La doncella del veneno CAPÍTULO 20 KASDEYA
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CAPÍTULO 20 KASDEYA

Podría intentar dormir, pero sé que, tras todos estos acontecimientos, mi cabeza lo hará imposible.

Después de sustituir mi vestido por un camisón fino de dormir y los tacones, herramientas de tortura, por mis pies descalzos, abro la puerta de la habitación.

Asomo la cabeza, esperando ver un guardia de la casa real patrullando el pasillo o en su defecto a Pasha frente a mi puerta; sin embargo, este parece desierto.

Me parece extraño, aunque tampoco voy a quejarme ahora.

Me muerdo el labio mientras que cierro mi puerta haciendo el mínimo ruido posible.

Contengo la respiración, esperando que Astra aparezca en cualquier momento para reprenderme por salir de mi habitación.

Sin duda una dama no se pasearía así, y menos a estas horas de la noche.

Cuando estoy segura de que mi pequeña escapada no ha sido notada por nadie, recorro el pasillo de puntillas, pegándome a la pared al llegar al final de este.

Asomo la cabeza y miro a ambos lados. Está tan desierto como el mío.

Sonrío para mis adentros y sigo avanzando.

Resulta que todos estos días observando con interés no han sido en vano.

Mientras las otras damas disfrutaban de la calidez de sus camas, yo me mantenía en vela, intentando descifrar el funcionamiento de la seguridad en palacio, los cambios de guardia, cualquier dato que fuese relevante para un momento como este.

Creo que no es hasta recorrer un par de pasillos más que escucho el innegable sonido de unas botas pesadas.

Maldigo para mis adentros. Supongo que esperar no encontrarme con absolutamente nadie era pedir demasiado.

Miro a mi alrededor buscando sin éxito un escondite, así que no me queda otra que entrar en la primera habitación que encuentro.

Cierro los ojos y rezo para que esté vacía, pero como siempre, no hay dioses que escuchen.

Entre las sombras puedo entrever una figura dormida y, si me centro, veo el subir y bajar de su respiración profunda.

No aparto los ojos de la persona, apretando el oído contra la madera de la puerta, esperando a que el ruido de las pisadas desaparezca por completo.

Tengo la sensación de que algo me roza la mejilla y me aparta un rizo rebelde que ha caído sobre mis ojos.

Miro a un lado y a otro, sin encontrar nada.

Hasta que no estoy segura de que no hay nadie al otro lado no abro la puerta.

Al hacerlo salgo de ahí como si mi vida dependiera de ello. Tal vez sea cierto.

Por fin llego a las impresionantes escaleras que dan a la planta inferior del palacio.

Debo reconocer que caminar por él de noche, cuando el resto de la gente duerme, es aterrador.

Por mucha belleza que ostente, con los suelos pulidos cubiertos de alfombras caras, candelabros de oro con joyas incrustadas, frescos en las paredes que representan momentos icónicos en la historia de Argevin, ventanales enormes que dejan ver toda la tierra que se extiende más allá de los robustos muros de palacio, todo esto palidece bajo el manto de la noche.

Me siento diminuta al bajar las escaleras.

Creo que este sitio podría engullirme y escupirme en cualquier parte si le diese ese poder.

Soy consciente de todo lo que me rodea, el terciopelo de la alfombra bajo mis pies, la brisa que se cuela por debajo de las puertas y que hace que mi piel se erice, el ruido metálico de las armaduras de los guardias…

Espera.

¡El ruido metálico de las armaduras! ¡Maldita sea!

Miro a ambos lados y, aunque se me pasa la idea de bajar corriendo las escaleras e intentar esconderme, sé que es tarde para eso.

Puedo escucharlos aproximarse por la derecha.

Observo la b arandilla y sé que es un acto impulsivo, que hay miles de cosas que pueden salir mal, pero no me queda otra opción.

Paso mis piernas por ella y me cuelgo, dejando mi cuerpo a su suerte al otro lado.

Suplico a los dioses que no me escuchan que por favor lo hagan esta vez.

Si rodean las escaleras y pasan por el otro lado, no habrá nada que evite que me vean.

—¿Ya has acabado tu turno?

—Sí, Marie me está esperando, así que no me retraso más. Que vaya bien la ronda.

—Cabrón con buena fortuna…

Contengo la respiración hasta que escucho una puerta pesada cerrarse, sin embargo, todavía no puedo cantar victoria.

Queda uno de los guardias y el silencio que se extiende por todo el recibidor es tan solemne que me hiela la sangre.

Me arden los hombros por la posición en la que me encuentro, a pesar de estar acostumbrada a hacer tareas como esta todo el tiempo.

No es la primera vez que me encuentro en una situación precaria.

He tenido que correr por tejados, balancearme de una cornisa a otra en mitad de la noche, todo para escapar de las escenas de mis crímenes.

