La doncella del veneno CAPÍTULO 19 KASDEYA
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CAPÍTULO 19 KASDEYA

No puedo dejar de caminar por mi habitación, inquieta, como si fuese una bestia enjaulada esperando a que la liberen para atacar.

Tocan a la puerta y agarro corriendo una bata de seda para cubrirme.

No hay ni rastro de mi mascota, seguramente ocupada cazando algún ratón, y que espero que siga así un rato más.

Miro hacia la ventana, preguntándome quién podrá ser a estas horas de la noche.

Se me pasa por la cabeza la idea de que sea el príncipe para disculparse por su forma de hablarme antes, no obstante, en cuanto abro esta idea muere de inmediato.

Ahí plantado, con ese aire orgulloso que le caracteriza y esa belleza madura que se niega a abandonarlo, está el rey Deimos.

—¿Estaba dormida? —Niego con la cabeza—. ¿Podría pasar?

Me hago a un lado para dejarle paso. Por mucho que lo intento no encuentro ninguna palabra que decir.

Camina por mi habitación mirándolo todo con sus ojos calculadores, como si esta no fuese simplemente igual que el resto de habitaciones que tiene en palacio.

Cruza las manos detrás de la espalda y permanece de pie.

—Solo quería disculparme por lo que ha ocurrido hoy durante el juego. Ha sido algo que nos ha tomado por sorpresa a todos y no hemos estado a la altura de los acontecimientos.

No me creo ni por un segundo que sienta lo que dice. Jamás escucharás una disculpa sincera de alguien que sabe que ostenta todo el poder. Esto tan solo es un teatro barato, una excusa para acercarse a mí esta noche aprovechando que su hijo tiene otros quehaceres mucho más importantes.

—No, majestad, no debe disculparse. Lo que ha ocurrido nos ha tomado por sorpresa a todos.

Aprieto los labios, sin nada más que decir. Su mirada recorre toda mi figura y siento la necesidad de cruzarme de brazos, creando de alguna manera una barrera entre sus ojos y mi cuerpo.

—A pesar de que no haya ganado, su presencia en los juegos ha sido notable. Todavía estoy impresionado por sus habilidades con el arco —elogia.

—No he sido tan buena si he perdido.

—¿Lo lamenta? —Inclina el rostro, esperando con sumo interés mi respuesta—. ¿Le gustaría tener esa cita con mi hijo?

Tengo que contenerme para no hacer una mueca de asco.

¿En serio eso es lo que le preocupa ahora mismo?

Una chica ha muerto, su cuerpo está en algún lugar de este palacio, volviéndose cada vez más frío.

¿No debería estar haciendo algo? ¿Intentando encontrar la forma de parar esto?

O qué se yo, ¿informando a su familia del fatídico final de su hija?

No obstante, no puedo preguntar nada de eso. Debo seguirle la corriente.

—¿No se supone que por eso estamos todas aquí?

Ríe, como si se hubiese dado cuenta de lo ridículo de su pregunta.

Su risa se parece a la de su hijo y puedo comprender por qué tantas mujeres caen a sus pies.

Los hombres Blackburn tienen una belleza clásica de la que ninguna mujer se aburre por mucho que pasen los años.

Además, solo un tonto no se daría cuenta de que el rey cuida su aspecto con mimo, desde la barba perfectamente recortada hasta un físico trabajado que deja entrever que bajo el traje no se esconde un cuerpo escuálido y delgado.

Pequeñas cosas que lo convierten en un depredador.

Por suerte, no es el único en esta habitación.

—Tal vez me esté atreviendo demasiado con mis suposiciones, pero algo me dice que usted, señorita Vikena, no se ha dejado embelesar por los encantos de mi hijo. Así que dígame, ¿por qué está realmente aquí?

Lo miro a los ojos, buscando ahí si ya sabe la verdad y esto tan solo es un juego para verme sudar. No obstante, en sus ojos solo veo interés, del que te pone el vello de punta.

Me humedezco los labios completamente secos.

—¿Alguien se resistiría ante la idea de acudir al palacio de uno de los reinos más grandes y poderosos del momento?

Vuelve a soltar una risa.

—Se le da demasiado bien eso de alimentar el ego de un hombre, Kasdeya.

El interés de su mirada se transforma en la lujuria y el deseo que ya he visto antes.

