignorar en una habitación que huele al ya familiar olor de la muerte.
Por un segundo me encuentro pensando en lo agradable que sería enterrar mi nariz en su camisa y disfrutar de un aroma que no abunda en el Red Fear.
Allí los hombres huelen a humo y alcohol.
—¿Qué sabe usted?
Deja salir una risa que retumba en las paredes cavernosas de este sitio.
—¿Siempre responde con preguntas?
—Pasada la hora de dormir, sí. Es una manía que tengo.
Es muy posible que esté siendo irrespetuosa y que me esté ganando a pulso que me castiguen por mi comportamiento, pero supongo que no siempre puedo ser la mujer comedida que el palacio espera.
Lo escucho respirar profundamente y eso hace que al fin lo mire.
Lleva una camisa blanca con los cordones superiores aflojados, dejando ver su piel y su elegante garganta.
Me quedo capturada unos segundos en su nuez, que sube y baja al tragar.
Sigo deslizando la mirada por su rostro y, aunque hace tan solo unas horas que nos hemos visto, parece que fue hace días por la expresión de cansancio que cubre sus facciones.
Da la sensación de llevar días en vela y haberse pasado los dedos por el cabello en un acto de desesperación.
—El tiempo en que la enfermedad tarda en desarrollarse es inexacto.
En algunas personas los primeros síntomas aparecen en cuestión de días desde que su piel muestra las manchas, lo que también hace que el proceso vaya mucho más rápido.
No pasa más de una semana hasta que empiezan a vomitar sangre.
En nuestros registros figura que lo máximo que la enfermedad ha tardado en desarrollarse han sido dos semanas.
En estos casos se vuelve una agonía, el dolor se prolonga. No sé qué escenario es peor.
—¿Cuán grave es la situación? —pregunto sin andarme con rodeos.
Parece pensarse si es sensato darme esa información.
La respuesta evidente es que no, y menos a una mujer.
En el colectivo masculino existe la creencia de que hay que proteger a las mujeres de los horrores de la vida.
Qué gracioso, teniendo en cuenta que muchos de ellos son originados por ellos mismos y somos nosotras las que tenemos que vivirlos muy de cerca.
—Muy grave. La Nectumbra se extiende sin control, parecía algo que había quedado en casos aislados años atrás, pero es evidente que ha vuelto para quedarse.
No somos capaces de encontrar una cura. —Sonríe con tristeza—.
No es algo que incumba solo al pueblo, está aquí.
Y lo de hoy ha servido como recordatorio para todos aquellos que se creen intocables: la muerte no distingue de riquezas ni títulos.
—¿Y cree que la culpa es del rey maldito?
Me mira con sorpresa. Tal vez pensaba que no había escuchado los rumores.
—No lo creo, estoy seguro. Lo he visto con mis propios ojos.
—Me mira, aunque realmente no lo hace. Su mirada parece estar perdida en alguna parte—.
Hace unos años, en el Paso de Pyrothos, mi padre propuso reunirse con Andras Berengar.
Era más adolescente que hombre, pero insistió en que le acompañara.
Lo vi, Kasdeya, la enfermedad emana de él a raudales.
Lo persigue un aura verde enfermiza y el olor de la muerte.
Todo fue una trampa, nuestros guardias cayeron en cuanto se acercaron a él. ¿Qué otra explicación encuentra a eso?
Al fin la confirmación de que esas sombras que lo rodean no son fruto de una imaginación sin límites.
Siendo francos, a mí también me cuesta encontrarle otra explicación que no sea la que él ofrece. Mordisqueo el interior de mi mejilla, buscando cuáles son las siguientes preguntas que debería hacer aprovechando que se está sincerando conmigo.
—¿Y si él tiene la cura? Valyndra…
—Valyndra es una cáscara vacía. Sus gentes huyen de allí, el cultivo no crece, el agua es turbia, el verano no existe.
Tienen un eterno invierno donde el sol nunca asoma y el frío se lleva las vidas de aquellos a los que la enfermedad no alcanza primero.
Los Eternos lo maldijeron y su gente está pagando el precio.
—¿Cree que su majestad conseguirá algo con todo esto?