Aprieto los dientes para contener el quejido de esfuerzo al impulsarme para echar un vistazo a través de las dos columnas de mármol de la escalera.

El guardia permanece al pie de estas, con las manos ante él y una espada entre sus piernas, cuya punta afilada se apoya en el suelo.

Supongo que no me queda otra opción.

Miro hacia abajo, a los metros que me separan del suelo.

No es una caída mortal, aunque estoy segura de que mis piernas se resentirán.

Lo más importante es que ningún ruido me delate.

Cuento atrás para mentalizarme y cuando llego a cero me dejo caer.

Contengo un quejido cuando mis pies golpean el suelo y la fuerza del golpe repercute por todo mi cuerpo.

Apoyo las palmas de las manos para mantenerme estable y guardo silencio a la espera de saber si mis movimientos me han delatado.

A pesar de que las sombras podrían servirme de cómplice, mi camisón blanco me convierte en un objetivo difícil de ignorar.

Me aplasto contra la pared y me deslizo por ella hasta entrar de nuevo a un pasillo, este mucho más oscuro.

No entra ni un ápice de luz y tengo que servirme de las manos para tantear por dónde voy.

Con cada paso el ambiente se vuelve aún más frío, tanto que algunas partes de mi cuerpo empiezan a dolerme.

Sin embargo, no pienso retroceder ahora.

Llevo todos estos días recorriendo el castillo, fingiendo pasear ajena a cada pequeño detalle que tiene lugar aquí, y esta noche me he propuesto usar esa información y encontrar donde sea que tengan el cuerpo de la muchacha.

Ni que decir tiene que los juegos han terminado abruptamente; supongo que ver morir a una joven entre terribles sacudidas mientras no para de toser sangre no es el mejor espectáculo para animar a la corte.

A pesar de que dicha imagen me persigue cada vez que cierro los párpados, no puedo dejar de pensar en la actitud del príncipe.

Mientras su padre se comportaba como un niño asustado, él estaba ahí, en cuclillas junto a la chica, auxiliándola, aunque no se pudiera hacer nada.

Una brisa enrarecida por el olor a humedad sacude el bajo de mi camisón.

Me rodeo el torso con los brazos y me paso las palmas por ellos con la esperanza de calentarme.

Mi vista se ha acostumbrado a la penumbra y veo al final del pasillo una puerta que no se acerca ni de lejos a la riqueza que ostentan las demás.

Rozo con los dedos la madera astillada y el pomo frío antes de rodearlo y abrirla.

Desde alguna parte se cuela luz que deja ver mejor donde me encuentro.

Las paredes parecen las de una cueva, formadas por piedra robusta, y los escalones son del mismo material, irregulares y con apariencia de estar mojados.

Así lo comprueban mis pies cuando bajo los primeros peldaños.

El silencio es tal que escucho mi propia respiración.

Con cada metro que recorro, me pregunto qué encontraré al final de estas escaleras.

Hay ciertas partes a las que una dama respetable no puede acceder a plena luz de día, pero que una asesina puede permitirse explorar a la hora del pecado.

El latido de mi corazón se acelera, parece que él está seguro de que hemos encontrado lo que estábamos buscando.

Desciendo el último peldaño y ahí, frente a mis ojos, está la muchacha.

Casi parece el objeto de un ritual, situada sobre lo que parece un altar de piedra.

Ahora entiendo la luz: hay velas colocadas a su alrededor.

Me acerco hasta llegar junto a ella. Se desconoce si la enfermedad es capaz de transmitirse una vez que su portador ha muerto.

Podría estar ahora mismo flotando en el aire.

Me permito el lujo de observarla más de cerca y aparto su pelo rubio desprovisto ya de su brillo para poder observar mejor su rostro.

La han lavado y todas las manchas de su cuerpo están a la vista.

Se han encargado de vestirla con un camisón muy parecido al mío, aunque este es incapaz de ocultar la evidencia de lo que han hecho con ella.

Hilos gruesos de color negro mantienen su cuerpo unido después de que le hayan abierto el pecho para estudiar su interior, ver las marcas de la enfermedad.

—Parece que tenemos una escapista.

Me sobresalto al escuchar la voz del príncipe y mi cabeza empieza a formular excusas a toda velocidad, aunque ninguna es lo suficientemente buena, así que decido no actuar como lo haría una dama que ha sido pillada haciendo lo que no debe sino como actuaría Kasdeya Vikena, una dama segura de sí misma, para algunos casi altiva.

—¿No le da miedo la enfermedad? Podría contagiarse —pregunto.

—Usted también.

—Yo no tengo un reino que me necesite, ni tampoco le tengo miedo a la muerte.

Sin mirarlo, puedo imaginarme su rostro curioso y esa sonrisa suya un tanto arrogante.

—¿Qué sabe sobre la Nectumbra?