Se acerca un poco más, de forma disimulada, creyendo que yo no me daré cuenta.

Sin embargo, todos mis sentidos están alerta y a la espera del peligro.

Ese que él parece ignorar. Conmigo actúa despreocupadamente, bajando todas sus barreras. Cree que no soy una amenaza.

—A todas las mujeres se nos da bien, majestad.

—Supongo que tiene razón.

A pesar de mis respuestas atrevidas, no parece remotamente molesto.

Al contrario, parece estar disfrutando de mi actitud.

Estoy segura de que todas las mujeres a las que se ha aproximado antes tenían demasiado miedo como para decirle que no, o estaban lo suficientemente deseosas de su atención para que no tuviese que esforzarse.

No solo soy aquello que su hijo parece querer para sí, soy un gran reto.

No puedo evitar preguntarme si seré la primera víctima en estos días o lo habrá intentado con otras. ¿Milena tal vez?

—¿Es feliz en su tierra?

La pregunta es inesperada y estoy segura de que lo ve en mi rostro.

—¿Por qué no lo sería?

Cree que no me doy cuenta de cómo poco a poco me está obligando a retroceder hasta que no tenga escapatoria.

Sus movimientos son sutiles, pero el cuerpo es sabio y sabe cuándo debe alejarse de una amenaza.

Poco a poco me estoy acercando al escritorio de la habitación y llegará el momento en el que no pueda retroceder más.

—Lendorr es un reino pequeño, demasiado para una muchacha como usted.

—¿Una muchacha como yo?

—Veo en sus ojos que es una mujer inteligente, sedienta de conocimiento y de oportunidades. Un reino tan pequeño, ¿qué oportunidades puede darle? Un reino sin heredero está condenado a morir.

No menciono el gran secreto que me guardo bajo la manga: los Vikena son parientes del rey y, por lo tanto, podría alcanzar el poder más pronto que tarde si permanezco allí, donde como él dice, no hay un descendiente del monarca.

Me recuerdo a mí misma que solo soy una asesina sin apellido lo bastante osada como para usar uno que no le pertenece con tal de mentir a todos.

—¿Y qué sugiere que debería hacer? —pregunto, cayendo de buena gana en su trampa.

Mi espalda golpea el filo del escritorio y el ruido provoca una sonrisa oscura en la boca del rey.

Por el rabillo del ojo veo un abrecartas.

Podría agarrarlo en cuestión de segundos y acabar con su vida, o no mancharme las manos y dejar que se salga con la suya.

Un beso. Un roce de mi lengua y habrá terminado.

No obstante, no dejo nada al azar y muevo la mano detrás de mí, agarrando la pequeña arma.

La fantasía de acabar con su vida dura poco. Fuera de la habitación se escucha el inconfundible sonido de las armaduras de su guardia. Por supuesto, he sido idiota al pensar que acudiría aquí solo.

—Podrías quedarte en Argevin —responde.

Finjo una risa.

—Creo que las posibilidades de que su hijo pida mi mano y me convierta en reina son más bien escasas. Hay demasiadas chicas bellas y dispuestas en palacio.

—Ser reina no es la única forma de que te quedes en el castillo, querida.

Se inclina aún más hacia mí cubriendo casi todo mi cuerpo por completo. Su boca está muy cerca de la mía. Espero con expectación que haga su siguiente movimiento o escuchar lo que salga de sus labios a continuación.

—¿Cómo?

Sonríe mostrándome los dientes, complacido de que esté jugando el papel a la perfección. Las ansias de que escuche lo que tiene que decirme son tantas que no puede evitar acercarse más. El rey temeroso de todo y desconfiado no tiene reservas conmigo, y y ese es su peor error.

—Podrías ser mi…

Un fuerte ruido en la habitación de Astra le hace callarse y dar un paso atrás.

Parece que acaba de ser consciente de que mi doncella está a solo unos metros.

No es que ella fuese a delatarnos, pero el servicio siempre ha sido famoso por disfrutar susurrando chismes.

El rey intenta disimular el descontento al haber sido interrumpido, aunque no lo logra demasiado.

Deja salir un suspiro profundo y da varios pasos atrás, poniendo entre nosotros la distancia que en ningún momento debería haber desaparecido.

—Espero que tengamos ocasión de continuar con esta conversación.

No espera a que responda para marcharse de la habitación.