—Mi padre no entiende de lógica. Confía en la palabra de ese desgraciado.
—Sacude la cabeza—. Andras ha prometido no hacer ningún daño a Zargos durante el tiempo que dure su visita y mire lo que ha pasado.
A estas alturas creo que es seguro afirmar que no habrá ningún acuerdo.
Andras Berengar es cruel. No le interesa la paz, solo quiere caos.
Es como si la idea de que otros reinos sean prósperos cuando el suyo no lo es pudiera con él. Estaremos a salvo el día en que muera.
El odio gotea de cada una de sus palabras y, si miras con más atención, puedes ver al hombre que sufre por su pueblo. Suspiro, un poco abrumada por toda esta información.
—¿Qué han dicho los médicos? —Señalo con la barbilla el cuerpo de la chica—. ¿Cuánto tiempo creen que llevaba enferma?
—Su doncella nos ha dicho que las marcas empezaron a aparecer hace una semana, justo antes de llegar a palacio. Así que tal vez una quincena, por la velocidad en que su cuerpo se ha deteriorado.
—¿Entonces… no es cosa del rey maldito?
—Según ellos, no. Yo no comparto el mismo pensamiento. Estoy seguro de que él tiene algo que ver.
—No lo entiendo. —Observo de nuevo el rostro de la muchacha, ahora tan sereno e imperturbable—. ¿Por qué vino hasta aquí si sabía lo que iba a pasarle?
—Esperanza, tal vez. Hay gente que se aprovecha de los desesperados, ofreciendo falsas promesas.
Hay quien dice que en palacio tenemos la solución, otros dicen que la enfermedad es el reflejo de lo que llevamos por dentro, que las manchas son la evidencia de nuestros pecados y que solo si los dioses te escuchan encontrarás la salvación.
Los más románticos aseguran que un beso de tu amor verdadero puede curarte. Esa es mi favorita, por supuesto.
—Cualquier cosa antes que aceptar la muerte —murmuro.
—Desde que tenía edad suficiente para sostener una espada me han hablado de la posibilidad de morir en cualquier momento. He hecho las paces con ello. No obstante, usted tampoco parece tenerle miedo, ¿por qué?
Su mirada se clava en la mía, permitiendo que me vea reflejada en ella. Mis ojos parecen demasiado grandes para mi cara, mis labios están agrietados por el frío que sacude esta parte del castillo y el blanco de mi ropa contrasta con mi tez tostada.
—No es el único que ha visto horrores.
Casi espero que se ría y se burle de mí.
Sería de esperar que asumiera que soy una muchacha que ha sido criada entre algodones, protegida de todo mal.
Sin embargo, no lo hace, sino que se limita a seguir mirándome.
No me atrevería a decir que veo respeto en sus ojos, aunque lo parezca.
Una brisa vuelve a colarse en este lugar cavernoso y es mi señal para abandonar este sitio antes de que coja una fiebre.
Estoy más que decidida a darme media vuelta y desaparecer por donde he venido, dejando a un lado todo el decoro, pero su voz me detiene antes de poder hacerlo.
—Kasdeya.
—¿Sí, alteza?
Por un momento creo que sonríe y sacude la cabeza con diversión.
—Por favor, no escape de sus aposentos. Si no lo hace por usted, hágalo por mí. No es seguro merodear en estos momentos.
—¿Qué teme más? ¿Qué me contagie o que me encuentre con el rey maldito?
—¿A qué debería temerle más? —replica.
—No debe preocuparse por mí en absoluto, alteza. Sé cómo defenderme.
Está loco si piensa que voy a estar recluida en mi habitación hasta que me lo pida. Me doy media vuelta dispuesta a volver al calor de mi cama. Cuando voy a poner el pie en el primer escalón, su voz vuelve a detenerme.
—Kasdeya.
—¿Sí?
—Por si acaso, la respuesta es Andras.
Asiento y continúo mi camino sin poder evitar preguntarme si ese miedo se debe a lo que este es capaz de hacer o si se debe a temas relacionados con el corazón. ¿Cree que podría verme seducida por un hombre como ese?
Ni en mil años.